Harari, Ana Patricía Botín y el jefe de Davos: el final del capitalismo que conocimos

El futuro que nos espera va a ser especialmente duro si se mira desde el lado de las clases populares y las medias, pero también abre enormes posibilidades. Aunque no para la política

Foto: Klaus Schwab, fundador y director general del Foro de Davos. (Reuters)
Klaus Schwab, fundador y director general del Foro de Davos. (Reuters)

La semana ha sido agitada en lo político, como últimamente, pero más por el ruido que por las nueces. En este juego, todos están intentando posicionarse de cara al futuro inmediato, unos para gobernar sin demasiados sobresaltos, otrospara  pasar el trago del apoyo al PP sin que les dañe más aún, y los otros identificándose como la oposición verdadera. En fin, pocas novedades y demasiada falta de sustancia.

Está bien que los partidos piensen en el futuro, pero quizá sea hora de que no se centren en el suyo, sino en el nuestro. Varios libros se han convertido en actualidad en estos días que nos traen pistas interesantes sobre lo que nos espera; entre ellos, 'La cuarta revolución industrial', de Klaus Schwab, fundador y director general del Foro Económico Mundial, y 'Homo Deus', de Yuval Noah Harari, uno de los ensayistas contemporáneos más populares. Ambos apoyan sus diagnósticos en el terreno de la innovación tecnológica y, como todo lo que nos llega de ese espacio, mezclan expectativas de futuro con promesas ilusorias, posibilidades reales con fantasías. 'Homo Deus' es el más llamativo, porque une con habilidad lo ideal con lo sombrío. En todo caso, todos ellos, como parte del discurso dominante entre las élites, apuntan transformaciones sustanciales en lo productivo, y como siempre que ocurre esto, en lo político. Si Ignacio Sánchez-Cuenca afirmaba recientemente que vamos hacia un sistema liberal sin democracia, lo que Harari viene a decir es que vamos hacia un capitalismo sin liberalismo.

En este escenario, la clase obrera y las medias perderán todo su sentido y se convertirán en completamente prescindibles

Su tesis parte de un recorrido histórico, según el cual las masas fueron útiles porque de ellas se nutrían las instituciones dominantes en el siglo XIX y parte del XX, el ejército y la empresa. Se necesitaban obreros y soldados en cantidad suficiente, y eso, según Harari, también permitió que las poblaciones de Occidente pudieran hacer valer su resistencia y lograran contrapartidas en forma de derechos laborales y políticos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las masas fueron necesarias para mantener el centro del sistema, el consumo, que era lo que permitía que la rueda siguiera girando. Pero eso implicaba que buena parte de ellas contaran con los recursos suficientes para gastar continuadamente, lo que trajo consigo el incremento de los salarios y los trabajos estables. Eso fue el capitalismo fordista.

Algoritmos y robots

Pero nuestra época es distinta de las anteriores, ya que ha entrado en una nueva etapa en la que las masas serán prescindibles. Dado que la mayoría de las tareas estarán automatizadas y serán realizadas por robots o por programas informáticos, la única mano de obra necesaria será aquella que permita que toda esa inteligencia artificial funcione fluidamente. En ese contexto, las clases obreras y las medias perderán todo su sentido, y se convertirán en desechables: como ya no producirán nada y tampoco generarán valor por su escasa capacidad de consumo, su capacidad de resistencia desaparecerá.

Nos liberaremos del trabajo y viviremos muchos más años en perfecto estado de salud y con capacidades mentales mucho más desarrolladas

El diagnóstico no es solo de Harari, sino que forma parte de un sentido común compartido entre las élites, instigado por las promesas tecnológicas y las expectativas de los fondos de inversión, que auguran un mundo radicalmente nuevo. En 'La cuarta revolución industrial', Schawb identifica una serie de elementos que confluirán (estas sí que son confluencias y no las de Podemos) para transformar increíblemente nuestras vidas: la inteligencia artificial, la robótica, el internet de las cosas, los vehículos autónomos, la impresión 3D, la nanoctecnología, la biotecnología, la ciencia de materiales, el almacenamiento de energía y la computación cuántica, entre otras cosas.

Un elemento perturbador

Muchas de estas innovaciones, asegura Schwab, se hallan en proceso de desarrollo, pero ya están llegando a su punto de inflexión. Sus efectos serán radicales y alcanzarán cotas impensadas: viviremos en un mundo mucho más seguro, más preciso en sus diagnósticos y soluciones, más eficiente gracias a la automatización y también más feliz; dispondremos de todo el tiempo para nosotros porque estaremos liberados del trabajo, viviremos muchos más años (incluso alcanzaremos la amortalidad o la inmortalidad, según versiones) en perfecto estado de salud, nuestras capacidades mentales estarán mucho más desarrolladas y tantas otras cosas que no están al alcance de nuestra mano. Harari cree también en esto, solo que añade un elemento perturbador, ya que afirma que todas estas ventajas solo estarán al alcance de la élite.

Según Ana Patricia Botín, las implicaciones de la cuarta revolución industrial no son solo visiones del futuro. Son las realidades de hoy

Sería irreal tomar este panorama como cierto: centrarnos en las posibilidades del futuro acaba por oscurecer la lectura del presente. Lo que ocurre es que lo que viene tampoco resulta tan distinto de lo que hay: como afirma Ana Patricia Botín en la introducción al libro de Schwab, “las implicaciones de la cuarta revolución son numerosas. Muchas de ellas ya nos afectan. Los temas abordados en este libro no son solo visiones del futuro. Son las realidades de hoy”.

