Por qué los paletos ya no votan como les decimos

Las elecciones estadounidenses han sido una lección de la que hay que extraer conclusiones. Estamos en nuevo escenario que gira en torno a un eje electoral diferente

Foto: Es millonario, pero le votan los desfavorecidos. (Gtres)
Es millonario, pero le votan los desfavorecidos. (Gtres)

No deja de ser llamativo que a la hora de encontrar explicaciones a la sorprendente victoria de Trump, las más frecuentes consistan en insultar a sus electores. Igual que con el Brexit, o con el auge de Le Pen en Francia, o con casi todo lo relacionado con el populismo de derechas, la forma de entender qué ha ocurrido se reduce a lo siguiente: un montón de paletos, racistas, xenófobos y cabreados con el sistema, que están intoxicados por la prensa radical (los tabloides o la Fox) y que creen ciegamente a un mentiroso, insisten en estropear el futuro que nosotros, gente con sentido común, con formación y mucho más razonable, habíamos diseñado para ellos. Unos lo llaman la política 'post verdad', porque por supuesto ellos detentan la verdad y los demás son palurdos que se creen cualquier falacia, y otros simplemente se echan las manos a la cabeza como si la cuenta atrás para el apocalipsis hubiera comenzado.

Hay muchos factores que explican el éxito de Trump y, un poco en la línea del shock postraumático, todo el mundo ha rebuscado estos días para encontrar algunas claves. Seguro que todos tienen parte de razón, pero desde luego una de ellas, y de las más importantes, reside en el desprecio generalizado que la gente que se sentía identificada con muchas de las propuestas de Trump, y más aún con las económicas, ha sentido en esta campaña.

El nuevo mapa electoral

Este punto es importante porque revela como pocos el gran cambio que está teniendo lugar en nuestro mundo. El capitalismo está cambiando y nos está llevando de un modelo a otro a través de pasos sucesivos, sin saltos en el vacío pero también sin pausa, y la reconfiguración del mapa electoral es su consecuencia.

Teníamos por una parte a un candidato insensato, chulesco e ignorante, y por otra a los grandes medios atacándole: ¿cómo iba a ganar? Era imposible

He insistido a menudo en que el mundo político occidental se está dividiendo en dos opciones, una sistémica y otra extrasistémica, y ninguna elección como la americana para demostrarlo. La convicción absoluta en una victoria de Clinton, de la que prácticamente todos participamos (esa que llevó a 'Newsweek' a tener ejemplares impresos con la foto de Hillary con el titular Madam President) provenía, más que de una percepción distorsionada, de una convicción total en que no se podía ganar si se iba contra el establishment. Por una parte teníamos a un candidato que nos describían como insensato, chulesco, ignorante y radical, y por otra a los grandes y pequeños medios de comunicación atacándole y despreciándole, incluso propugnando en sus editoriales el voto contra él; a entornos financieros y de la innovación tecnológica, a empresarios relevantes y a analistas prestigiosos vaticinando la catástrofe si Trump llegaba a la Casa Blanca; y a figuras populares de todo orden apoyando a los demócratas.

Los buenos ganan, los malos pierden

¿Cómo iba a ganar un tío que en el cierre de campaña llevaba a Ted Nugent mientras Clinton era musicalmente loada por Bruce Springsteen, Jon Bon Jovi y Lady Gaga? ¿Cómo iba a ganar alguien que tenía a todos los grandes medios de comunicación en contra y con la gran mayoría de las encuestas pronosticando su derrota? Era imposible. Nos lo creímos, porque las experiencias del pasado nos habían enseñado que así ocurría siempre: los sensatos ganaban, los radicales perdían. Y nos equivocamos, porque estamos en otro contexto, en el que el establishment no siempre se lleva el premio gordo.

El eje en las elecciones de los últimos años no ha sido izquierda y derecha, ni lo nuevo y lo viejo, ni arriba y abajo, sino estabilidad o cambio

Las campañas electorales de los últimos años consistían, a grandes rasgos, en lo siguiente: uno de los partidos, el que tenía más opciones de ganar, intentaba transmitir una impresión de moderación, de saber hacer, de conocimiento técnico y de sensatez que era difundida por los grandes medios; la opción opositora era descrita por sus contrincantes como inevitable generadora de riesgos, como una amenaza para la estabilidad y para el futuro del país, ya fuera por sí misma o por los posibles aliados a los que debía recurrir. El caso español es buen ejemplo. Ese era el eje principal, y ha sido aplicado punto por punto con Trump, como antes con el Brexit (incluso con el referéndum sobre la paz en Colombia). Pero algo ha dejado de funcionar en el sistema, porque la estrategia ha fracasado totalmente.

Las dos versiones

Este esquema señala cómo el eje en las elecciones de los últimos años no ha sido izquierda y derecha, ni lo nuevo y lo viejo, ni arriba y abajo, sino estabilidad o cambio. Hasta ahora, la opción que apostaba por lo primero era la que triunfaba, gracias también al apoyo del establishment, que subrayaba las grandes ventajas que traía la continuidad de lo sistémico; hoy ya no es así. Pero incluso esto hay que entenderlo en su justa medida. Hay quienes prefieren creer que, situados frente al “Clinton o el caos”, los votantes de Trump han elegido lo segundo, un poco en plan “que os den”, un poco en plan “de perdidos al río”. Otros prefieren señalar que, en el fondo, como en el caso de Le Pen y el Brexit, todo es racismo y xenofobia, y que son las clases medias resentidas las que votan contra el emigrante.

La gente está cansada de trabajar más horas por menos dinero y de ver cómo los empleos bien retribuidos se marchan a China

Lo mismo tienen razón, pero juraría que esta gente está votando sobre todo para defender su futuro. La paradoja es que quieren estabilidad y seguridad, quieren tener la sensación de que no son piezas fácilmente reemplazables, quieren tener un mejor horizonte en sus vidas, y para eso no les queda otra opción que votar por el cambio. Algo así habían dicho Thomas Frank y Michael Moore antes de las elecciones, y eso es lo que constata Bernie Sanders tras ellas. Ayer dijo lo siguiente:

"Donald Trump aprovechó la ira de una clase media en declive que está harta del establishment económico, del político y del de los medios de comunicación. La gente está cansada de trabajar más horas a cambio de salarios más bajos, de ver cómo los empleos decentemente retribuidos se marchan a China y otros países de bajos salarios, de que los multimillonarios no paguen impuestos y de no poder afrontar el coste de la educación universitaria de sus hijos”.

La lección política

En otras palabras, están votando para tener un futuro, para contar con alguna posibilidad, para no seguir en un mundo que les está cerrando las puertas. Esa es la lección política contemporánea, pero nadie la está tomando en cuenta, salvo Trump. Las opciones sistémicas les dicen “confiad en nosotros que todo irá mejor si seguimos por este camino”, pero cuanto más se avanza por él, más patente se hace que les están prometiendo aquello que no pueden cumplir. La izquierda les dice que el 15 M es guay, y que lo que les hace falta es más democracia, menos calles franquistas y menos toros. De manera que miran un poco más allá y solo encuentran a Trump. Quizá llamarles paletos o racistas no sea la mejor opción.  

Postpolítica

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