A perro flaco… revolución a la vista en el transporte internacional
A partir de julio, se acabó el servicio 'express' internacional tal y como lo conocemos hasta ahora con el consiguiente impacto en empresas y operadores logísticos
Varios vehículos en la A6 en Madrid. (Europa Press/Carlos Luján)
No corren buenos tiempos, no, para las empresas de transporte por carretera. A la demanda creciente de sus servicios por parte de particulares y empresas se opone una cuádruple restricción: la ausencia de conductores, elelevado coste de los suministros (caso del combustible), las restricciones medioambientales (el famoso ‘alcance 3’, huella de carbono de proveedores) y los sucesivos conflictos que dificultan entregas y plazos.
Pues bien, este último factor se va a ver aún más agudizado con un cambio normativo que verá la luz el próximo mes de julio y que invalidará la alternativa que, hasta ahora, muchas compañías estaban empleando para poder cumplir con los compromisos adquiridos con sus clientes.
Y bien, ¿de qué se trata?
Hasta ahora, cuando había algún tipo de pedido urgente cuya falta amenazaba con parar una cadena de producción, impedir una operación quirúrgica o, simplemente, no poder lanzar una campaña en tiempo y forma y no se podía cubrir, por imposibilidad temporal, con un camión convencional, se tiraba de furgonetas que no dudaban en cruzar territorios y fronteras a la velocidad del rayo para evitar el ‘desastre’ de la matriz o el contratista. Una, dos, tres o las que hicieran falta.
A los que nos gusta conducir de noche, no nos son ajenas esas caravanas de varias ‘furgos’ en procesión que, pese a su condición industrial, no dudaban en saltarse límites de horas o kilómetros con tal de cumplir con su objetivo.
Sin embargo, los días de esta alternativa pueden estar llegando a su fin.
En efecto, a partir de julio de este año, los llamados vehículos comerciales ligerosdestinados al transporte internacional deberán incorporar un tacógrafo de segunda generación (vía GPS) que registrará los periodos y la velocidad de conducción de los mismos de tal manera que se habrán de ajustar en su recorrido a los límites que afectan al camión convencional, arriesgándose a severas sanciones, incluso de cárcel, en caso de que no lo hagan.
Fin, por tanto, al llamado ‘servicio express’. Lo será, pero de otra manera.
Alguno podrá pensar: valiente chorrada, tampoco es tan relevante. Pero la realidad es que sí lo es. Su volumen es mucho mayor de lo que cabría pensar y su ausencia significará un reajuste que obligará a los que pagan por la logística a mejorar planificaciones, aumentar inventarios o a apostar aún más por la proximidad con el fin de evitar sustos que afecten a su normal desenvolvimiento y a los operadores a buscar soluciones que permitan, de alguna manera, predecir urgencias o prevenir carencias.
Es verdad que la medida llega en un momento en el que, al menos por lo que al ‘retail’ se refiere, empieza a haber un relajamiento colectivo acerca de los tiempos de entrega tras la locura de plazos impulsada por Amazon en su deseo de hacerse con el mercado. La mayoría de los pedidos ‘online’ de la gente no son para ya -y admiten, pues, dilaciones- e incluso hay firmas que ya empiezan a cobrar un ‘plus’ por aquello que se sale, por inmediato, de lo razonable.
Otra cosa es el industrial, que es donde está el quid de la cuestión. No va a ser fácil.
Queda, en cualquier caso, demostrado que, hecha la ley, hecha la trampa hasta que alguien se para y dice: ‘vaya, vaya’, que es lo que ha pasado aquí. Sufrirá la disponibilidad, pero se ganará en orden y seguridad, que tampoco está de más. No soy yo muy partidario de normas adicionales que nos dificulten la vida pero esta puede tener su razón de ser.
De cajón, puro sentido común.
No corren buenos tiempos, no, para las empresas de transporte por carretera. A la demanda creciente de sus servicios por parte de particulares y empresas se opone una cuádruple restricción: la ausencia de conductores, elelevado coste de los suministros (caso del combustible), las restricciones medioambientales (el famoso ‘alcance 3’, huella de carbono de proveedores) y los sucesivos conflictos que dificultan entregas y plazos.