Invocando el nombre del Rey

Le han dejado sin agenda internacional, que tanto le gusta; sin presencia en Río, él que tanto ama el deporte, y sin vacaciones. Su paciencia sigue intacta. Dicen

Foto: El rey Felipe VI. (EFE)
El rey Felipe VI. (EFE)

En los últimos tiempos, diferentes líderes políticos llevan invocando el nombre del Rey a propósito de los encargos realizados por el Monarca a dos candidatos para obtener la investidura presidencial.

Los que vivimos en primera persona la elaboración de la Constitución del 78 -como muy bien ha recordado el profesor Pulido Quecedo de la Universidad de Navarra- recordamos que ya en la Comisión Constitucional que presidió el imponente valenciano Atard, el entonces diputado de ERC, el xenófobo Heribert Barrera, exigió que la capacidad de cooptar candidato fuera del presidente del Congreso de los Diputados y que esa responsabilidad fuera birlada al jefe del Estado. Fue replicado con gran autoridad académica por el ponente Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón que resaltó el papel de “árbitro” del Rey frente al carácter necesariamente partidista del presidente(a) de la Cámara Baja.

Pedro Sánchez estuvo exultante en los días en los que, tras la decisión del rey Felipe VI, se encontró a sí mismo y con 90 diputados como candidato a ocupar el puesto de primer ejecutivo de la nación. Se invocó entonces constantemente la decisión real y se invoca ahora esa misma 'auctoritas' para que la nueva propuesta suba sin demora a la tribuna del Congreso a solicitar la confianza. Nada hay que permita el reproche salvo que, en el fondo, lo que subyace son otras intenciones que tampoco pasan desapercibidas, creo, al pueblo llano.

Últimamente asistimos al mundo al revés. Los que luchan, dicen, por cambiar la forma de Estado, son los que se aferran a Felipe VI cuando conviene a sus intereses personales o partidarios. ¡Menos mal para el jefe del Estado que se tienta la ropa antes de mover un pie!

Ignoro qué tipo de recomendaciones le da su padre en estas circunstancias, porque don Juan Carlos jamás tuvo que pasar por trance similar. A lo más, tuvo que torear con los odios africanos que se profesaron el entonces primer ministro, Felipe González, y el jefe de la oposición, José María Aznar. Al final, consiguió que ambos se sentaran a cenar, eso sí, con sus respectivas mujeres, porque las viandas se podían atragantar.

Le han dejado sin agenda internacional que tanto le gusta; sin presencia en Río, él que tanto ama el deporte y sin vacaciones. Su paciencia sigue intacta. Dicen.        

 

Palo Alto
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