Social: La estrategia del topo

La estrategia del topo

Varios temas cruciales están siendo borrados del debate por la izquierda y por la derecha contemporáneas, que se parecen mucho más de lo que creemos

Foto: El madrileño barrio de Lavapiés, núcleo de la 'izquierda topo'.
El madrileño barrio de Lavapiés, núcleo de la 'izquierda topo'.

No son solo las encuestas. Las ideas que las distintas izquierdas están poniendo encima de la mesa en un escenario de seria caída del PP tampoco parecen estar generado demasiado entusiasmo. Es cierto que el malestar con el PP, que el caso Cifuentes está haciendo más profundo, y Cataluña absorben la política nacional y dejan poco espacio para reflexiones de mayor aliento, pero es conveniente realizarlas, y en especial desde los partidos que peores resultados están cosechando. Por más que la política institucional y sus exigencias cotidianas consuman muchas energías, esa insistencia en centrarse en los problemas del día a día impide contar con un encuadre que les dé sentido y potencie sus efectos. Por decirlo de modo directo, el gran problema de la mayoría de los partidos es la ausencia de estrategia. Quizás el único que haya tejido un plan y haya dedicado tiempo a ella haya sido Errejón, pero ha sido desde un punto de vista puramente instrumental. El PSOE está tejiendo algunas propuestas diferentes, pero precisamente por centrarse en lo concreto pierde la capacidad de tejer y difundir un plan de más altura, y en Podemos la cosa está aún peor, porque creen estar haciendo estrategia continuamente y les suele salir mal.

Bertín y las noticias falsas

La falta de visión estratégica es un problema típico de la política contemporánea, y es la primera causa de que muchos partidos se hayan desvanecido, pero a la izquierda le afecta más porque está en retroceso y porque le hace caer en errores cruciales. En la entrevista de Juan Carlos Monedero con Víctor Lenore se reflejan algunos de ellos, pero no es un asunto que tenga que ver con una determinada persona; es más bien un conjunto de ideas compartidas en ese lado del tablero político que llevan a decisiones equivocadas.

Cuando hablan de razón y de emoción, lo que quieren decir es “nosotros tenemos la verdad, pero los otros engañan a la gente y ganan”

Su principal error es estar jugando de continuo en el terreno que les ha propuesto el adversario. Es llamativo cómo están utilizando el mismo marco discursivo de la derecha liberal, solo que pretenden darle la vuelta. Por ejemplo, cuando insisten en que la izquierda se ha centrado en las razones y ha olvidado las emociones. En realidad, lo que afirman es “estamos acertados en lo que decimos, y si la gente no nos vota es porque la derecha sabe movilizar mejor las pasiones”. Que es exactamente lo que están diciendo los regímenes liberales occidentales cuando las cosas se les van de las manos, como ocurrió en la elección de Trump: “Tenemos la razón, pero los de las noticias falsas engañan a la gente y al final votan emocionalmente”. Unos creen que la derecha gana porque tiene la televisión y los periódicos, y además a Bertín Osborne, y basta con salir por la tele e inventarse un Bertín de izquierdas para alcanzar los objetivos electorales; los otros creen que sus adversarios tienen las 'fake news' en Facebook y que con eliminar eso todo estaría arreglado.

Dicen lo mismo

Los argumentos que utilizaban los partidarios de quedarse en la UE antes y después del referéndum sobre el Brexit, o los antiTrump, son los mismos que utiliza la izquierda actual para justificar por qué la gente les ha relegado a la segunda fila: son los viejos, los reaccionarios, los que se han quedado anclados en el pasado y quieren seguridad, quienes votan otras opciones; si el mundo tuviera una mayoría de jóvenes, ellos habrían triunfado. Y cuando les preguntas por qué, en un contexto de deterioro material y dificultades sociales que debería favorecerles, los europeos están dando su apoyo al dextropopulismo o a la extrema derecha, ofrecen la misma explicación que los regímenes liberales globales: el culpable es el nacionalismo, esas personas que se envuelven en banderas y nos llevarán al fascismo. Otra cosa es que después las izquierdas simpaticen con los nacionalismos autonómicos y no con los estatales.

