¿Y ahora qué? Después del fracaso de Podemos

El camino está abierto para el PSOE, mientras que el de sus teóricos socios se oscurece cuanto más tiempo pasa. Sería hora de reinventarse, pero las facciones siguen en su pelea

Foto: Pablo Iglesias, en la comparecencia de ayer.
Pablo Iglesias, en la comparecencia de ayer.

En estos días tras la constatación del fracaso, en que la autocrítica reina (pero de la de “te voy a hacer la autocrítica”), lo más destacable en Podemos no es que las distintas facciones continúen desplazando la responsabilidad hacia las demás, sino que siguen insistiendo en lo mismo. Inmunes a la realidad, todas ellas insisten en las posturas que siempre han mantenido. Tenían razón y la siguen teniendo, por supuesto.

Pero, al contrario, sus líderes han salido muy dañados de este proceso. El primero, y el responsable por excelencia, porque el partido estaba en sus manos, ha sido Iglesias. El mazazo que han supuesto estas elecciones, tras el amago de recuperación que supusieron las generales, ha sido grande. Alberto Garzón también tendrá que explicar en IU esta deriva hacia Podemos que tan malos resultados está arrojando. A los anticapitalistas les queda Kichi, y funcionaría si España fuera la ciudad de Cádiz, pero no lo es; fuera de ahí no les ha ido bien en ninguna parte.

La opción Errejón

Errejón es caso aparte, porque ha conseguido buenos resultados en la Comunidad de Madrid, y eso hace albergar esperanzas a muchos de sus seguidores de extender el plan al territorio nacional, pero lo cierto es que sus méritos son escasos. En primera instancia, porque no ha logrado poder institucional, ni en la comunidad ni en el ayuntamiento, y eso complica algo las cosas. En segunda, porque no ha ganado ni siquiera una elección interna. Dirigió la campaña del sorpaso, aquella en la que terminaron terceros; acompañó a Carmena y la alcaldesa perdió; habló de hacer presidente de la Comunidad de Madrid a Gabilondo y no tiene mucha pinta. Y además, por muchos votos que haya conseguido, Más Madrid no ha pasado de ser el cuarto partido. La opción Errejón no parece ganadora, la verdad: allí donde ha hecho una alianza, su socio ha acabado muy perjudicado.

A pesar de que el final de la serie no ha gustado a nadie, están ya escribiéndose tres 'spin offs': nos encontraremos con tres Podemos distintos

Sin embargo, nada de esto parece hacer mella en las diferentes facciones, que siguen pensando en sus propios proyectos. Como cuenta Iván Gil, a pesar de que el final de la serie no ha gustado a nadie, están ya escribiéndose tres 'spin offs', lp que aumenta la sensación de agotamiento y nos habla de políticos que no son capaces de cambiar el paso, que siguen afirmándose en sus posiciones a pesar de que no tienen suelo debajo, que quieren prolongar esta agonía construyendo su propio reino, por minoritario que sea.

Los 'walking dead'

Podemos, y la izquierda más allá del PSOE, tiene tres problemas. El primero y más urgente es qué hacer con unos dirigentes que se han convertido en 'walking dead': ya no están vivos políticamente, pero siguen haciendo daño. Es un asunto de difícil resolución, y todo apunta a que esta etapa durará bastante, porque todos se resisten a dejarlo. Si fueran inteligentes y pensaran en el partido, se apartarían y dejarían al frente a alguien que genere simpatías fuera y cierto consenso dentro (¿estilo Pablo Bustinduy?) para que liderase la transición hacia otra parte, lejos de Iglesias, Errejón, Teresa Rodríguez, Monedero o Garzón.

La izquierda puede refugiarse en pequeños reinos minoritarios o pensar el futuro y construir sin estos líderes una opción que tenga recorrido

Solo una acción de este tipo conseguiría que la travesía del desierto durase menos. Las elecciones del domingo han despejado el camino a Sánchez, que tiene muchas más opciones de gobernar y que está en disposición de ceder muy poco; internacionalmente, no se adivinan a corto plazo tendencias que vayan a favorecer a la izquierda, salvo lo que pueda ocurrir dentro de un tiempo con los partidos anglosajones, y tampoco dentro del partido se adivinan liderazgos que permitan contemplar el futuro con esperanza. En ese contexto, la izquierda puede refugiarse en pequeños reinos desde los que defender opciones minoritarias y escasamente relevantes, cuyo éxito sea convertirse en una nueva versión de Llamazares, o pensar el futuro y construir una opción que dentro de un tiempo pueda tener mayor recorrido.

Un esfuerzo grande

La primera opción es la que está en marcha, porque es la más cómoda y la que permite permanecer a quienes llegaron a la política al calor del 15-M. Y además, la más satisfactoria, porque así no se quedarán con las ganas de demostrar al resto de facciones que la suya era la que tenía más razón. La segunda supondría un esfuerzo bastante mayor, en lo personal, en lo intelectual y en lo estratégico. Hasta ahora la izquierda, y el caso de Podemos es ejemplar, ha estado yendo por detrás de los tiempos. Ha tenido carácter reactivo, y por lo tanto ha llegado tarde; ha ido dando respuestas a los problemas que los cambios en el sistema le planteaban, y cuando encontraba la solución, habían llegado nuevas transformaciones.

Habría que plantearse el futuro en lo comunicativo, porque generar ruido por redes y salir en tertulias no parece un camino particularmente ganador

Una buena muestra ha sido su oferta electoral, que nos vendieron como la ganadora, tanto Errejón como Iglesias o los anticapitalistas: la suma de feminismo, jóvenes, cambio climático y defensa de la educación y sanidad públicas es la respuesta que lleva dando la vieja socialdemocracia europea desde hace bastantes años. Quizá por ello, ni conectó con grandes masas, como era su convicción, ni tampoco dio respuesta a grandes problemas de nuestro tiempo, como los cambios geopolíticos y sus consecuencias internas, incluido el auge de los partidos de extrema derecha, los elementos materiales derivados de los cambios en el capitalismo y la desigualdad a la que nos abocan, la deriva sistémica provocada por las finanzas y la tecnología o el surgimiento de nuevos valores sociales.

Al mismo tiempo, habría que plantearse el futuro también en lo comunicativo, porque generar ruido por redes y salir en tertulias televisivas no parece un camino particularmente ganador. Pero todo eso supondría insistir en lo estratégico, y nadie parece estar demasiado cómodo en ese terreno. A pesar de que la izquierda, si algo tiene ahora, es tiempo.

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