Gobierno de Donald Trump: Plata o plomo: lo que está ocurriendo con Trump (y la táctica que seguirá). Blogs de Postpolítica

Plata o plomo: lo que está ocurriendo con Trump (y la táctica que seguirá)

Trump está siendo atacado como efecto de la guerra de élites en que está inmersa la política estadounidense. Sorprende, porque es un presidente 'proestablishment'. Salvo por un detalle

Foto: Trump se retira tras la conferencia de prensa en la Trump Tower. (EFE)
Trump se retira tras la conferencia de prensa en la Trump Tower. (EFE)

Uno de los errores más comunes en los análisis políticos consiste en fijarse en los detalles e ignorar el conjunto, en reparar en lo accesorio y olvidar lo principal. El supuesto informe de los servicios de inteligencia sobre Trump, publicado en un medio menor, pero que se viralizó inmediatamente (y del cual todos los grandes medios se hicieron eco, aunque lo pusieran entre paréntesis), es un ejemplo cristalino: unos hicieron chistes sobre la lluvia dorada, otros regresaron a ese lugar común y confortable que es criticar con ferocidad al presidente estadounidense (está loco, está al servicio de Rusia, qué mal va a ir todo) y otros prefirieron señalar a Meryl Streep como la responsable de todo esto.

El informe es ridículo. Una primera lectura, y no hace falta profundizar demasiado, solo deja dos opciones: o es falso o los servicios de inteligencia funcionan de un modo muy torpe si esto es todo lo que pueden hacer. La primera opción suena más plausible, porque si fuera cierto, cualquiera de los rivales republicanos de Trump en las primarias, y desde luego Hillary Clinton, hubieran exhibido una y otra vez ese informe, cuyos datos fueron recogidos desde hace cinco años.

Se dice que Trump es 'antiestablishment'; al contrario, es el más 'proestablishment' de las últimas décadas, salvo en un aspecto

En realidad, el informe no es más que parte de esa guerra entre élites en la que estamos inmersos, que es típica en las épocas de cambios productivos y en la que unos sectores salen beneficiados y otros se resisten a perder. Pero como el modo de atizarle ha sido bastante torpe, se lo dejaron fácil: dio una rueda de prensa, afirmó que eran noticias falsas y simplemente repitió todo aquello que le había hecho ganar las elecciones, desde el muro de México hasta lo de “si te quieres ir y despedir a todos los trabajadores, tendrás que pagar un impuesto muy grande cuando quieras vender tus productos en EEUU”. Volvió a convencer a los que le habían votado y a otra cosa.

Los medios seguirán atacándole, pero también lo hicieron antes y perdieron, por lo que no debe preocuparle demasiado. Hay quien entiende lógicas estas arremetidas contra Trump, ya que se trata de un líder 'antiestablishment', pero lo cierto es que no lo es: se trata del presidente más 'proestablishment' de las últimas décadas. Salvo en un aspecto, que entenderemos mejor si retrocedemos a la campaña de 2004.

Doce años atrás

En aquellas elecciones concurrieron como candidatos John Kerry y George Bush Jr. Ambos provenían de la misma clase social y habían gozado de los beneficios de instituciones elitistas (Yale, Skulls and Bones), contaban con experiencias vitales opuestas y se habían forjado en espacios culturales casi irreductibles. Bush fue un estudiante vividor, gracioso y mediocre; y Kerry, brillante, formal y algo idealista. Como si la trayectoria universitaria contuviera el núcleo de sus vidas, Kerry ha sido un hombre de trayectoria ordenada, mientras que la de Bush fue mucho más agitada: mucho alcohol, mucha juerga y después arrepentimiento y regreso a Dios. Kerry exhibía formación y moderación, Bush conocimiento intuitivo y convicción absoluta en sus ideas. Era creencia común que Kerry estaba intelectualmente preparado para gobernar y que Bush presentaba deficiencias formales y lógicas en sus argumentaciones. En cuanto oferta de imágenes, una sociedad moderna no hubiera tenido dudas a la hora de elegir: competían una persona preparada, que estuvo en la guerra defendiendo a su país, cuya vida privada no parecía tener tacha, y un exalcohólico, vividor de joven, cristiano renacido y con hálito de visionario. Como todos sabemos, ganó Bush.

