El caso escandaloso de la monja Caram

Los medios de comunicación buscan a sor Lucía Caram porque rompe principios básicos en la fe de la Iglesia y chapotea en el detrito que tanto regocija y divierte a sus enemigos

Foto: La monja sor Lucía Caram, en un acto publicitario
La monja sor Lucía Caram, en un acto publicitario

Doctores tiene la Iglesia para dirimir el caso de sor Lucía, la monja agitadora que vino de Tucumán (Argentina), convertida ya en monja contemplativa, cocinera, locutora, autora y activista. Un caso realmente prodigioso en el permanentemente agitado mundo católico. Precisamente, en una monjita “contemplativa”.

¿Por qué buscan los medios televisivos más guachinanguis a la monja Caram afincada en Manresa? Porque rompe principios básicos en la fe de la Iglesia y chapotea en el detrito que tanto regocija y divierte a sus enemigos. El caso es que la monja Caram fue recibida por el papa Francisco no hace tantos meses y ella hizo 'urbi et orbi' de la audiencia de cortesía que su paisano argentino le tuvo a bien conceder.

Ahora ha sido su superior jerárquico el obispo de Vic, monseñor Román Casanova, el que ha tenido que recordar a la religiosa que la virginidad de María es un dogma declarado por el Concilio II de Constantinopla, ni más ni menos. Este periódico dio cuenta, horas después de que sor Lucía tuviera su nuevo minuto de gloria en una cadena de televisión, de la indignación —también 'urbi et orbi'— que las manifestaciones de la todavía religiosa han tenido en la comunidad católica que, al igual que los independentistas que ella defiende sin careta, merecen un respeto; aún más, porque son más y más sólidos.

El obispo de Vic ha sido muy prudente y escueto en su recuerdo a su subordinada eclesiástica. Ni siquiera la cita en su nota oficial. Pero supongo que, aunque una golondrina no hace verano, habrá tomado buena nota, especialmente por la confusión extraordinaria que crea en su grey y en la del mundo mundial. La Iglesia se diferencia de los que se regodean en los vuelos gallináceos en que precisamente es católica. Y plural: ahí está sor Lucía para corroborarlo.

Digo yo que, si se reclama consideración, moderación y respeto a los que profesan —por ejemplo— sentimientos nacionalistas en Cataluña (se lo concedemos, faltaría más), ¿sería mucho pedir que se tuviera acaso un mínimo de consideración a los que profesan creencias que van mucho más allá de cualquier coyuntura política o social? ¿Sería un dislate exigir un mínimo de obligado silencio ante las creencias por las que millones de personas entregaron su vida? Entre ellas, teóricamente, sor Lucía Caram, de la que, sin embargo, debo confesar me admira su vocación determinada por los pobres, que es lo realmente difícil, porque estar con los ricos es muy fácil y cómodo.

Lo cortés no quita lo católico. Digo.

¡Mare de Deu!

Palo Alto

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