Quienes plantan cara en las urnas a los partidos establecidos no han competido en el mismo terreno, sino que han buscado nuevos espacios

Y también coinciden en los enemigos: en las últimas elecciones francesas, ambos señalan que era bastante mejor apoyar a Macron que a Le Pen, porque el primero al fin y al cabo era un demócrata mientras que la otra era una fascista, un argumento que tanto la derecha liberal como la izquierda nacional repitieron con insistencia. Hasta el punto de que ambos criticaron con espanto a Mélenchon cuando se negó a dar una consigna de voto. Ni siquiera respecto de los planes de futuro parecen tener grandes divergencias: ambos coinciden en que la inteligencia artificial y la automatización del trabajo eliminarán muchos empleos y que, por lo tanto, habrá que poner en marcha algún tipo de renta básica.

Facebook y el Tramabús

Como ambos comparten muchos marcos de análisis, aun cuando cada cual tenga su lectura sobre las posibles soluciones, la izquierda pierde doblemente. En primera instancia, porque sigue los caminos que otros trazan; en segunda, porque deja mucho espacio libre que otros ocupan, lo cual supone un gran error. Y es fácilmente comprobable porque quienes están plantando cara en las urnas a los partidos establecidos no han competido en el mismo terreno, sino que han buscado nuevos métodos. Si lo examinamos en términos puramente estratégicos, sin valoraciones morales, el escándalo de Cambridge Analytica y Facebook es un buen ejemplo de cómo han buscado vías alternativas y medios diferentes. Tampoco sus mensajes han sido nada complacientes: si se compara la izquierda nacional con la derecha europea, es sencillo apreciar cómo la segunda ha sido mucho más atrevida: no tenía ningún problema en combatir de frente a la UE, a las élites globales o a los inmigrantes, o de cuestionar el reparto económico de este capitalismo, aunque fuera en términos nacionalistas. Incluso sus programas, como los de Le Pen, eran mucho más redistributivos que los de la izquierda nacional.

Sus líderes no han temido la incorrección, incluso la han buscado, pero era una clase de incorrección de la que sacaban partido. Cuando estas formaciones han recurrido al pasado, ha sido para señalar que se podía construir un futuro mejor, aunque fuera a su manera, adoptando eslóganes tipo 'Seremos grandes de nuevo'; mientras, la izquierda nacional miraba hacia atrás para solventar viejas cuentas y resolver 40 años después lo que no supieron solucionar en la Transición. Cuando el populismo de derechas atacaba a las élites globales, la izquierda nacional criticaba a Rajoy y al PP, como cualquier otro partido, y sacaba a la calle el Tramabús.

Lo racional y lo sentimental caminan juntos, pero cuando describes una realidad ajena a la mayoría de la gente, es complicado que la emoción surja

Por supuesto, no se trata de apoyar los métodos y las soluciones que la derecha populista occidental ha puesto en escena, sino simplemente de constatar cómo han sido estratégicamente mucho más hábiles que sus rivales, y que eso les ha supuesto alcanzar cotas de influencia política impensables años atrás. En este escenario, no se puede seguir pensando que todo va de emociones, de ser más simpáticos, de ganarse mejor los corazoncitos de la gente. Va, en primer lugar, de que la premisa no es válida: no tienen razón, esto es, están analizando la realidad de un modo insuficiente y dejando de lado una serie de elementos típicos de la economía, la política, la cultura y la sociedad contemporáneas. Y tampoco va de que un elemento anule al otro y que las razones sean el único camino válido de activación política. Lo racional y lo sentimental van juntos, pero cuando estás describiendo una realidad ajena a la mayoría de la gente, es complicado que la emoción surja. Y si lo hace, es simplemente porque dispones de medios para crear una realidad alternativa que tiende a ser creída. Y esto vale tanto para el liberalismo global como para la izquierda nacional.