Han pasado demasiado tiempo asistiendo a charlas TED, hablando de microfinanzas, de lo saludable que es montar en bicicleta y de la filantropía

Algo muy similar ha ocurrido en estas elecciones, solo que de una forma más exagerada. Trump apeló a los mismos grupos que habían encumbrado a Bush: las clases bajas, la gente que formó el Tea Party, los grupos cristianos, los de defensa de las armas, los que querían expulsar a los inmigrantes, etc., pero de un modo todavía más políticamente incorrecto. Las cualidades que en teoría incapacitaban a Trump para la presidencia conformaban una larga lista; Clinton, en cuanto CV, parecía mucho más preparada, y aunque fuese antipática para una mayoría de los estadounidenses, resultaba una opción preferible a la de alguien que era descrito prácticamente como un loco. Al igual que 12 años antes, ganó el candidato más incorrecto.

Monstruos de feria de la izquierda

Aunque no era tan inesperado. A Bush le funcionó describir al progre como “dado a subir los impuestos y a aumentar el poder del Estado, al café a la italiana, a comer sushi, a los autos Volvo, a leer el 'The New York Times', al 'body piercing' y a Hollywood; un monstruo de feria del ala izquierda”, con lo que era de esperar que esos elementos culturales regresaran en la campaña de Trump. Thomas Frank lo había advertido: es normal que los progresistas generen pocas simpatías a la gente común, ya que “han pasado demasiado tiempo asistiendo a charlas TED, yendo de vacaciones a Martha's Vineyard, hablando de microfinanzas, de lo saludable que es montar en bicicleta, de la filantropía y de que la desigualdad se soluciona con políticas educativas que promuevan la innovación”.

Los expertos dicen que la globalización es buena y que la economía mejora mientras las condiciones de vida empeoran: si les defenestran, mejor

Trump, con el camino abierto, ha sido aún más incorrecto a la hora de elegir a su gabinete. El último paso, el nombramiento de Robert F. Kennedy Jr. Un escéptico de las vacunas para presidir la comisión de Vacunas. La justificación que emplea el nuevo presidente es que su equipo y él aportarán la experiencia del éxito, la energía y el empuje de quienes saben cómo hacer las cosas, la sabiduría de aquellos que no se fijan en las teorías sino en la práctica real, por lo que están mucho más capacitados para dirigir un país que unos expertos que se pierden en palabrería. Tampoco es extraño que la gente común confíe en él cuando afirma estas cosas, porque han oído demasiadas veces decir a los expertos oficiales que la globalización está siendo buena para ellos, que vivimos mejor que nunca, que la economía está mejorando mientras sus condiciones de vida empeoran y que si les va mal es por su culpa. No es extraño que voten contra ellos y que estén encantados de que se les defenestre.

Adiós a los especialistas

Es lo que está haciendo Trump. La econotribu está muy preocupada porque el nuevo presidente está prescindiendo de ellos. No le hacen falta los antiguos especialistas, él tiene a los suyos, que no creen en absoluto en quienes se dedican a hacer dibujitos con los números. Tampoco los políticos de carrera le sirven demasiado, y los cuadros de la Administración le dan un poco igual. Está nombrando a 'outsiders' para hacer las cosas de otra manera, lo que le está generando resistencias fuertes, así como algunas simpatías. Los servicios de inteligencia entraron en campaña a su favor con el asunto de los 'emails' de Clinton, y también desde ese entorno se ha filtrado un informe en su contra. Era de esperar cuando se avecinan cambios.

Dirá a las empresas, en términos económicos, algo similar al “plata o plomo” de Escobar. Cogerán la plata, y todos contentos

Pero la realidad es que Trump solo está siendo 'antiestablishment' en eso. Su programa no es más que una continuación económica de las ideas neoliberales, y profundiza en lo que Bush Jr puso en marcha, salvo en un punto, el del proteccionismo y los trabajos. Pero ahí lo tiene fácil: les dirá a las empresas, como ya ha hecho, que si se llevan las fábricas las coserá a impuestos; y que si regresan, les ofrecerá grandes ventajas, unas condiciones casi tan favorables como las que tienen en otros países; les dirá, en términos económicos, algo similar al “plata o plomo” de Escobar. Cogerán la plata, y todos contentos. Lo cual es una manera novedosa de implementar el programa favorable al 1% al que Bush dio un empujón y al que Obama dio continuidad. Trump no, él ofrece un salto adelante.

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