Raúl del Pozo, último whisky a la perrita

Jesús Úbeda y Julio Valdeón han escrito la intensa vida, obra y milagros de Raúl, el último mohicano de la cosa y el último genio de la meseta coquense

Foto: El escritor y periodista Raúl del Pozo. (EFE)
El escritor y periodista Raúl del Pozo. (EFE)
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Antes de nada, debo escribir y escribo que Raúl del Pozo es mi amigo desde hace muchos años, cuando el destino nos unió en una misma redacción que iba a ser “The New York Times” por un lado y “The Guardian” por otro y al final devino en un montón de escombros en número rojos.

Con justicia y a la hora exacta, Jesús Úbeda y Julio Valdeón, han escrito la intensa vida, obra y milagros de Raúl, el último mohicano de la cosa y el último genio de la meseta coquense, bajo el sonoro título “No le des más whisky a la perrita”. No conozco otro caso más descriptible que el del viejo rockero de la cosa para glosar su persistencia ora pluma en ristre, ora espada al hombro.

Lo primero que tengo que decir es que el maestro es una persona humilde. Como casi todos los grandes. Ignoro si se “follaba a las becarias” como ha escrito otro colega de su misma generación; lo que me consta es que lleva más de medio siglo haciendo bailar letras y palabras en cadencia magistral y al son de la genialidad, mitad poeta y el resto sancho. Estamos ante un profesional de la cosa que fue maestro antes que torero; Del Pozo es el único equilibrista del verbo en el que vale más por lo que calla que por lo que cuenta, si bien al final se termina por entenderle todo. En donde el fondo es menos importante que la forma icónica con la que conduce sus columnas y sus libros.

Raúl es el único equilibrista del verbo en el que vale más por lo que calla que por lo que cuenta, si bien al final se termina por entenderle todo

Dicen que fue comunista durante la dictadura. Cierto es que escribía en “Mundo Obrero” -Raúl Júcar-. Nunca observé, ni observo, muesca alguna de “gulag”, más bien al contrario. Podría subirle al stand de Tom Wolfe o si se quiere en la biblioteca de Lord Byron, con todos sus excesos, que resulta más propio.

Como decía el otro, Raúl, hombre de Cuenca, cuando la parca venga de visita y llame a su puerta -ojalá que tarde mucho- sí podría enseñarle su tarjeta.

Confieso que he vivido.

Palo Alto
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