De la “monja cojonera” y otras virtudes teologales

No es amor evangélico lo que la monjita predica. Es odio, lucha de clases, vanidad en grado sumo e injerencia política descocada. Hace dudar a los católicos a la hora de militar en sus mismas filas

Foto: El alcalde de Barcelona y candidato de CiU a la reelección, Xavier Trias, conversa con Sor Lucía Caram. (EFE/TONI GARRIGA)
El alcalde de Barcelona y candidato de CiU a la reelección, Xavier Trias, conversa con Sor Lucía Caram. (EFE/TONI GARRIGA)

Debo confesar y confieso –nunca en mejor contexto– que la tal monja Caram me pone. Jamás había visto y oído, desde los viejos tiempos de los sandinistas Cardenal y Borge –que fueron jesuitas– utilizar el hábito religioso de procedencia católica con más desparpajo, embozamiento, caradura y sinvergonzonería.

Yo creo que la tal Caram ('Sor Lucía' para meapilas como Cintora), que no sabe o quiere enfrentarse al hambre (auténtica) en su país de origen (Santiago del Estero, Argentina) donde los niños sencillamente sí se mueren de malnutrición, ni enfrentarse a unos gobernantes tan corruptos como ágrafos (los Kirchner y sus peronistas matones), viene a dar lecciones a la democracia española y a su Estado de derecho como si aquí no supiéramos dónde nos aprieta el zapato.

Es tal su tercermundismo discursivo, su demagogia de esparto, su ego disfrazado tras un hábito dominico que luce y exhibe sin ningún pudor, que cambia apoyo político partidario (Mas y Trías) por un premio ad hominem de una de las instituciones del Estado español más corrupta. 

No es amor evangélico ni solidario lo que la monjita, o lo que sea, predica. Es odio, lucha de clases, vanidad en grado sumo, injerencia política descocada y desmadre inabarcable que hace dudar a los cristianos y católicos a la hora de militar en sus mismas filas religiosas.

Defender a un presunto corrupto, conservador hasta las tetas, retrógrado mayúsculo que desea volver cinco siglos atrás, es algo que clama al cielo. Yo venero a Teresa de Calcuta, a los misioneros que se juegan la vida con el ébola –y se van en silencio y olvidados–, a la legión de monjas que viven como predican, en austeridad, sacrificio y entrega. Pero vomito ante sujetas de esta calaña que llaman “ladrones” a dirigentes democráticos y pulcros, enganchadas a la diversidad que produce vestir un hábito que debería ser sagrado en cuanto a los valores evangélicos.

Dice la Caram que la odian los sectores conservadores para acto seguido confesar estar enamorada de Artur Mas. ¡Hace falta ser miope! Jamás en mi vida conocí a mayores conservadores multimillonarios como los chicos de CIU y específicamente al tal Artur Mas.

“No me amordazarán”, dice oronda y recreída en sí misma. Nadie lo pretende. Y dudo que nadie se tome en serio poner brida a semejante desvarío que produce escándalo entre propios y extraños. Lo que pido para Caram no es una mordaza; lo que exijo por caridad es que algún galeno le recete alguna pastillita que evite a la Iglesia Católica contar entre sus filas como excelsa militante a esta pobre argentina que confunde valor y precio.

Como los grandes necios.

Lo único que por ahora le salva es que es amiga del entrañable y magnífico franciscano, amén de gran comunicador televisivo, Carlos Fuentes, que así a bote pronto estoy por escribir que a su santa madre –una manchega de tronío y bondad–no le debe agradar en demasía que su querido hijo frecuente tales amistades. El padre Fuentes fue el que posibilitó que Caram visitara al poderoso Carballo en el Vaticano, el hombre del Papa.

Es la vida.  

Palo Alto
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