El poder de Facebook es peligroso. Más peligrosa aún es su debilidad
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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El poder de Facebook es peligroso. Más peligrosa aún es su debilidad

Bastó que Facebook cayera seis horas para entender, si es que había quien no había querido entenderlo ya, hasta qué punto el mundo depende de este gigante de los datos

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El fallo masivo de Facebook que el lunes dejó el mundo durante horas sin WhatsApp ni Instagram era la ocasión perfecta para releer ‘The Private Eye’. Este cómic de ciencia ficción retrata un mundo en el que toda la nube se ha hecho pública. Imaginar que cada mensaje enviado, cada foto y cada audio, de pronto pasara a estar a la vista de todo el mundo, da escalofríos. Sobre todo, mientras en el mundo real andamos desconcertados por un colapso global de la mayor red social del mundo.

Bastó que Facebook cayera seis horas para entender, si es que había quien no había querido entenderlo ya, hasta qué punto el mundo depende de este gigante de los datos. Facebook tiene más de 3.500 millones de usuarios y WhatsApp se utiliza para enviar cien mil millones de mensajes diarios. El drama no era quedarse una tarde sin los memes familiares, si es que esto fuera un drama. Se paralizaron millones de negocios y servicios. En algunos países, Facebook es directamente sinónimo de internet. Lo mismo actúa de banco, de tienda o de mando del termostato que de escuela.

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Pero lo más inquietante del apagón del lunes, más que constatar el poder de la plataforma de Mark Zuckreberg, fue que descubrirle otra debilidad más. Ahora sabemos que una empresa de la que depende buena parte de la economía digital puede desaparecer por un simple error técnico durante seis horas sin muchas explicaciones y sin que las autoridades puedan hacer nada para explicarlo ni exigir reparaciones para los usuarios.

Además, la vulnerabilidad que Facebook está dejando al descubierto no solo tiene que ver con lo tecnológico. La plataforma tiene cada vez más problemas legales y de reputación, pero también de negocio. Así lo atestiguan los miles de documentos filtrados por la ingeniera Frances Haugen, ex empleada de Facebook, que revelan cómo en la compañía dueña de Instagram sabían que esta app causa serios problemas en la salud mental de cientos de millones de adolescentes y aun así antepone su beneficio a la seguridad de los usuarios. El algoritmo no es inocente: “Las métricas toman las decisiones”, explicó Haugen al Senado estadounidense un día después del apagón, en un testimonio de varias horas que sirvió para alertar otros peligros de la red social.

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Estas revelaciones pueden no ser especialmente sorprendentes, ni para usuarios ni para los expertos que desde hace años alertan de la dependencia que estas redes generan, pero sí constatan que la compañía es perfectamente consciente del efecto nocivo que generan sus servicios. Tampoco es la primera vez que una filtración retrata al gigante de internet como una empresa sin escrúpulos, ya sucedió con Cambridge Analytica. Sin embargo, esta vez no parece un experimento para ganar poder, sino un desesperado intento de no perderlo.

Que Facebook tenga mucho poder es un problema, pero paradójicamente también lo es que lo esté perdiendo. Lo que está dispuesta a hacer para evitarlo es más peligroso todavía. Sus métodos para evitar la pérdida de influencia son cada vez más dañinos. Como los usuarios de Facebook están envejeciendo (y parte de los jóvenes de Instagram se están pasando a TikTok), la compañía está siendo cada vez más agresiva en sus estrategias de crecimiento. Eso explica que diseñe métodos de captación para llegar a niños de 10 años, a pesar de tener constancia de que puede ser perjudicial para la salud mental de los menores.

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Si a Facebook le fuera bien entre los adolescentes y la gente joven, tan codiciados por los anunciantes, seguramente no necesitaría traspasar estas líneas. Hay más revelaciones que generan inquietud. Según la filtración de los archivos internos revelados por The Wall Street Journal, el algoritmo de Facebook promociona a sabiendas los contenidos que generan más ira, ya que lo “que enfada mucho a la gente” produce más comentarios y likes.

Como siempre que hay un escándalo con Facebook, vuelve la inquietud ante el poder que acumula una sola empresa en internet. El gigante, cuyo mercado ha ido creciendo en parte con la compra de sus competidores (WhatsApp e Instagram lo fueron antes de pertenecerle), incomoda cada vez más a los legisladores. El apagón temporal no ha hecho más que constatarlo. El comisario europeo Thierry Breton tuiteó durante el fallo de Facebook que “los europeos merecen una mejor tecnología digital a través de la regulación”. Al día siguiente, Frances Haugen insistía en que es urgente hacer algo y pedía también más regulación ante el Senado estadounidense. Facebook necesita ser regulado, ¿pero cómo? Una de las sugerencias de Haugen es retrasar la edad de uso legal de los 13 a los 17 años.

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Un portavoz de Facebook negó las acusaciones de Haugen, asegurando que únicamente se trata de una ex empleada que estuvo dos años en la empresa y desconoce los entresijos de la compañía. Sin embargo, incluso desde el gigante tecnológico reconocen la necesidad de una nueva regulación para internet tras 25 años sin actualizarla. Urgente sería también una mayor transparencia de la empresa, para no necesitar filtraciones de ex empleados para entender todos los riesgos a los que nos enfrentamos.

Por eso me acordé de ‘The Private Eye’, la historia que plantea qué puede salir mal. En el cómic han pasado ya muchos años desde que la nube se hizo pública y la gente ha pasado a ser tan celosa de su intimidad que sale a la calle enmascarada y con seudónimos, incapaz de dar la cara ante los demás después de que se conozcan todos sus secretos. Nunca llega a explicarse en la historia qué fue lo que pasó para que todos los datos privados de la gente se hicieran públicos, ¿un 'hackeo' masivo? ¿Un fallo técnico?

El fallo masivo de Facebook que el lunes dejó el mundo durante horas sin WhatsApp ni Instagram era la ocasión perfecta para releer ‘The Private Eye’. Este cómic de ciencia ficción retrata un mundo en el que toda la nube se ha hecho pública. Imaginar que cada mensaje enviado, cada foto y cada audio, de pronto pasara a estar a la vista de todo el mundo, da escalofríos. Sobre todo, mientras en el mundo real andamos desconcertados por un colapso global de la mayor red social del mundo.

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