Los mandarines, los tertulianos y la cobardía intelectual

Existen dos esferas públicas, interrelacionadas, una destinada al ámbito realmente decisorio y otra volcada hacia el espectáculo. Y en ambas reina la ausencia de las ideas críticas

Foto: La economista jefa del Fondo Monetario Internacional (FMI), Gita Gopinath. (EFE)
La economista jefa del Fondo Monetario Internacional (FMI), Gita Gopinath. (EFE)
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En las reflexiones, lamentos y celebraciones acerca de la desaparición de la influencia de los intelectuales en los debates sociales, hay un elemento que suele pasarse por alto, y resulta crucial para entender el papel de las ideas y del pensamiento en los sistemas contemporáneos. Circulan en paralelo dos esferas intelectuales, una que tiene gran peso en las políticas que se siguen y otra cuya presencia disminuye; una que circula fuera del debate público y otra destinada a entretener a la gente.

La primera está constituida por economistas, expertos, consultores y analistas, ya provengan de instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, ya estén ligados a los bancos centrales, o a las agencias de calificación, universidades de prestigio o escuelas de negocio mundialmente reconocidas. Esta esfera es muy importante, porque es el brazo intelectual de aquello que determina la vida económica de los países y, con ella, las posibilidades políticas reales: fija los recursos disponibles, los cambios en la regulación, el nivel de desregulación para los actores económicos y qué sectores públicos deben trasladarse a manos privadas. Es parte de un orden con gran capacidad de convicción, porque los gobiernos se esfuerzan permanentemente en cumplir sus indicaciones sobre déficit público, deuda, flexibilización del mercado laboral y tantas otras cosas.

Un patrón ideológico

En este ámbito, las ideas son muy importantes, los intercambios de opiniones tienen lugar desde una acentuada racionalidad y siempre ajustándose a teóricos parámetros científicos. El problema es que todas las ideas que manejan son pequeñas variaciones de lo mismo: la economía política y la política económica que difunden forman parte de un solo esquema económico, y las diferencias son sobre instrumentos que utilizar o simplemente sobre matices. En especial en Europa, todo está cortado por el mismo patrón ideológico en lo que se refiere al pensamiento económico vigente, aunque después los intelectuales que lo difunden puedan tener diferentes visiones sobre el grado de colorido del que la sociedad puede gozar.

Tanto los medios de comunicación de masas como las redes exigen enfrentamiento y espectáculo, y han impregnado de ellos la esfera pública

En paralelo y por debajo de esta esfera, está la del debate público, la ligada a la política, los partidos, las elecciones, las cuestiones morales, los asuntos culturales o la gestión de los recursos estatales. Este ámbito de discusión social ha sufrido mucho en las últimas décadas, ya que la política se ha decantado hacia las estrategias de 'marketing', hacia su conversión en un producto de masas y, cómo no, hacia la espectacularización, con sus mensajes sencillos, prácticamente publicitarios, la iconografía, las ideas sintetizadas al máximo, la difusión de las imágenes adecuadas en redes, los 'bots' y demás. En esa banalización, el intelectual tiene poco espacio, tanto por el formato, que proscribe las explicaciones y los argumentos, como por el cada vez mayor control de los mensajes que los partidos promueven.

Gritos e interrupciones

Esa dinámica, además, se ha torcido mucho, ya que los medios de comunicación de masas contemporáneos (tanto televisiones y diarios como las redes) exigen espectáculo y han impregnado de él la esfera pública. Así aterrizaron la polarización y el enconamiento, en cierta medida por deseo expreso de la comunicación política, y en otro sentido, como esperada inmersión en las prácticas habituales en los programas populares de los medios de masas. Pronto llegaron las conversaciones airadas, los gritos, las interrupciones, las descalificaciones burdas, la ausencia de argumentos, el 'ad hominem', el espectáculo degradado. Lo cual, a su vez, ha impregnado la política cotidiana.

Los intelectuales económicos han constituido un mandarinato anclado en sus certidumbres que actúa continuamente de forma ideológica

Era previsible que todo acabara así, ya que la esfera pública se ha convertido en un ámbito secundario, dirigido a las masas, a la gente vulgar, al pueblo, y ya se sabe que hay que darles los mensajes en el lenguaje que mejor entienden y que más les atrae y que más les interesa; en otras palabras, se comenzó a tratar al ciudadano como si fuera espectador de un ‘reality’. Lo comunicativo se degradó, y en este juego de personalidades más que de ideas, el intelectual tenía poco que hacer, porque se le exigía participar en una competición en la que desconocía cómo operar y para la que tampoco estaba muy dispuesto.

Los mandarines

Entre esas dos esferas seguimos moviéndonos: la de los intelectuales económicos (a los que se vincularon muchos otros de la politología, la sociología o de las relaciones internacionales), que han constituido un mandarinato anclado en sus certidumbres, que sigue actuando de la misma manera ideológica, a pesar de las pruebas en contra que la realidad aporta, y que permanece impermeable a la crítica, y la de las personalidades de la opinión que participan en una esfera política que desciende en su nivel de racionalidad, y que ha sido tomada por las maniobras tácticas, la puesta en escena, las narraciones y la espectacularización.

