La grandeza de una víctima

Hace falta ser muy fuerte y tener una gran superioridad moral para tender la mano limpia al que se ha reído de su mutilación. La generosidad extrema de Irene Villa, le honra

Foto: Irene Villa. (EFE)
Irene Villa. (EFE)

Respeto el auto del juez Pedraz sobre la no imputación de Zapata que ha provocado un maremoto en una parte de la sociedad española. Está motivado fundamentalmente por la explícita declaración de la víctima de que los tuits del sujeto la dejan como estaba: mutilada y serena.

La verdad es que estamos llegando a un punto en la judicatura española en el que ante un caso basta con saber el nombre y apellidos para averiguar la sentencia.

En fin, lo relevante del caso es que un individuo que es capaz de escribir eso y difundirlo no puede representar a nadie (o casi a nadie) y en otras latitudes próximas se hubiera sentado en un banquillo con una doble acusación: la xenofobia antihebrea y el cachondeo con víctimas del terrorismo que en los países serios son iconos sin distingos de condiciones políticas, sociales o religiosas.

Hace falta ser muy fuerte y tener una gran superioridad moral para tender la mano limpia al que se ha reído de su mutilación. La generosidad extrema de Irene Villa, que le honra, contrasta con la zafiedad inusitada del ofensor que sigue subido, para más inri, en un coche oficial que pagan los ciudadanos que vieron y oyeron el estallido de la bomba que segó las piernas de Villa.

Ni la democracia ni la autoestima de los pueblos se pueden construir sobre el detritus. Desde luego, sí desde el perdón. Tampoco desde el olvido. Ese presunto derecho serviría sólo para volver a las andadas.  

Palo Alto
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