La falacia de la tostada de aguacate
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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La falacia de la tostada de aguacate

La pandemia afecta desproporcionadamente a los sectores que más empleo crean entre los jóvenes, no estaría mal que los planes de rescate de recuperación los tengan más en cuenta

placeholder Foto: Dos chicas comen en una terraza de un bar. (Pixabay)
Dos chicas comen en una terraza de un bar. (Pixabay)

De los veinteañeros últimamente solo se habla para echarles la bronca por salir de fiesta sin mascarilla y algún rapapolvo se han llevado por ello en las ruedas de prensa sobre el covid-19. Sin embargo, tal vez convendría recordarlos también como una de las víctimas más vulnerables de esta crisis. Son los mayores de 70 los que más se juegan la vida con el virus, de eso no hay duda ya. Pero entre quienes más van a sufrir las consecuencias económicas de la crisis provocada por el covid-19 está la generación que vivirá su segunda gran recesión antes de los 30.

Unos 300.000 jóvenes españoles, según datos de Funcas, han terminado este año su formación y esperan acceder al mercado laboral. Esperan, como quien espera a que se abra una puerta multidemensional, al futuro y en su lugar lo que aparece es un agujero negro, muy negro. Muchos no temen perder el empleo porque nunca han tenido uno, era justo ahora cuando esperaban encontrarlo. Tampoco la millonaria prórroga de los ERTE les sirve de consuelo a quienes no han conseguido que este verano les den una oportunidad de empezar a trabajar. Los planes de recuperación impulsados por el Gobierno para “no dejar a nadie atrás” tienen entre sus grandes olvidados a los jóvenes.

Muchos no temen perder el empleo porque nunca han tenido uno, era justo ahora cuando esperaban encontrarlo

No solo el Gobierno los olvida. “Bastante lío tenemos ya como para formar al becario por Zoom”, me han comentado en varias empresas, de la consultoría al industrial, al preguntarles si tenían para este verano algún plan para incorporar recién graduados. No solo se han parado muchos de los programas de formación y primer empleo que les iban a dar su primera oportunidad, también los jóvenes sufren en mayor medida el hundimiento de los empleos del sector servicios, una salida principal para los jóvenes buscándose la vida, especialmente con baja cualificación.

En las primeras semanas del estado de alarma los menores de 30 fueron los que más puestos de trabajo perdieron, y tras la desescalada son también los que más están tardando en remontar. Entre mayo y junio, los solo han recuperado 57.000 de los 330.000 empleos que se destruyeron entre el 12 de marzo y el 30 de abril, según datos del Ministerio de Inclusión. Es decir, en la desescalada los menores de 30 solo han recuperado el 17% del empleo anterior a la declaración del estado de alarma, frente al 73% de los afiliados a la Seguridad Social mayores de 50. Claro, que solo han podido perder el empleo los que tenían uno. La tasa de paro de los menores de 25 años era del 33% en el primer trimestre, antes del parón de la economía, el doble que la media nacional (solo por detrás de Grecia). Y podría volver a superar el 50% en esta crisis, como pasó en la de 2009.

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Esos datos retratan la especial vulnerabilidad de los jóvenes en esta crisis económica. Los menores de 30 años han heredado la precariedad y el desempleo estructural que ya vivió la generación anterior. Y a eso le tienen que sumar una parálisis global que cierra las fronteras. Si en la anterior recesión huir de España en busca de oportunidades fue una salida elegida por muchos, en la nueva economía de la pandemia el extranjero ya no es una opción.

Otro síntoma preocupante que se ceba especialmente en los jóvenes es el estancamiento de los sueldos. Desde la anterior crisis, entre 2010 y 2018, el salario medio solo cayó para los menores de 24. Para los trabajadores entre 25 y 34 el sueldo se mantuvo prácticamente estable. Y para los mayores de 35 aumentó de media un 8,5%, según datos del INE. Aquellos menores de 25 son los que ahora rondan la treintena. Y justo cuando esperaban dar el salto salarial llega la siguiente recesión.

Ante la tentación de pensar que lo que les está pasando a los jóvenes no es nuevo, que siempre ha habido crisis y que afectan a todos, lo mejor es ir a los datos. Todos los comienzos son duros, pero unas décadas más que otras. El estudio sobre las Tendencias laborales intergeneracionales en España en las últimas décadas, publicado en mayo y elaborado por Sergio Puente y Ana Regil, muestra que esta vez puede ser diferente. Al comparar la situación de tres generaciones cuando tenían la misma edad llegan a las siguientes conclusiones:

