El 'far west' de Ada Colau: cuando los 'bolches' se tragan a los 'menches'

Una cosa es predicar y otra dar trigo. Porque cuando se han atizado los rescoldos de ciertos comportamientos luego no se puede renegar de ellos si le afectan a uno

Foto: Ada Colau, ahora, vive en sus carnes lo que ella misma alimentó. (EFE)
Ada Colau, ahora, vive en sus carnes lo que ella misma alimentó. (EFE)

La historia del mundo, incluida la española, está llena de ejemplos: los bolcheviques terminan por tragarse a los mencheviques sobre cuyas espaldas medran los primeros. No solo fue en la Duma tras la caída del Zar. 

Los sucesos de Barcelona -con todo su impacto en los grandes medios informativos de todo el mundo-, con una alcaldesa desbordada, atrapada en sus propias contradicciones (junto con sus nuevos aliados), es la repetición genuina de otro ejemplo acerca de los que llegan al poder a lomos de caballos desbocados y poco tiempo después son descuartizados por sus zancos.

Los antiguos socios de bronca y escraches se alían con la Guardia Urbana y los Mossos d'Escuadra para mostrar una mandataria que no sabe por qué callejón del Paseo de Gracia huir. La antigua excitadora de 'kales borrokas' y demás métodos para hacerse un nombrecito que no consiguió como aspirante a actriz de teatro dice ahora que la “violencia no es el camino y que no se pueden tolerar los destrozos” ¿Antes de ser alcaldesa o ahora? Porque recuerdo que se convirtió en la heroína inmarcesible de las expropiaciones y ahora en la campeona absoluta de la contradicción. Resumiendo: es víctima de las fuerzas que ella misma alimentó y construyó. Ahora, mi querida alcaldesa, ajo y agua.

Esta señora -de escasísima preparación y nula experiencia en las cosas de comer- está ahora devorada por el leviatán incontenible que terminará por devolverla al averno. Más pronto que tarde. No es lo mismo -esto sirve también para el resto de los 'nuevos' alcaldes- dedicarse 'full time' a las peroratas inútiles, las promesas incumplibles y a los gestos fútiles con pólvora del rey que enfrentarse a la resolución de los problemas de gestión de una gran ciudad o una comunidad autónoma; no digamos ya a los asuntos del Estado.

Es la gran lección del 'far west' catalán que estos días da la vuelta al orbe. Montar una revolución so pretexto de combatir una injusticia para implantar otra mayor es algo ante lo que nos creíamos vacunados. Ahora se ve la superioridad y la justeza histórica de la “reforma” frente a la “revolución”, máxime si es desordenada y fatua, que se alza contra una sociedad con injusticias, claro, con problemas, naturalmente, pero al fin y al cabo democrática.

En efecto, de nada sirve alzarse con el poder incluso por los métodos espurios que sean si al final no hay detrás un proyecto político sólido, realista y honrado. Flor de un día en una noche de jarana etílica.

Palo Alto
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