Illa

Con sus lentes caídas, el flequillo ladeado, la cabeza entre el pecho, el tartamudeo entrecortado, es la viva imagen de la impotencia y la derrota

Foto: El ministro de Sanidad, Salvador Illa. (EFE)
El ministro de Sanidad, Salvador Illa. (EFE)

¡No me negará el lector que ver a Salvador Illa conducirse produce ternura! Un filósofo sin oficio ni ejercicio tartamudear ante los embates de un bichito que pone a diario sus carencias colosales.

Es un hecho cierto que el catalán que ha hecho multimillonarios a sus amiguetes de La Roca a propósito de la pandemia, presentó la dimisión al señor presidente del Gobierno cuando el virus se adueñó de España en las semanas siguientes al 8-M; al verse asediado por su propia incompetencia e incapacidad para tamaña gestión, creyó que lo más propio (algo que le honra) era hacer 'mutis por el foro'. Naturalmente, según versiones cercanas al gran visir Redondo, Sánchez le apuntaló al frente de un ministerio fantasma —¡menudo es el presidente!— y hete aquí que continúa dando tumbos como pollo sin cabeza.

Se encuentra entre dos fuegos. El primero, las recomendaciones de los que saben (expertos a los que teme más que a un nublado de granizo); el segundo, la obligada necesidad y obediencia política a los dictados de la Moncloa. Aquí, lo más importante no es ser, sino parecer. No interesa tanto el derrotar al virus; más bien parecerlo, como el bichito que les hace agujeros todos los días y se ha cobrado ya más de 60.000 muertos y se acerca al millón de infectados.

Los observadores internacionales no tienen duda: el Gobierno de España está a la cabeza de la peor gestión en el ancho mundo.

Illa, sentado en su banco azul, con sus lentes caídas, el flequillo ladeado, la cabeza entre el pecho, el tartamudeo entrecortado, es la viva imagen de la impotencia y la derrota. Hasta tal punto que ha conseguido que una mediocre presidenta autonómica se haya situado como par de su campeón Sánchez.

Palo Alto
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