Ambas esferas, la influyente y la destinada al espectáculo, son caras de la misma moneda y señalan la imposibilidad de ejercer la crítica

En este contexto, surge la nostalgia por otros tiempos, aquellos en los que la palabra de los intelectuales, personas de prestigio en su campo, todavía importaba, en los que sus ideas poseían recorrido social. En realidad, es un deseo de volver a otras épocas, aquellas en las que la influencia estaba en manos de personas reconocidas que nos aseguraban pausadamente que lo que decían los intelectuales económicos era cierto y debíamos respetarlo. Y cuando no se cae en la mirada a los tiempos pasados, se justifica esta degradación argumentando que “dado que la democracia gestiona nuestra inmensa ignorancia y no el pequeño saber de que disponemos, el tertuliano la representa mejor que los intelectuales y expertos”.

Ruina y caos

Pero todo esto parte de un mismo error, el que sitúa ambas esferas por separado, cuando están interrelacionadas: ambas son caras de la misma moneda, una para el ámbito decisorio, otra para las masas. Más bien, el declive de los intelectuales, como el de la política, tiene que ver con ausencia de reflexividad del sistema, con la imposibilidad de ejercer la crítica de manera que produzca efectos; tiene que ver con la exclusión de opciones diferentes bajo el chillido que las señala como enormemente arriesgadas y productoras de ruina y caos. Las ideas distintas, que no encajan con la ortodoxia, aun cuando no supongan un gran cambio, son acogidas como si fueran el preludio del fin de los tiempos. Es lógico. Lo señalaba bien Horkheimer cuando afirmaba que “como todas las ideas y sistemas que al ofrecer definiciones nítidas y tajantes de la verdad y de los principios rectores tienden a dominar durante algún tiempo la escena cultural, no pueden más, como buenos positivistas, que achacar todos los males a las doctrinas que se les oponen”.

Señalar la degradación de la esfera pública a través de la figura de los tertulianos es confundir la causa con la consecuencia

En ese contexto, el enconamiento y la polarización de la esfera pública son también efecto de la impotencia en la que esta vive, ya que ha de sumirse en los pequeños detalles, en las insignificancias, en los asuntos laterales, en las grandes discusiones y en la espectacularización porque no le es dado tratar los grandes temas, que están reservados a la esfera económica. En lugar de reconocer esta impotencia, la ortodoxia, también la de la nostalgia intelectual, trata de señalar esa degradación de la esfera pública, bajo la excusa de los tertulianos, como la gran responsable de los males políticos. Pero no se trata de la causa, sino de su consecuencia.

Lo difícil es que se escuche

Desde otro lado del espectro político, se celebra esta desaparición del intelectual porque, razonando al modo foucaultiano, se trataría de usurpadores de la palabra del pueblo, de gente que se arroga una representación que no le ha sido concedida, y construye una suerte de atalaya desde la que se apagan las voces verdaderas, la de ese común al que no se le deja participar. Esta idea, que supone otro tipo de censura, olvida que lo que está desapareciendo de nuestra sociedad no son los intelectuales, sino la crítica que produce efectos. Cualquiera puede decir lo que sea, lo difícil es que sea escuchado.

Existe una clase de intelectuales, realmente influyente, que Abby Innes ha calificado de un modo punzante como ‘brehzneviana’


El intelectual, por lo tanto, no ha desaparecido, más al contrario. Existe una clase de ellos, que están concentrados en la primera esfera, que son realmente influyentes, y que Abby Innes, profesora de Economía Política en la London School of Economics, ha calificado de un modo punzante como ‘brehzneviana’, comparando nuestra época económica con la del presidente soviético. Por debajo de este ámbito, hay voces críticas que pueden señalar el lugar adecuado, pero que resultan inaudibles. Con nuestra esfera pública ocurre lo mismo que sucedió con la crisis: hubo economistas, pocos, que advirtieron acerca de la inminencia de la recesión, de que los juegos con las 'subprime' y con las apuestas dopadas tendrían consecuencias graves. Lo que ocurre es que nadie en los ámbitos de decisión les hizo caso, en parte por ceguera ideológica, en parte porque mucha gente sacaba provecho de esa situación y mientras la música sonaba todos querían bailar. Ahora ocurre algo todavía peor: después de aquella experiencia, se siguen practicando los mismos juegos en el ámbito financiero.

El monocultivo teórico

La esfera pública ha de moverse entre los mismos males: hay voces críticas, algunas con mucho fundamento, otras con menos, pero que nunca son tenidas en cuenta. Le pasa a nuestra democracia, que podemos elegir a quien queramos, pero los gobernantes se encontrarán después con el telón de fondo de las exigencias del BCE, la UE, el FMI o los inversores internacionales, cuya ortodoxia, productora de ineficiencias, de problemas sociales y de disfunciones económicas, no se altera. De modo que la tarea del intelectual, que también es ejercer la crítica, debe incluir el oponerse a esa ideología perniciosa, criada bajo el monocultivo teórico, la cerrazón a la realidad, las ideas utópicas y el desprecio de lo humano. Sin esto, sin crítica, no hay esfera pública, sino mera exposición de elementos nostálgicos e irracionales. Cuando no simple cobardía.

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