Escoceses o catalanes, los independentistas son unos plomos de aúpa
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Josep Martí Blanch

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Escoceses o catalanes, los independentistas son unos plomos de aúpa

Escocia enseña que los referéndums de independencia no sirven, Cataluña, que el inmovilismo tampoco

placeholder Foto: Banderas de Cataluña en apoyo de Escocia. (EFE)
Banderas de Cataluña en apoyo de Escocia. (EFE)

Como era previsible, el soberanismo catalán se siente perdedor por el resultado de las elecciones en Madrid, aun no habiendo participado en ellas. El adiós político de Pablo Iglesias, único dirigente estatal que había tejido complicidades serias con el independentismo, más la incertidumbre sobre un hipotético giro definitivo en las prioridades de Pedro Sánchez, si acaba leyendo la debacle madrileña como una amenaza seria para su presidencia, explican este sentimiento.

Pero la actualidad siempre ofrece un placebo al que agarrarse. Un caramelo con el que endulzarse la boca. Y las elecciones escocesas han aparecido en el momento oportuno para reforzar el ánimo entre los portadores de la estelada.

De todos los argumentos que se señalan para explicar el crecimiento del independentismo, ya sea con la voluntad desde posiciones favorables o totalmente contrarias, el referéndum escocés acordado en 2012 entre el 'expremier' británico David Cameron y el entonces primer ministro escocés, Alex Salmod, tiende inexplicablemente a infravalorarse.

Foto: La líder del SNP, Nicola Sturgeon. (EFE)

Y, sin embargo, nada de lo acontecido en Cataluña en los últimos años no hubiera sucedido sin el independentismo escocés en el papel de liebre legitimadora de las aspiraciones del soberanismo catalán. Una legitimación que alcanzo su zenit en septiembre de 2014, cuando los escoceses decidieron con su voto, y de manera muy mayoritaria (55,3% de los votos, frente al 44,7%) permanecer en el Reino Unido.

La celebración de la consulta escocesa permitió dos cosas. En el frente interno catalán, otorgaba visos de realidad y hacía creíble la posibilidad de conseguir lo que los escoceses ya tenían en el bolsillo. Y en el frente externo situaba, una narrativa apalancada sobre una aspiración democrática (votar) que resultaba muy difícil de combatir por el Gobierno de España. Ambos elementos fueron decisivos para la aceleración del proceso independentista.

Ni el Reino Unido de hoy es el de 2012, ni Boris Johnson es David Cameron. El actual primer ministro ha reiterado por activa y por pasiva que no autorizará una nueva consulta sobre la independencia de Escocia.

Foto: Michelle Ballantyne. (Cedida)

Pero lo cierto es que el precedente está ahí y que una victoria incontestable del SNP de la actual primera ministra, Nicola Sturgeon, a la que habría que sumar a los Verdes (más independentistas todavía) y al nuevo partido Alba, fundado por Alex Salmond para volver a la política tras sus problemas con la Justicia por acoso sexual, pondrá de nuevo en la agenda la voluntad de los escoceses de celebrar un nuevo referéndum, porque de eso y no de otra cosa ha ido la campaña electoral.

Para el independentismo catalán, es una buena noticia. Por eso, desde hace unos días, todos los gurús del movimiento soberanista andan esforzándose por situar Escocia en la agenda mediática y quejándose de lo mucho que se ha hablado y habla de las elecciones de la Comunidad de Madrid y lo poco que se ha fijado la atención en las elecciones escocesas que son, dicen, las que de verdad deberían importar en Cataluña.

Hay otro elemento de la coyuntura escocesa que desde el soberanismo catalán se advierte con optimismo. Y es que por primera vez el independentismo escocés flirtea con la posibilidad de organizar un referéndum al margen de cuál sea la voluntad del Gobierno del Reino Unido.

Foto: El ex ministro principal escocés, Alex Salmond. (Reuters)

Es cierto que tanto Nicola Sturgeon, en nombre del SNP, como Alex Salmond, con su nuevo juguete Alba, han sido especialmente cuidadosos en seguir situando la legalidad como el límite de sus aspiraciones.

Pero sí se ha abierto la puerta a organizar una votación sin el permiso de Boris Johnson y que sea la Justicia la que después determine su grado de validez. Digamos que lo que los escoceses están dispuestos a llevar a la práctica, según han dicho en campaña, es una consulta similar a la que organizó Artur Mas el 9-N de 2014, que no aspiraba a tener efectos jurídicos, pero que actuó como elemento galvanizador de la que tres años después se llevó a cabo bajo el mandato de Carles Puigdemont con las consecuencias por todos conocidas.

Más allá de lo que acontezca en el futuro, el hecho de que, tan solo siete años después del referéndum escocés, la agenda política vuelva a ser exactamente la misma que antes de su celebración, demuestra la inoperancia de este tipo de votaciones para resolver cuestiones políticas tan relevantes en sociedades que, punto arriba, punto abajo, andan divididas casi por la mitad.

Foto: Manifestación por la independencia de Escocia en Glasgow. (Foto: Reuters)

Los independentistas escoceses argumentan que perdieron porque en 2014 se insistió en que la única manera de seguir perteneciendo a la UE era continuar formando parte del Reino Unido. Después vino el Brexit, al que los escoceses se opusieron por una abrumadora mayoría, y el resultado final ha sido el contrario. Es un argumento, ciertamente. Pero siempre existirán nuevos elementos coyunturales sobrevenidos que permitan argumentar al perdedor de un referéndum la necesidad de volver a votar para que el resultado sea esta vez diferente. El cuento de nunca acabar.

Si algo enseña Escocia, es precisamente que el referéndum no es una herramienta válida para dilucidar cuestiones como la independencia en sociedades donde ninguna de las dos opciones es claramente mayoritaria. Otra cosa que demuestra el contencioso escocés es la resistencia y resiliencia del movimiento independentista una vez ha echado raíces en una sociedad.

Foto: John Elliott. (EFE)

Ambas lecciones son aplicables a Cataluña. Y deberían servir para que todos los actores tomaran conciencia de que la única manera de resolver, al menos por un largo periodo, contenciosos de estas características son los acuerdos políticos en que no se aplica la lógica del vencedor-perdedor, porque todas las partes consiguen algo al mismo tiempo que también pierden algo.

Eso pasa por el respeto a la ley —cosa que el independentismo catalán olvidó— y por la responsabilidad política —algo que todas las partes desatendieron—. Pero si la historia escocesa se repite, no hay motivos para no pensar que no lo haga la catalana. No ahora. Pero siete años pasan muy rápido.

Si Escocia enseña que el referéndum no soluciona nada, Cataluña alecciona sobre que el inmovilismo tampoco. A ver si alguien aprende algo con tantas lecciones.

Como era previsible, el soberanismo catalán se siente perdedor por el resultado de las elecciones en Madrid, aun no habiendo participado en ellas. El adiós político de Pablo Iglesias, único dirigente estatal que había tejido complicidades serias con el independentismo, más la incertidumbre sobre un hipotético giro definitivo en las prioridades de Pedro Sánchez, si acaba leyendo la debacle madrileña como una amenaza seria para su presidencia, explican este sentimiento.

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