En defensa de los Manolitos

Los cruasanes, congelados o no, son contingentes. Lo necesario es volver a indignarnos en vacaciones de cosas que nos den bastante igual al despertarnos de la siesta

Foto: Manolitos.
Manolitos.

El lunes hubo un rato, a eso de las seis de la tarde, en el que al despertarse de la siesta, la España en funciones parecía de vuelta a la normalidad. El país se había puesto por fin a discutir acaloradamente por algo totalmente intrascendente y alejado de la política. El 'trending topic' eran los Manolitos, esos famosos cruasancitos madrileños que a veces están recubiertos de chocolate negro y siempre destilan toneladas de mantequilla.

Y como toda polémica que merece realmente la pena, tampoco estaba muy claro cuáles eran los bandos. Unos discutían porque les parecía una auténtica vergüenza que los Manolitos dijeran en la publicidad que su receta es artesana cuando, en realidad, tal y como revelaba el reportaje de 'eldiario.es' que desató el escándalo, se fabrican por miles en una nave industrial. Para otros, los indignados con los indignados, la verdadera sorpresa era que hubiese gente tan ingenua como para haberse creído que unos dulces que se venden por toneladas al día fueran realmente artesanos.

Además, estaban los contrarios a quienes defendían estos pastelitos originarios de una pequeña pastelería de Colmenar Viejo, pero también a quienes los atacaban. Lo que les parecía intolerable era que la noticia alcanzase escala nacional. ¡Mira que decir que estos son los cruasanes más famosos de España! A quién se le ocurre, cuando, en realidad, los Manolitos se conocen en Madrid y poco más... ¡'Stop' centralismo!

Las mejores discusiones veraniegas son aquellas en las que ni siquiera nos ponemos de acuerdo en qué es lo verdaderamente indignante que hay en ellas y aun así no podemos resistir la tentación de llevarnos la contraria. Por eso no faltaban quienes, para colmo de males, denunciaban que los cruasanes de la discordia no solo estaban hechos de grasas saturadas de origen industrial, sino que, uy-uy-uy, los congela una multinacional catalana, la misma que distribuye al Starbucks. Pero mis opinadores favoritos eran estos otros: los que se espantaban con que tanta gente repitiera que los Manolitos son madrileños cuando todo el mundo sabe que son originarios de La Roda. No hay polémica nacional que se precie sin unos cuantos polemistas cuya vehemencia es proporcional a su despiste.

Hay que agradecerle al escándalo de los Manolitos haber llegado a tiempo. A punto de acabar julio apenas estábamos teniendo serpientes de verano

Hay que agradecerle al escándalo de los Manolitos haber llegado justo a tiempo. A punto de acabar el mes de julio apenas estábamos teniendo serpientes de verano, esas noticias insustanciales que no llevan a ningún sitio pero que entretienen los telediarios estivales y las conversaciones del chiringuito. Habíamos tenido demasiado presente la dichosa investidura fallida para poder perder el tiempo de verdad hablando de las cosas que realmente merece la pena discutir con la familia en vacaciones.

Ni siquiera los pelos del sobaco de Leticia Dolera han podido cumplir esa función a gusto, porque en el debate recurrente de la depilación femenina se interpuso la axila de Irene Montero, que a punto estuvo de ser vicepresidenta la semana pasada. Y como vivimos en un país que últimamente politiza hasta los sobacos, tenemos que estar especialmente agradecidos a los Manolitos por traer de vuelta la paz a las sobremesas familiares.

Los cruasanes, congelados o no, son contingentes. Lo necesario es volver a indignarnos en vacaciones de cosas que nos den bastante igual al despertarnos de la siesta. El verano también consiste en dar un rato la espalda a las preocupaciones de verdad. Qué ganas tenía este país de discutir más por cosas que le importaran menos. Como cuando la política era aburrida.

Segundo Párrafo
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