Por fin un debate lleno de políticas

Fueron más convincentes, menos artificiales y mucho más amenas que ellos. Los votantes se pudieron enterar de que en este país hay problemas con las pensiones, la vivienda y el paro

Foto: Las dirigentes de los principales partidos con representación parlamentaria, (i-d) Irene Montero (Unidas Podemos), Ana Pastor (PP), Inés Arrimadas (Ciudadanos), María Jesús Montero (PSOE), y Rocío Monasterio (Vox), antes del inicio del debate a cinc
Las dirigentes de los principales partidos con representación parlamentaria, (i-d) Irene Montero (Unidas Podemos), Ana Pastor (PP), Inés Arrimadas (Ciudadanos), María Jesús Montero (PSOE), y Rocío Monasterio (Vox), antes del inicio del debate a cinc

Las cinco candidatas que anduvieron discutiendo anoche en el último debate electoral antes del 10-N protagonizaron un encuentro a años luz del triste espectáculo que a principio de semana habían dado los cinco líderes encorbatados que encabezan las listas de sus partidos.

Fueron más convincentes, menos artificiales y mucho más amenas que ellos. Resulta que en dos horas de debate, los votantes se pudieron enterar de que en este país hay problemas con las pensiones, la vivienda y el paro y hasta descubrir que cada partido tiene propuestas diferentes para solucionarlos. A lo mejor hasta los debates electorales están para esto, para que los ciudadanos puedan elegir la opción que más les convenza, en vez de para hundirlos en un bucle melancólico de culpas, clichés y reproches como hicieron el lunes los candidatos a la presidencia del Gobierno.

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Esta vez fueron las propuestas políticas, en vez del bloqueo, las que protagonizaron un debate lleno de rifirrafes cruzados. El PP, Cs y Vox fueron los que entraron más al cuerpo a cuerpo para marcar sus diferencias entre sí, mientras que las representantes de PSOE y Podemos rebajaron algo la tensión para lanzar señales de entendimiento de sus partidos. Será porque mientras los votantes de la derecha están indecisos, los de la izquierda andan desmotivados con tanto desencuentro.

Esta era su última oportunidad para transmitir la sensación de que los partidos sí que van a ser capaces de entenderse. Aunque más que un cambio de tono en la izquierda seguramente se deba a algo tan sencillo como la buena relación personal entre las dos Montero, Irene y María Jesús. Nada que ver con la de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Ellas se llevan bien y se notó.

En vez de la agresividad de Cayetana Álvarez de Toledo del primer debate, el PP utilizó otro arma mucho más poderosa para frenar la posible fuga de votos a Vox. La imbatible parsimonia de Ana Pastor. Solo alguien tan formal, aburrido y educado como ella podía presumir constantemente ante las demás de su amplia experiencia como ministra y de estar de vuelta de todo, tras 30 años en la función pública, sin que sonara a ‘mansplaining’. Otra ventaja para el PP de llevar al debate a la número dos es que ella transmite una imagen de partido de Gobierno sin necesidad de dejarse barba.

A la ex presidenta del Congreso, que iba a ganarse el centro y lo consiguió, le salía el mismo tono de madre superiora al plantarle cara a Rocío Monasterio (“Usted representa lo que representa y yo a un partido con experiencia que ha hecho política a favor de la igualdad entre hombres y mujeres”, le dijo a la debutante); que replicando a Irene Montero (“Dentro de la ley”, “dentro de la ley”, le repetía la popular como un mantra mientras la de Podemos reivindicaba “diálogo” en Cataluña). No le bastó a la ex ministra de Rajoy discutir también con Inés Arrimadas (“si no han gestionado nunca nada”, le espetó) y con la ministra Montero (que gobierna con “la moción de censura apoyada con lo mejor de cada casa”).

Ya puestos a meterse con todas, aprovechó para rebatir incluso a su compañera de partido Álvarez de Toledo. La rectificó rotunda Pastor asegurando que "cuando no hay consentimiento, hay agresión y violación" y añadió que habrá que reformar el Código Penal para corregirlo. Lo contrario de lo defendido por la portavoz del PP de Casado en el debate del viernes.

Discutieron sobre medidas concretas y aportaron datos. Se agradecían las ideas de las políticas, pero también la espontaneidad con la que las defendían

Rocío Monasterio, en la extrema derecha del plató, fue rebatida e ignorada a partes iguales por las otras cuatro. Se quedó sola pidiendo la privatización de las pensiones y la supresión de competencias autonómicas. ("Hay 17 mercaditos distintos", dijo Monasterio; "Ustedes quieren matar moscas a cañonazos”, le respondió Pastor ‘on fire’: “Hay que tener un poquito de idea de gestión"). Invocó Venezuela varias veces la de Vox para mostrar los males del intervencionismo y propuso como solución al acceso a la vivienda que se liberalice totalmente el suelo. No logró crear polémica cuando reclamó “cadena perpetua para los violadores”, pero sí una respuesta de la candidata de Unidas Podemos que sonaba a desquite por el silencio mal calculado de Pablo Iglesias el lunes: “El machismo no se combate con cadena perpetua ni reventando los minutos de silencio cuando una mujer muere asesinada. Son ustedes unos desalmados", reprochó Irene Montero.

La otra Montero, la ministra de Hacienda en funciones, tendió un puente a la maltrecha relación con Unidas Podemos con el PSOE al tiempo que dejó claro que la pretensión de Pedro Sánchez es gobernar en solitario. Da gusto ver políticos capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo. Montero escogió bien las batallas y se centró en los cara a cara con Ana Pastor para realzar en el imaginario el duelo del viejo bipartidismo (ese sí que está maltrecho) y marcar la diferencia entre las candidatas que tenían experiencia directa en la gestión de gobierno y las que no.

Inés Arrimadas, por su parte, no destacó lo suficiente como para lograr el milagro que su partido necesita, pero llegó a tiempo de recordar antes de que acabe la campaña electoral algo que Rivera ha sido incapaz de lograr de forma convincente: que Ciudadanos, además de mano dura en Cataluña, tiene otras propuestas. Pidió equiparar los permisos de maternidad y paternidad, además de “cerrar chiringuitos y abrir guarderías”.

Pidió también impulsar las energías renovables, una prueba de Selectividad única y cargó contra la corrupción de PP y PSOE, recordándole repetidas veces a María Jesús Montero por el escándalo del pago de prostitutas con dinero público de la Junta. Lo que no aclaró Arrimadas es si está o no a favor de ilegalizar los partidos separatistas, como acaba de votar Cs con PP, a propuesta de Vox, en la Comunidad de Madrid. Prefirió esquivar la pregunta y centrarse en reivindicar que todos los partidos necesiten un 3% de votos para lograr representación en el Congreso, que suena más liberal que andar ilegalizando partidos constitucionales.

Durante dos horas se habló de empleo, pensiones, de cambio climático, de fomento de la natalidad y hasta de bajar los impuestos a tampax y compresas. Discutieron sobre medidas concretas y aportaron datos. Se agradecían las ideas de las políticas, pero también la espontaneidad con la que las defendían. No fue solo mérito suyo, también del formato. El diálogo fluía mejor porque los partidos no tuvieron para ellas el miedo a aceptar las preguntas que sí vetaron a sus candidatos-burbuja. No sabemos si este debate electoral habrá devuelto un poco de esperanza en la política, pero al menos ha servido para devolver la fe en los debates.

Segundo Párrafo
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