Vox y las brujas
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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Vox y las brujas

Cuanto más rancio suene —y tildar de bruja, precisamente de bruja, a una diputada debería puntuar muy alto en el 'ranking' de lo rancio—, más útil resulta un insulto

Foto: El diputado de Vox José María Sánchez García. (EFE)
El diputado de Vox José María Sánchez García. (EFE)

Sus señorías se han insultado en el Congreso llamándose ‘caraduras’ y ‘cretinos’. Entre los epítetos que se han dedicado en la sede de la soberanía nacional, donde la palabra es la protagonista, no han faltado en estos años clásicos como ‘imbécil’, ‘mamarracho’ y ‘canalla’. También algún ‘cabestro’. Insultarse en el Congreso no es nuevo.

Hace casi 20 años que Labordeta mandó a la mierda a los parlamentarios del PP que le increpaban. No mucho después, Chacón tuvo que sujetar en los pasillos del Congreso a un Rafa Hernando desatado que se abalanzaba sobre Rubalcaba al grito de “eso no me lo dices a la cara”. A Aznar lo llamaron “marrano” y a Duran i Lleida, “gilipollas”. Eso también se lo dedicó Albert Rivera a Pablo Iglesias, a quien de paso tildó de “capullo”. Y a Rufián le cayó un “imbécil” que parecía estar buscando con ahínco tras guiñarle el ojo a una diputada popular para mofarse de ella.

Un diputado de Vox se niega a dejar el Congreso tras llamar ''bruja'' a una diputada del PSOE

Antes de que Vox entrara en el Congreso, ya era recurrente que sus señorías se cruzasen acusaciones de fascistas y golpistas de una bancada a otra. Así que ver a un diputado de Vox gritarle "¡bruja!" a una diputada socialista puede resultar bochornoso, pero no sorprendente, sobre todo sabiendo dónde está el nivel. Sobre todo viniendo de donde viene. No es la primera vez que el diputado José María Sánchez falta al respeto a otra diputada en el hemiciclo. Cuando se trata de insultar a mujeres, se ve que el de Vox no discrimina si son de izquierdas o de derechas. Hace unos meses, fue a Ana Vázquez, del PP, a la que llamó “chillona gallega”. Tampoco entonces consiguió que nos aprendiéramos su nombre.

Los insultos pueden ser tremendamente útiles. Cuanto más rancio suene —y tildar de bruja, precisamente de bruja, a una diputada que está hablando en la tribuna de los derechos de las mujeres debería puntuar muy alto en el 'ranking' de lo rancio—, más útil resulta. Chillona tampoco está mal. Deberían quedar recogidos en negrita en el diario de sesiones porque este tipo de comentarios definen con exquisita precisión a la persona que los dice. Un votante tiene derecho a saber cómo de maleducados son sus representantes, incluso los que no conseguimos recordar sus nombres.

Foto: El diputado de Vox José María Sánchez García (i) es expulsado del hemiciclo. (EFE)

Hay otra cosa mucho más preocupante que constatar lo habituales que son las faltas de respeto entre parlamentarios. Y no me refiero a su sintaxis. Más inquietante resulta que se quiera normalizar la desobediencia a las instituciones que representan. Esa sí que es una línea roja: incumplir con desparpajo el reglamento de la Cámara Baja. El diputado de Vox, tras montar el numerito de llamar ‘bruja’ a la socialista Laura Berja, se negó a abandonar el pleno. La expulsión es lo que procede a la tercera vez que un diputado es llamado al orden por la tercera autoridad del Estado. Y el de Vox, que es juez en excedencia, no solo se negó durante más de 10 minutos a acatar el reglamento, sino que fue premiado por su grupo. Espinosa, Smith y Olona le hicieron sitio en la primera fila para exhibir su desobediencia unos minutos más, y de paso a ver si así nos aprendíamos su nombre. Ni con esas.

Ni siquiera Rufián, que sabe mucho de atacar instituciones del Estado, se negó a obedecer a la presidenta de la Cámara, que entonces era Ana Pastor, cuando le expulsó por haber insultado a Borrell llamándole “indigno”, “hooligan” y “militante de la extrema derecha”. Ese día, hasta hubo que pedir el VAR para ver si, como creyó ver el exministro de Exteriores, uno de ERC le había escupido al pasar junto a su bancada. Así que episodios lamentables, desgraciadamente, llevamos acumulados unos cuantos en las últimas legislaturas. Sin embargo, desobedecer tan abiertamente el reglamento del Congreso es otro nivel.

Foto: Una ujier del Congreso insiste a Macarena Olona que debe salir de la sala tras expulsarla Batet. (Congreso de los Diputados)

Seguramente lo que estaba buscando el partido con este numerito es llamar la atención. Pero hay otras cosas de Vox que pueden llamar mucho más la atención que unos insultos viejunos. Por ejemplo, que apele tan a menudo al imperio de la ley, pero luego desobedezca las normas de la Cámara; o que el líder del partido que tanto ataca la equidistancia no quiera, en medio de una pandemia, mostrarse ni a favor ni en contra de las vacunas. Abascal no quiere que sus votantes sepan si se ha vacunado o no, no sea que pierda algún votante sin inmunizar. Habrá entonces que preguntarle por Galileo cuando se lance a por el electorado terraplanista.

Cuesta destacar una sola incoherencia, porque se van acumulando. Estamos hablando de un partido que amenaza con denunciar a todo el que lo acuse de incitar a la violencia y luego su líder afirma que al ‘president’ de la Generalitat habría que “abofetearlo”. Así se lo dijo a Jiménez Losantos hace unos días, en la entrevista en que además de negarse a defender las vacunas, Abascal acusó al presidente Sánchez de no haber entendido “su mandato constitucional” por no levantarse a darse de tortas con el líder independentista cuando tras él retiraron la bandera de España. ¿Qué Constitución habrá leído Abascal para creer que la obligación de un presidente del Gobierno es “abofetear a Aragonès en público y en directo”? Apelar a la exaltación de la violencia para enfrentarse al adversario político tiene un nombre. No hay que ser muy bruja para encontrarlo.

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