La 'izquierda topo'

Pero, en lo que se refiere a esta última, la constatación de su pobreza reflexiva y estratégica no implica su agotamiento. Fuera de España hay pensadores relevantes que están generando ideas de gran interés. Y también en nuestro país, aunque cada vez más tengan que situarse en los márgenes. Uno de ellos, Alberto Santamaría, autor del reciente 'En los límites de lo posible' (Ed. Akal), publicaba hace poco un interesante artículo sobre lo que daba en llamar 'izquierda topo', esa que mide todo en términos puramente madrileños. La realidad queda confinada en los límites de la urbe central, en su caso de Barcelona, lo que provoca la ceguera respecto de lo que ocurre en provincias. La tesis de Santamaría bien podría ampliarse, porque esa periferia geográfica no es la única que se trata de borrar.

Son gente más o menos joven (algunos bastante) que es necesario escuchar si queremos tener otros enfoques y otras perspectivas de nuestra época

Lo más interesante hoy en la narración y en la reflexión político-social está en los márgenes, en esos espacios que tienden a ser sistemáticamente cegados por las corrientes dominantes, y que, fruto de ese dique, impide que ideas diferentes se abran paso. Por citar algunos nombres en la izquierda: el trabajo que ha hecho Guillermo Fernández en 'ctxt.es' a la hora de entender el populismo de derechas europeo a partir del seguimiento del Frente Nacional ofrece pistas indispensables para saber qué está ocurriendo ahí fuera y cuáles son las claves del crecimiento de estos movimientos, más allá de las explicaciones simplistas en las que todo el mundo se refugia. Es necesario leer a Ekaitz Cancela para averiguar qué está en juego en el mundo de los datos y de las grandes tecnológicas, cuál es su papel social y cuál la redistribución material y geopolítica a la que nos dirigen. Los apuntes de Jorge Dionisio López son esenciales si se trata de entender el papel de la financiarización en la vida cotidiana. Los artículos de Daniel Bernabé y sus análisis culturales y sociales desde la perspectiva de clase son indispensables para comprender buena parte de la sociedad. Y es necesario escuchar a Ángel de la Cruz acerca de las claves para tener poder y presencia en los pequeños municipios y para conocer cuáles son las cosas que importan en esos terrenos. Cito estos ejemplos (hay otros, que me disculpen los demás) no porque coincida con ellos, lo que ocurre en algunas ocasiones y no en otras, sino porque son gente más o menos joven (algunos bastante) que es positivo oír si queremos tener otros enfoques y otras perspectivas para analizar y solucionar problemas a los que nos enfrentamos a menudo.

Temas clave borrados

Pensar y poner en marcha una respuesta a la altura de los tiempos es posible solo si salimos fuera de la ortodoxia y de los lugares comunes, esos que están dominando nuestra época, en la izquierda y en la derecha. Porque existen una serie de asuntos cruciales en los que nos estamos quedando atrás, en un lado y en otro del espectro político. Por citar unos cuantos: el cambio geopolítico, que llevará a tensiones crecientes entre las tres grandes potencias, con consecuencias notables para Occidente; la debilidad de la UE en ese nuevo escenario, y el papel que el nacionalismo ya ha empezado a jugar en un continente en declive; las consecuencias de la financiarización tanto en lo referido a la reorganización del entorno productivo y la consiguiente pérdida de empleos como a la canalización cada vez mayor de recursos hacia ciertos estratos de las clases altas; la individualización de las élites occidentales, y con ella las tensiones en su seno, que implicarán profundas lecturas políticas; la deriva que tomará la automatización y los efectos que ya está produciendo en nuestra sociedad con sus nuevos modelos de negocio; los cambios en la mentalidad de las poblaciones occidentales, sometidas a sucesivos procesos de deterioro social, en las que aumenta la demanda de una salida clara a una situación que perciben como grave; la visión social de las clases perdedoras, alejadas de ese multiculturalismo diverso y buenrollista en el que se desenvuelven la derecha liberal y buena parte de la izquierda, o el previsible deterioro de la democracia, que respetará menos sus fundamentos explícitos justificándolo desde la necesidad de hacer frente a las amenazas internas y externas. Y para entender esto desde el punto de vista político y el social, necesitamos mucho más que el pensamiento estereotipado y anquilosado en el que nos estamos desenvolviendo.

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