Los mil días de Pablo Casado
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Graciano Palomo

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Los mil días de Pablo Casado

Tengo para mí que todos los intentos de desestabilización interna —que si Ayuso, que si Feijóo, que si Almeida— han quedado en almoneda tras la foto de Santiago de Compostela

placeholder Foto: El presidente del PP, Pablo Casado. (EFE)
El presidente del PP, Pablo Casado. (EFE)

Se cumplen ahora mil días desde que en el mes de julio de 2018 un joven (36 años) recoge, por voluntad de los militantes del Partido Popular, una formación deshecha tras la moción de censura que le apartó del poder, las querellas intestinas entre los principales dirigentes y la aparición de dos nuevos partidos, uno que le disputa el espacio de centro y otro que sabe aprovechar los errores Rajoy en la derecha más derecha.

Pablo Casado se enfrenta entonces a un serio dilema: cambiar las cañerías al mismo tiempo que el agua tiene que manar del grifo. Los que hayan leído mi reciente libro 'La Larga Marcha' (De Rajoy a Casado) convendrá en aquellas circunstancias extraordinarias que a punto estuvieron de llevarse por delante la formación de centro derecha. Es más, las ex huestes naranjas pilotadas por Albert Rivera a punto estuvieron de mandar al PP al averno y aún la propia extinción por mor de la corrupción que desde hacía años pudrieron esas cañerías.

Algunos de los argumentos que oigo y leo respecto al liderazgo de Pablo Casado son los mismos que en la década de los 90 se referían a que José María Aznar jamás llegaría al palacio de la Moncloa y mucho menos derrotar al "dios" socialista de aquel momento, Felipe González. Y casi idénticos a los que en los primeros años del siglo XXI se pudieron escuchar respecto a Mariano Rajoy. ¿Significa ello algo? Sí. Cuando Casado escriba en el BOE los mismos que ahora le niegan el pan y el clarete se pondrán a la cola en peregrinación histórica tan hispana.

El columnista es de la creencia firme que en España, como ocurre en otras democracias, las elecciones no las gana la oposición

Tres años después, la única alternativa al actual poder gubernamental pasa necesariamente por el PP de Casado. Es cuestión de matemática, algoritmos, tabulaciones. No digo que vaya a ocurrir, o sí, pero ya me dirán los listos cómo se puede articular una nueva mayoría parlamentaria enfrentada a la actualmente existente sin pasar por el PP. La obsesión mayor de Casado cuando ocupó la planta séptima de Génova 13 fue reconstruir desde sus siglas el centro derecha bajo un mismo paraguas electoral. Los sondeos indican que si no lo ha conseguido ya, está a punto de arbitrarse. Cosa distinta son los pelos en la gatera dejados en la derecha más extrema.

El columnista es de la creencia firme que en España, como ocurre en otras potencias democráticas del mundo, las elecciones no las gana la oposición. Las pierden los gobiernos. Y, en cualquier caso, la victoria en España siempre se ha conseguido cuando la oferta conlleva muchos ribetes de centro. Sobre todo, renovación, rigor, realismo y seriedad en la crítica como en las propuestas. Aunque el pueblo español está curado de espantos, todavía es capaz de distinguir las "voces" de los "ecos" de don Antonio Machado, que es más actual que nunca.

Pero el viejo PP se ha remozado en provincias, comunidades autónomas, instituciones, grupo parlamentario, etc.

Se cumple mañana domingo tres años de la cooptación de Teodoro García Egea como primer ejecutivo del PP a título de secretario general. Se llevará y se lleva las obleas 'xacobeas' —mayormente internas— cosa lógica en la posición que ejerce. Pero el viejo PP se ha remozado en provincias, comunidades autónomas, instituciones, grupo parlamentario, etc. Un consejo: no disparen al pianista porque tiene la desenfilada de su jefe.

PD. Tengo para mí que todos los intentos de desestabilización interna —que si Ayuso, que si Feijóo, que si Almeida— han quedado en almoneda tras la foto de Santiago de Compostela. Con Rajoy incluido. Solo desde una exhibición de "unidad" se puede construir una "alternativa sólida".

Partido Popular (PP) Pablo Casado José María Aznar Felipe González Moncloa