La masa inútil

Tiene razón Botín, muchas de estas tendencias ya se están manifestando. El paro en nuestras sociedades es producto de muchos factores, pero uno de ellos es la deslocalización de la producción, lo que provoca menos empleos disponibles y una mano de obra excesiva para los trabajos disponibles, concentrados en el sector servicios. Las nuevas formas flexibles de trabajo, ligadas a la 'gig economy', están ya presentes; la automatización de las tareas es una constante en muchos sectores, y el uso del 'big data' y los algoritmos está comenzando a determinar las tareas y el tiempo y forma en que se realizan en muchas grandes empresas, desde Amazon hasta las cadenas de restaurantes. Y las previsiones respecto del futuro próximo apuntan en esa dirección: según el informe 'The future of employment', realizado por los profesores de la Universidad de Oxford Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, el 47%o del empleo total está en situación de alto riesgo, “ya que muchas de sus ocupaciones son susceptibles de ser automatizadas en una o dos décadas”. En este sentido apuntan Schwab y Harari. El primero rebaja la alarma, porque dice estar seguro de que se perderán empleos pero se crearán muchos otros, pero no acierta a describir cuáles en concreto elevarán la demanda actual, y el segundo no pone parches: habrá una masa de gente inútil ('useless') en las sociedades del futuro.

Las ideas típicas del capitalismo liberal, como el libre albedrío o la competencia en el mercado, terminarán desapareciendo

Este es un grave problema que está sufriendo la izquierda. Cuando la mano de obra es menos necesaria o resulta fácilmente sustituible, su capacidad de presión queda muy limitada, lo que hace menos probable no ya la adquisición de nuevos derechos sino la mera conservación de los existentes. La normativa laboral de los 15 últimos años es un buen ejemplo de esto. Al mismo tiempo, el contexto globalizado dificulta en gran medida que los derechos políticos típicos de nuestra democracia permanezcan en su sitio, ya que ha provocado la extracción de muchas decisiones del marco nacional, aquel en el que la democracia está presente, y las han elevado a instancias técnicas, como los organismos internacionales, y a nuevas estructuras burocráticas no controladas por la política, como el Banco Central Europeo. En este contexto, la izquierda lo tiene más difícil, porque ni los instrumentos democráticos son tan efectivos, ni quienes constituían sus principales seguidores tienen grandes elementos para presionar.

Decisiones inteligentemente artificiales

Los cambios también serán mala noticia para la derecha. En la fantasía entre utópica y distópica de Harari, el mundo que viene será mucho más eficaz y eficiente porque contaremos con instrumentos técnicos, como la inteligencia artificial, que no solo nos harán más fácil la toma de decisiones, sino que lo harán por nosotros. Los procesos productivos estarán controlados por algoritmos y ejecutados por máquinas, pero también nuestros cuerpos se verán beneficiados de la alianza con lo no humano (por eso viviremos más y mejor) e igual ocurrirá con nuestras vidas privadas (los algoritmos sabrán mejor que nosotros qué pareja nos conviene o qué partido defiende mejor nuestros intereses). El mundo de la empresa también será distinto, porque esos algoritmos serán propiedad de pocas empresas y pocas personas, que gozarán de gran poder económico. En este sentido, las ideas típicas del capitalismo liberal, como el libre albedrío, el hecho de que cada uno de nosotros sabe mejor lo que le conviene y nadie le puede imponer sus ideas, o la competencia, terminarán desapareciendo.

Lo malo de estas cosas es que ya se han puesto en marcha, pero apenas se habla de ellas

Este mundo no es el nuestro, y bien puede decirse que nunca lo será. Pero lo que sí resulta cierto es que la vida contemporánea camina en esa dirección. La priorización absoluta de lo técnico está muy presente en la economía, la utilización del 'big data' a la hora de ayudar en la toma de decisiones y de los algoritmos como instrumento de ordenación de la vida laboral es ya un hecho común, y las nuevas firmas del sector tecnológico que han triunfado lo han conseguido precisamente por operar como monopolios, lo único que asegura un buen resultado, según Peter Thiel. Todas ellas (Google, Facebook, Amazon, Uber, Airbnb) están acumulando un poder excesivo, lo que va en contra de la ortodoxia liberal. Al mismo tiempo, las revelaciones de Snowden (la semana pasada se estrenó la interesante película de Oliver Stone) refuerzan la sensación de que somos un mundo cada vez más controlado y supervisado por los medios técnicos. Se puede llamar a esto liberalismo, pero lo cierto es que no tiene nada que ver con la definición que aparece en los libros.

En fin, lo malo de estas cosas es que ya se han puesto en marcha, pero apenas se habla de ellas. La derecha está leyendo el 'Marca' en casa esperando la investidura, convencida además de que los tiempos le pertenecen, y la izquierda prefiere hablar del GAL, de que meterse con 'Operación Triunfo' es superioridad moral y de que si Laclau y Gramsci y todo eso. Pues nada, dentro de poco tendremos Gobierno, pero al mismo tiempo seguirán produciéndose cambios graduales que nos van a llevar a una sociedad radicalmente distinta. Es hora de que pensemos en ellos.

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