¿De dónde ha salido toda esa gente que se ha quedado sin dinero para comer?
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Ángel Villarino (Takoma)

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¿De dónde ha salido toda esa gente que se ha quedado sin dinero para comer?

Un porcentaje mayoritario de los nuevos necesitados son personas que sobrevivían en la economía informal, personas al borde de la exclusión cuya economía no soporta dos meses sin ingresos

placeholder Foto: Banco de Alimentos. (Á. V.)
Banco de Alimentos. (Á. V.)

Si juntásemos a todos los que comen gracias al Banco de Alimentos, tendríamos la segunda ciudad más grande de España. Según los cálculos de la propia organización, alrededor de 1.800.000 personas dependen hoy de la caridad. Eso es más gente de la que vive en Barcelona y más gente de la que votó a Ciudadanos en las últimas elecciones. Eran ya algo más de un millón en marzo y han aumentado un 40% desde que comenzó la pandemia. Es decir: unas 750.000 personas que antes lograban alimentarse por sus propios medios ya no pueden hacerlo.

No es sencillo saber quiénes son los nuevos necesitados ni cómo han acabado así. No existen estadísticas sólidas sobre las que construir hipótesis, a pesar de que la mayoría de quienes reciben estas ayudas están sometidos a un cierto control. En casi todos los comedores sociales, en las parroquias, en los centros de acogida, en las llamadas ‘colas del hambre’... hay fichas con sus nombres, sus direcciones, sus ingresos, sus gastos, su situación personal y sus problemas concretos. Pero nadie se ha ocupado de procesar estos datos, quizá porque en estos sitios hay cosas más urgentes de las que ocuparse.

Foto: Javier y Brenda esperando para recoger sus alimentos en una organización de Tetuán. (Carmen Castellón)

Pero entonces ¿quiénes son? Se hace necesario bajar a la calle para tratar de responder la pregunta. Un buen sitio para empezar es la parroquia de San Ramón Nonato, en Vallecas (Madrid), donde se reparten cientos de menús cada día. Antes de la pandemia, venían 300 personas, en mayo subieron hasta las 1.000, luego volvieron a bajar y se estancaron alrededor de las 500 en verano. Ahora aumentan con voracidad de nuevo. “El hambre está teniendo una segunda ola y por ahora no parece haber llegado al pico. Estamos intentando aplanar esta curva”, me dice Ángel Vera, profesor de Filosofía jubilado y voluntario de Cáritas. Él es la persona que hace las entrevistas, la que rellena las fichas y la que decide quién recibe ayudas y quién no.

placeholder El comedor social de San Ramón Nonato. (A. V.)
El comedor social de San Ramón Nonato. (A. V.)

El párroco, José Manuel Horcajo, abrió el comedor durante la anterior crisis, cuando vio que no conseguía atender la avalancha con la estructura de siempre. Los alimentos se reparten desde entonces en un local situado frente a la iglesia y todo lo gestionan voluntarios, de los cuales al menos la mitad son a su vez receptores de ayudas. “En una situación normal, la mayoría de los que vienen tienen problemas muy serios y es difícil que salgan de esa situación. Muchos son ancianos con una pensión que no les da para vivir. Pero en momentos especiales, como durante la anterior crisis o ahora en pandemia, hay familias que de la noche a la mañana no tienen para comer y necesitan un apoyo para volver a levantarse. Aquí hay mucha inmigración y el 60% son de origen extranjero, aunque tengan nacionalidad española. El restante 40% son familias españolas".

En las fichas que ha rellenado Ángel Vera en los últimos meses asoma un perfil parecido: personas que ya vivían en el alambre, en la economía sumergida o con contratos muy precarios, muchos en fraude de ley. No es que hayan aparecido de golpe, es que ya estaban ahí, esperando que una ventisca desbaratase su fragilidad. Hasta ahora estaban fuera del circuito de la caridad, hasta el punto de que, durante el confinamiento, algunos acudían de lugares como Chinchón o Getafe porque habían visto por televisión que en Vallecas daban comida.

Hay muchas asistentas del hogar que se han quedado sin trabajo de la noche a la mañana

"Luego, dentro de eso, hay varias categorías. Hay muchísimas asistentas del hogar que se han quedado sin trabajo de la noche a la mañana. También hay personas que trabajaban en comercios y hostelería con contratos de media jornada aunque hiciesen jornadas completas. Cuando tienes un contrato así, el ERTE solo te cubre la parte cotizada y ahora no les da para comer. Eso cuando les llega el dinero del ERTE, que a muchos no les llega. Luego hay una tercera categoría, que son las prostitutas, que al parecer no encuentran clientes y lo están pasando también muy mal. También hay algún autónomo, alguien que tenía un taller y no tiene clientes, o gente que pierde su trabajo, que se queda sin nómina de pronto y tiene que venir a pedir. Pero por ahora este es un perfil muy minoritario. Si la cosa empeora, quizás empiecen a venir más”.

placeholder Ángel Vera, en el despacho donde realiza las entrevistas (Á. V.)
Ángel Vera, en el despacho donde realiza las entrevistas (Á. V.)

A los que se acercan por primera vez les dan unos bocadillos donados por la Fundación María de Villota. Hasta ahí, la terapia de choque. A quien sigue acudiendo a por el bocadillo, día tras día, se le hace una ficha más completa y pasa al menú caliente empaquetado, donado por la red del cocinero José Andrés Puerta. Aquellos que consolidan su situación pasan al tercer grupo y reciben un menú cocinado en la parroquia que tienen que recoger en 'tupperware'.

placeholder La parroquia. (Á. V.)
La parroquia. (Á. V.)

El miércoles pasado, tuvieron macarrones con chorizo, ensalada, tortilla, zumo, una pieza de fruta, un trozo de pan y un yogur. A menudo, reciben paquetes de comida que uno no espera encontrarse en un comedor social: cajas de bombones familiares, lácteos de marcas prémium o paquetes de medio kilo de palitos de surimi, como la semana pasada. Desde el Banco de Alimentos explican que se trata de excedentes, de partidas con algún defecto de empaquetado o la fecha de caducidad muy próxima.

“Siempre son alimentos en perfectas condiciones y nunca caducados, pero son casi todo excedentes de la industria alimentaria, de grandes cadenas de distribución, de Mercamadrid, de los menús de los colegios, de empresas que hacen aportaciones”. El párroco Horcajo dice que suceden también "milagros", que llegan cosas de donde menos te esperas. “En pandemia, apareció muchísima comida congelada de los bares que no podían abrir. Y luego cosas increíbles. Por ejemplo, un empresario nos mandó desde Canarias una cantidad ingente de lubinas congeladas. Estuvimos sirviendo pescado varios días”.

A la salida de la iglesia, resuena la idea del principio: ya hay más gente comiendo del Banco de Alimentos que votando a Ciudadanos, el partido llamado a representar las profesiones liberales, a emprendedores y autónomos a los que han ido bien las cosas. Malos tiempos para la ortodoxia.

Si juntásemos a todos los que comen gracias al Banco de Alimentos, tendríamos la segunda ciudad más grande de España. Según los cálculos de la propia organización, alrededor de 1.800.000 personas dependen hoy de la caridad. Eso es más gente de la que vive en Barcelona y más gente de la que votó a Ciudadanos en las últimas elecciones. Eran ya algo más de un millón en marzo y han aumentado un 40% desde que comenzó la pandemia. Es decir: unas 750.000 personas que antes lograban alimentarse por sus propios medios ya no pueden hacerlo.

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