  • Los trabajadores nacidos en 1967: con estudios bajos recibían, en promedio, un salario mensual de unos mil euros cuando tenían 20 años, cifra que al cumplir los 40 se había duplicado. Los universitarios nacidos en ese mismo año ganaban algo más de 2.500 euros a los 30 años y con 40, es decir, en torno a 1987, ganaban el equivalente a 4.000.
  • Los trabajadores nacidos en 1977: diez años después, los que alcanzaron la treintena antes de la crisis de 2008, tenían un salario similar a la anterior (los de baja cualificación incluso mayor). Sin embargo, la crisis paró las subidas salariales. Y cuando los nacidos en el 77 cumplieron los 40 cobraban menos que los de la generación anterior, que habían consolidado las subidas salariales en la década expansiva.
  • Los trabajadores nacidos en 1987: con 20 años y baja cualificación cobraban algo más de mil euros y al cumplir los 30 unos 1.500 (algo menos que los nacidos en 1967 cuando tenían su edad). Aunque los jóvenes de baja cualificación son ahora los más vulnerables al desempleo, los que tienen estudios superiores sufren más el estancamiento salarial, que queda por debajo de la media de las generaciones predecesoras tanto con 25 como con 30. La recesión anterior les lastró al inicio de su carrera y la del coronavirus amenaza con dejarlos lejos de lo que sus predecesores obtenían al llegar a los 40.

El problema no es solo español, aunque aquí esté agravado por el mayor azote de la crisis económica y la precariedad endémica del mercado laboral

Según Puente y Regil, antes del comienzo de la crisis de 2008, los salarios medios mensuales a tiempo completo eran muy estables entre generaciones, a edad similar. Pero aquella recesión afectó a los salarios de manera desigual. Y la más significativa fue la disminución de salarios de los jóvenes más cualificados. Es más, desde que empezó el siglo el coste de un treintañero cualificado no ha dejado de reducirse. Esto puede agravarse con la segunda gran recesión en una década para los menores de 40 años, pero muy especialmente para los que aún no han cumplido los 30.

El problema no es solo español, aunque aquí esté agravado por el mayor azote de la crisis económica y la precariedad endémica del mercado laboral. Tanto en el resto de Europa como en Estados Unidos se vuelve a hablar de la generación perdida a la que la crisis de el covid-19. La dificultad del acceso a la vivienda, les retrasa aún más las expectativas de formar una familia a los que encima barrutan más palos en la rueda en la década en la que deberían ascender a la cima de su carrera. En otros países como Estados Unidos, además, se les suma el problema añadido de la devolución de los préstamos estudiantiles de los graduados que llegan endeudados a la búsqueda de un empleo que no aparece. Según el Centro de Investigación de Políticas Económicas, el desempleo al inicio de la vida laboral puede lastrar de por vida la perspectiva laboral de una generación y tener un impacto a largo plazo en los salarios.

El problema de esta generación es compartido en occidente, pero no todos los gobiernos lo afrontan igual. En algunos países, como Reino Unido, cómo evitar convertir a los más jóvenes en una generación lastrada por el desempleo en tiempos del covid-19 ha entrado de lleno en el debate de las medidas para la recuperación. El Gobierno acaba de aprobar el 'A Plan for Jobs'. Destina 2.000 millones de libras para ayudar a las empresas a dar su primer empleo a 300.000 jóvenes entre 16 y 24 años. El Estado asume el coste del salario mínimo durante 25 horas a la semana por seis meses y los empleadores pueden completar el salario. No sabemos si esta política funcionará, pero al menos existe. En Reino Unido es uno de los ejes centrales del plan económico para impulsar la economía tras el bloqueo.

Foto: Oficina de empleo en Madrid. (EFE)

En España todavía no hay nada parecido y ni siquiera está el debate. Los jóvenes aparecen en los discursos oficiales para echarles la bronca por salir de fiesta sin cuidado y de vez en cuando se los menciona también en planes sin concretar cargados de buenas intenciones. Sabemos que el ministerio de Trabajo trabajará con el Injuve para coordinar nuevos planes de empleo juvenil que aún no se han concretado. Poco más. En el centro de los desafíos de lo que el gobierno ha llamado reconstrucción hasta ahora ha estado el salario mínimo vital, la prolongación de los ERTE y la regulación del teletrabajo, que son sin duda importantes. Pero olvidarse del impulso del empleo juvenil en las prioridades legislativas en el corto plazo, puede lastrar el futuro de esta generación y, con ella, el del país entero. Ahora que va quedando claro que la pandemia afecta desproporcionadamente a los sectores que más empleo crean entre los jóvenes, no estaría mal que los planes de rescate de recuperación los tengan más en cuenta.

Tanto a los llamados 'millenials' (nacidos de 1981 a 1995) como la generación Z (entre 1995 y 2000), se los ha retratado a menudo como jóvenes mimados más preocupados por hacese selfies que por madurar. Cuando el empresario multimilonario Tom Gurner dijo en 2017 que cuando él era joven ahorraba para comprarse una casa en vez de gastar su dinero en sofisticados 'brunch' con tostadas de aguacate y cafés a 4 dólares cada uno, la tostada de aguacate se acuñó como un equívoco símbolo 'millenial' cada vez está más alejado de la realidad. Es un retrato obviamente caricaturesco pero, además, profundamente injusto. La juventud a la que le va a tocar abrirse camino ante dos recesiones consecutivas merece más atención en las políticas públicas. Pero también otro reconocimiento en el imaginario colectivo que retratarlos con la falacia de la tostada de aguacate.

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