"Señor Casado, señor Abascal, señor Abascal, señor Casado"

Los socialistas están pagando a los populares con la misma moneda y repiten la táctica que Rajoy siguió contra ellos. Pero el resultado es tan fatigoso como inquietante

Foto: Casado y Abascal, en el Congreso, antes de la pandemia. (EFE)
Casado y Abascal, en el Congreso, antes de la pandemia. (EFE)

La intervención en el Congreso de Pedro Sánchez, en su turno de contestación a los grupos parlamentarios, fijó claramente las posiciones que se están manteniendo en el discurso político. Al utilizar varias veces la coletilla "señor Casado, señor Abascal, señor Abascal, señor Casado" e insistir en el "tanto monta, monta tanto", resaltaba de nuevo la convergencia entre la extrema derecha, el gran peligro actual para las democracias occidentales, y el PP, un partido que se ha echado en brazos del odio y del rencor y que ha decidido abrazar posturas radicales. Algo así había señalado antes Adriana Lastra en su intervención, en la que se extendió profusamente sobre este particular.

"Señor Casado, señor Abascal, señor Abascal, señor Casado"

El marco desde el que los socialistas dibujan a los populares nos resulta muy conocido, porque es el que han utilizado desde la foto de Colón, pero también porque es el mismo marco que empleó Rajoy contra el PSOE. Desde 2014, los populares insistieron en equiparar a los socialistas con Podemos: ambos tenían ideas similares y lo que estaba ocurriendo era que el PSOE, para no perder electorado, había acogido como propia la radicalidad de Podemos. Sánchez había acabado siendo tan extremista como Iglesias, ya que le compraba las tesis para conseguir su apoyo, lo que llevaría a España a convertirse en Venezuela o Cuba en cuanto tomaran el poder.

La misma moneda

De modo que el PSOE no hace más que pagar con la misma moneda al PP, jugando el mismo juego que tantas veces sufrió. Igualmente, los populares siguen anclados en el discurso que tantas veces han utilizado, desde el Gobierno y desde que son oposición: estamos ante fuerzas totalitarias que triunfan gracias a la traición, la ambición y la mentira continua de sus dirigentes.

El reparto de funciones consiste en que Iglesias haga de Guerra y Sánchez de González, un perfil más combativo y otro más moderado

Todo esto puede analizarse desde varios puntos de vista. Desde lo táctico, ambas partes tienen razón. PSOE y Podemos son distinguibles, pero más por las formas que por el contenido, y más ahora que gobiernan juntos; el reparto de funciones consiste en que Iglesias haga de Guerra y Sánchez de González, un perfil más combativo y otro más moderado. Es probable que las diferencias se acentúen en el futuro, pero de momento forman parte de lo mismo.

Los bloques

En el otro lado del espectro político, ocurre igual: la diferencia entre el PP y Vox no son tanto sus propuestas, que no son muy diferentes, como el tono y el volumen. Unos son más intensos, otros menos, aunque haya algunos cuadros del PP que sean poco distinguibles de los de Vox.

Si los comicios tuvieran lugar en pocos días, el gran damnificado por la izquierda sería Podemos; por la derecha, saldría perdiendo Vox

Esta distribución política en bloques revela un problema de posicionamiento en ambos lados, ya que tales ententes naturales provocarán que, en futuras elecciones, uno de los partidos absorba los votos del mismo estrato. Si los comicios tuvieran lugar en pocos días, el gran damnificado por la izquierda sería Podemos y probablemente ocurriría lo mismo con Vox, que perdería votos en favor del PP. Pero como las elecciones no parece que se vayan a producir pronto y estamos en una era de cambios rápidos y ciclos cortos, hacer pronósticos es un tanto absurdo. No lo es tener en cuenta el marco general: cuando dos partidos son parecidos y se mueven en el mismo espectro político, uno se queda con el espacio del otro.

Lo sorprendente

El segundo aspecto, el más importante, es lo sorprendente que resulta que, después de haber sido golpeados por la pandemia, los bloques sigan anclados en el mismo punto y en los mismos discursos que han mantenido desde la foto de Colón. La excepción es Ciudadanos, un partido moribundo que ha decidido dar un giro hacia posturas más templadas y que ha optado por llegar a acuerdos en asuntos concretos con el PSOE, en un intento de recuperar una posición propia que no sea claramente identificable con ninguno de ambos bloques.

Hay que insistir en este aspecto, porque suena muy extraño que, con los graves problemas que hemos afrontado, y con los que nos esperan a la vuelta de la esquina, que no van a ser menores en términos económicos (y eso si lo sanitario se resuelve más o menos pronto), ambos bloques sigan anclados en lo mismo: golpes bajos, descalificaciones y enfrentamientos. Tampoco la animadversión de las élites españolas hacia Sánchez es demasiado comprensible: lo lógico sería que, por sentido común y responsabilidad de Estado, se pospusieran las críticas y los ataques públicos al Gobierno hasta que esto haya remitido, ya que existe la posibilidad de solventar las diferencias por vía interna. Parece que unos piensan que si se saca a Sánchez de la Moncloa (o a Iglesias, en su defecto), se acaban los problemas para España, y otros que si el PP apoyase, nuestras dificultades se desvanecerían. El pensamiento mágico suele aparecer en momentos difíciles y así ocurre ahora.

La pandemia, en lugar de cambiar las formas de pensar, ha intensificado las existentes: si antes había gente enfadada, ahora lo están mucho más

Todo esto nos conduce a situaciones sociales muy perniciosas, un aspecto que no hace falta resaltar más, porque todos somos conscientes. Sin embargo, estamos inmersos en ese extraño efecto colateral del coronavirus, que en lugar de cambiar las perspectivas, ha intensificado las existentes: si antes había gente enfadada, ahora lo están mucho más. Eso sí, son el mismo número, lo que no modifica la relación de fuerzas, pero aleja cada vez más a los ciudadanos de la política, cansados de tanta pelea y tan poca sustancia.

A mí, desde luego, me agota; estoy fatigado de que hablen siempre de lo malos que son los otros en lugar de hablar de España y de los españoles, de cómo solucionar los problemas y qué elementos poner en juego para hacerlo. Pero también me incomoda, porque percibo demasiados intentos de sacar provecho particular de una situación crítica.

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