Lo que la izquierda quiere decir de verdad

Buena parte de las reflexiones teóricas de la izquierda en las últimas décadas eran incomprensibles. Luego discutieron de otras cosas, salvo de lo importante

Foto: Errejón e Iglesias en la reunión de Rumbo 2020. (Emilio Naranjo/Efe)
Errejón e Iglesias en la reunión de "Rumbo 2020". (Emilio Naranjo/Efe)

Ahora que acaba de publicarse en España el muy recomendable libro de Erik Olin Wright 'Comprender las clases sociales' (Ed. Akal), es buen momento para recordar algunas de las tesis del autor, y más dada la notable actualidad de que gozan. Olin Wright fue uno de los integrantes de lo que se dio en llamar marxismo analítico, un grupo al que sus integrantes se referían en broma como “marxismo sin tonterías” y que nació como reacción: dado que la mayor parte de los autores reputados de la corriente marxista incurrían en un oscurantismo perverso, ellos intentaron identificar un núcleo sólido y defendible en esa tradición que pudiera ser explicado sin caer en el retorcimiento de sus predecesores.

Tampoco el marxismo analítico fue la solución, pero la broma que utilizaban para referirse a sus correligionarios funcionó porque se apoyaba en la realidad. El marxismo se había convertido en un trabalenguas teórico en el que era complicado saber qué se quería designar con los conceptos que se utilizaban. Nadie sabía bien de qué se estaba hablando. Tan es así que “se organizaban seminarios en los cuales las personas discutían acerca de lo que realmente significaban esos textos”. Para Olin Wright, discutir de “qué es lo que realmente se dijo” en lugar de analizar si “son buenas esas ideas y podemos usarlas” era un signo de fracaso profundo.

De lo verdadero a lo estratégico

Mucha de esta retórica sigue en juego hoy, pero con el concepto 'izquierda' reemplazando al de 'marxismo': hay múltiples versiones de lo que significa en realidad la izquierda, y muchos palos dialécticos en defensa de ellas, lo cual nos lleva al resultado apuntado por Olin Wright: una evidente señal de fracaso. Es cierto que en los últimos tiempos el debate no giraba tanto alrededor de la verdadera izquierda como de las cuestiones estratégicas.

No se trataba de analizar a los pensadores clásicos o a los posmodernos, sino de saber qué significaba hegemonía y cómo aplicar lo que dijo Gramsci

La irrupción de Podemos llevó las discusiones desde los debates acerca de Foucault, Deleuze, Zizek, Harvey, Marx o quien fuera a un nuevo terreno: ya no se trataba de saber qué constituía la izquierda, sino de cómo se iba a ganar. El uso de los medios de comunicación de masas, de las redes sociales, la propuesta de nuevas estructuras organizativas y toda esa serie de elementos diferentes señaló que solo había una izquierda real: aquella que sí podía optar al poder; todo lo demás eran residuos del pasado.

De vuelta al inicio

Y empezamos a hablar de eso, lo cual no hizo más que prolongar el marco en que las discusiones habían tenido lugar. Hubo un desplazamiento sencillo: ya no había que analizar a los pensadores clásicos, a los modernos o a los posmodernos, sino que ahora se trataba de saber qué significaba hegemonía y cómo aplicar lo que dijo Gramsci.

Estas nuevas versiones de “os estáis equivocando, porque vuestra teoría no es la correcta” no hacen más que devolver el agua al pozo

En esas estábamos cuando todo empezó a venirse abajo. El asalto a los cielos no se produjo, tampoco el sorpaso, y ni siquiera se logró tener una influencia parlamentaria real. De modo que las discusiones regresaron. Había que volver a preguntarse acerca de qué era la izquierda y cómo ganar, y esas intenciones han animado las diferentes lecturas de semanas anteriores.

El paso previo

Ayer se presentó el libro que acaba de publicar Ignacio Sánchez-Cuenca, 'La superioridad moral de la izquierda', cuyo prólogo pertenece a Íñigo Errejón, y que es una de las últimas aportaciones al debate. Pero estas nuevas versiones de “os estáis equivocando, porque vuestra teoría no es la correcta” no hacen más que devolver el agua al pozo.

El desconocimiento sobre nuestra sociedad provoca preguntas del tipo “¿cómo es posible que la clase obrera vote a Ciudadanos?”

