La Generalitat es un juguete roto
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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La Generalitat es un juguete roto

Ha quedado desnuda de la cobertura formal y moral que necesita para cumplir con sus objetivos. Por eso, a muchos ciudadanos les da igual que haya Gobierno o no

placeholder Foto: Pere Aragonès (d) conversa con el conseller de Territorio Damià Calvet (i) en el Parlament. (EFE)
Pere Aragonès (d) conversa con el conseller de Territorio Damià Calvet (i) en el Parlament. (EFE)

Lo más parecido a la política catalana es el sombrero de un mago. En un doble sentido. En primer lugar, porque es sabido que todo lo que la mano del ilusionista saca de él no es más que truco, engaño, hacer creer. Una mentira bien explicada. La segunda cuestión que remite al sombrero de un ilusionista es que, cuando uno creía haberlo visto todo, siempre hay un penúltimo conejo que los aspirantes a taumaturgos acaban sacándose de la manga.

El último conejito en aparecer en escena ha sido ver a la CUP en el papel de perro pastor intentando devolver el rebaño —las churras de JxCAT y las merinas de ERC— al redil. No es poca cosa. Se han convertido en algo tan sistémico los antisistema que ahora ya no les duelen prendas si les toca vestirse de policías para hacer guardar el orden en las filas soberanistas. Escuchar a la CUP exigir un comportamiento responsable a ERC y JxCAT produce el mismo efecto que haría ver a Miguel Bosé protagonizar un anuncio de una campaña de vacunación del covid-19. ¡Pero ha pasado!

Illa: ''Señor Aragonés, échese a un lado''

Fuera de menudencias como esta, lo cierto es que desde el sábado, día en que el aspirante republicano a presidente, Pere Aragonès, dio por acabada la negociación con los puigdemontistas y anunció que aspiraba a gobernar en solitario, no ha pasado nada.

Las negociaciones entre ERC y los 'comuns', la reunión de JxCAT, ERC y la CUP a instancias de esta última, las constantes peticiones de Salvador Illa pidiendo paso para encabezar un tripartito de izquierdas y cualquier cosa que quieran añadir tienen, desde el punto de vista de ayudar a encauzar algún tipo de salida que permita evitar las elecciones, el mismo valor que los ceros a la izquierda.

Estamos asistiendo únicamente a un intento de los diferentes peones que participan en la partida de aspirar a ocupar una posición en el tablero que les exculpe ante los votantes llegado el caso de que la repetición electoral resulte inevitable. Un 'pío, pío que yo no he sido' de carácter preventivo.

Por ejemplo, la negociación entre republicanos y comunes, que ha durado solo cuatro días, era una charlotada desde el principio. Ni besándose con lengua o improvisando una boda griega su paripé resultaba creíble. Porque sin JxCAT no hay investidura posible que no pase por incorporar a la suma al menos los votos del PSC. Y los vetos cruzados lo hacen imposible.

Foto: Pere Aragonès conversa con Laura Borràs y Roger Torrent tras un acto este miércoles de Òmnium Cultural. (EFE)

Sirve este ejemplo, pero serviría también cualquier otro de los movimientos protagonizados desde el sábado por las diferentes formaciones políticas presentes en el hemiciclo con un papel activo —aunque no con el mismo nivel de responsabilidad— en este festival del absurdo que se representa: ERC, JxCAT, CUP, 'comuns' y PSC. Los demás, Voc, Cs y PP, se limitan a disfrutar del espectáculo porque no cuentan para la aritmética que da vela y entrada al entierro.

Más allá de la teatralización, lo único que puede tocarse y obedece a la realidad es que por delante sigue habiendo una eternidad de 12 días para que en Cataluña se repitan las elecciones. Esto va a hacerse más largo que un festival de cine de autor.

La repetición de las elecciones amenaza Cataluña

Aunque lo más relevante, desde el punto de vista político en el medio y largo plazo, no está empero en la negociación para formar Gobierno ni tampoco en si finalmente deben o no repetirse las elecciones.

Ya se puede dar por cierto, si alguien albergaba dudas, que el colapso político del soberanismo no tiene vuelta atrás. Seguirá siendo una molestia para España, particularmente en el frente judicial, pero los poderes del Estado ya no tienen por qué preocuparse en demasía ni fijar obsesivamente su atención sobre el teatro de operaciones catalán.

La otra cuestión que también hay que dar por cierta es el gran desapego, cada vez mayor, de los catalanes por sus instituciones

Dicho de otro modo, el Gobierno español puede anclarse por un tiempo en el inmovilismo y ocupar su tiempo en otros asuntos. Ya viene siendo así desde hace más de un año, pero los radares y sondas que aún funcionan para alertar de movimientos de fondo en Cataluña pueden desactivarse. La poca energía que le queda al independentismo la van a seguir consumiendo peleando entre ellos.

La otra cuestión que también hay que dar por cierta es el gran desapego, cada vez mayor, de los catalanes por sus instituciones de autogobierno. A los ciudadanos que dejaron de sentirlas como propias por no compartir el ideario independentista se suman ahora los propios soberanistas. El discurso de Quim Torra, deslegitimando la Generalitat y calificándola como un estorbo, ha hecho mella en una parte nada menor del independentismo. Convertir las instituciones en un juguete durante tanto tiempo las ha dejado completamente desnudas de la cobertura formal y moral que necesitan para cumplir con sus objetivos, que van más allá del ejercicio del simple gobierno. El juguete está roto.

Este segundo elemento, incuestionable, es el que explica que cada día que pasa al ciudadano le importe menos si hay que acudir a las urnas de nuevo o no. Si conviertes la Generalitat en un juguete, la gente —sin distinción de la religión política que abrace ni la bandera que cuelga en el balcón— acaba tratándola como tal. El mago sigue sacando conejos del sombrero, pero en platea cada vez queda menos gente. El truco ya está visto y aburre hasta a las moscas. La abstención, si se vota de nuevo, será de aúpa. Que se preparen el mago y sus conejitos.

Lo más parecido a la política catalana es el sombrero de un mago. En un doble sentido. En primer lugar, porque es sabido que todo lo que la mano del ilusionista saca de él no es más que truco, engaño, hacer creer. Una mentira bien explicada. La segunda cuestión que remite al sombrero de un ilusionista es que, cuando uno creía haberlo visto todo, siempre hay un penúltimo conejo que los aspirantes a taumaturgos acaban sacándose de la manga.

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