Quizás haya que plantarse en un paso previo, antes de tejer teorías y convertirlas en instrumento de pelea. Y no se trata de esa advertencia acerca de que con tanta teoría la práctica se olvida, sino de algo anterior, esencial para que una y otra tengan peso en la realidad, como es conocer la sociedad en la que estamos, los mecanismos que la rigen, sus elementos determinantes, las opciones con que contamos quienes formamos parte de ella, y las formas de interpretar la realidad que dominan. Pero esto apenas se hace, porque se suele tener mucha prisa por llegar al resultado. Tal desconocimiento sobre nuestra sociedad es el que provoca preguntas del tipo “¿cómo es posible que la gente de clase trabajadora vote a Trump, o a Ciudadanos, o al PP?”, "¿cómo es posible que sea entre las clases medias urbanas donde mayor apoyo tenga la izquierda?” o “¿cómo llegar a los que faltan?”.

La clase, asunto central

En este sentido, las sugerencias de Olin Wright son relevantes. Y no porque sus teorías sean mejores o peores que las de otros, sino por poner el acento en el paso previo. Sirva como ejemplo el tema de las clases. Para el pensador estadounidense, siguen siendo un asunto central, ya que se trata de “una categoría que identifica los mecanismos reales que tienen una fuerza causal en la vida de las personas, y ello con independencia de que los propios actores reconozcan dicha fuerza causal”.

Así es. Las distintas posiciones dentro de la escala social, y cuáles son los recursos y las opciones que se tienen en una sociedad a partir del espacio que se ocupa en ella, determinan gran parte de nuestras vidas, y en estos tiempos todavía más que en las décadas precedentes. Pero a la hora de analizar estos asuntos, cada escuela opta por visiones reduccionistas.

La realidad no es unidireccional. No ser consciente de ello ha impedido a la izquierda entender la clase media, sus contradicciones y su ambivalencia

Unos prefieren contar y categorizar, creando un sistema de clasificación ocupacional y dividiéndolo según jerarquías de estatus. Por alguna razón, todos los albañiles, o todos los abogados o todos los comerciales ocupan el mismo espacio, ignorando que existen profesionales del derecho cuyos ingresos son mucho más elevados que los de los letrados pobres, y que, aunque la disciplina sea la misma, lo que practican en su vida diaria es muy diferente; que hay albañiles que ganan un salario más que decente y otros que se encuentran en el nivel de subsistencia; que hay comerciales de clase media alta y otros a los que les cuesta muchísimo llegar a fin de mes. La realidad, y hoy más que nunca, no puede tomarse en bloque. Eso es, por ejemplo, lo que ha impedido a la izquierda entender la clase media, sus contradicciones y su ambivalencia, de la que podrían haber sacado partido.

Obreros y burgueses

Y luego están los otros, para los que el tema de las clases se reduce a dos: la burguesía y la obrera, entendida esta como la fuerza transformadora que llevará a cabo el cambio social, por alguna especie de motor inmanente que la dirigiría hacia un horizonte revolucionario. El caso es que tratan a la clase obrera como a una categoría mítica, y entienden que si no ha expresado su deseo de cambio es porque los intelectuales la oprimen y no la dejan hablar por sí misma, porque no la dejan autoorganizarse o porque la excluyen de la política porque no hay dirigentes de origen obrero. Y así sucesivamente.

Algo más de conocimiento sobre lo que nos ocurre es más interesante que las peleas acerca de qué significa izquierda y cómo se ganan las elecciones

En este entorno, la posición 'sin tonterías' de Olin Wright podría ser de cierta utilidad. Estamos en un proceso de cambio en el capitalismo, que se ha acelerado en los últimos años, que ha producido transformaciones sociales importantes y que a su vez ha llevado a fenómenos ambiguos y contradictorios. Se trata de conocer cuáles, de ver cómo operan y de entender cómo están afectando a la configuración de clase, esto es, a la posición que ocupamos, a los recursos, posibilidades y opciones con que contamos, de analizar cómo incide en nuestras visiones del mundo y de comprender cuáles son las fuerzas transformadoras que puede activar ese nuevo reparto. Sin este punto de partida, sin esta comprensión de la realidad, es más difícil que se pueda operar social y políticamente de forma eficaz.

Es cierto que esto puede llevar a nuevas discusiones, y que existirían peleas teóricas por definir la sociedad, pero serían más fructíferas: al menos hablaríamos de lo que nos pasa, de cuáles son nuestras opciones, de quién está ganando y quién está perdiendo, de elementos reales de nuestra vida cotidiana. Algo más de conocimiento sobre estos asuntos es mucho más interesante y útil que las peleas acerca de qué significa 'izquierda' y cómo se ganan las elecciones.

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