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En la derrota de España contra Marruecos, hay algo que sí ha salido bien
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Ángel Villarino

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En la derrota de España contra Marruecos, hay algo que sí ha salido bien

La identidad puede permanecer latente durante años y detonar ante un test de estrés, como el que supone un partido clave entre la patria de origen y la de adopción. El nuestro no ha salido mal

Foto: Aficionados de la selección marroquí celebran la victoria de octavos frente a España en Torre-Pacheco, Murcia. (Ana Beltrán)
Aficionados de la selección marroquí celebran la victoria de octavos frente a España en Torre-Pacheco, Murcia. (Ana Beltrán)
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Hace ya algunos años, el portavoz de un think tank contra la inmigración me hizo la pregunta a traición, al acabar una entrevista muy tensa en su sede, en Washington.

"Imagina que mañana juega Estados Unidos contra España. ¿Quién prefieres que gane?".

Le respondí que, por supuesto, preferiría que ganase España.

Él se quedó mirándome complacido, como si acabase de confirmar toda la cábala que acababa de exponer, un relato sobre el peligro existencial que acechaba a su país por culpa de los extranjeros de habla hispana.

"Tienes que entender que nosotros no queremos vivir rodeados de vecinos que prefieren que pierda Estados Unidos", sentenció.

Foto: Yusef Kaddur, festejando junto a Mohamed VI la victoria de Marruecos frente a España.

Me ha venido la escena a la cabeza esta semana, escuchando la indignación de muchos españoles al descubrir que los inmigrantes marroquíes celebran la victoria de Marruecos sobre España. Festejando además en nuestras plazas, pitando en nuestras calles, coreando alrededor de nuestras fuentes.

Cualquiera que haya vivido una temporada en el extranjero sabe que la identidad, por definición, es una cuestión de contraste. Uno se siente más español cuando está rodeado de alemanes. Y al revés: cuando todos son españoles, ya nadie es español, y entran en juego las diferencias regionales. Después de unos años rodeado de asiáticos en Extremo Oriente, un ruso acaba resultando tan cercano culturalmente como un hermano... y un uzbeko musulmán, como un primo cercano. Con el tiempo, es frecuente quedarse a medio camino, en tierra de nadie. Alguien nacido en Łódź que pasa muchos años en Reino Unido acaba sintiéndose británico en Varsovia y polaco en Mánchester.

Foto: Foto: Javier García Angosto.

La identidad es un asunto muy complejo que puede llegar a convertirse en una obsesión. Una fuerza salvaje, capaz de construir o destruir una familia, un barrio, una ciudad, una sociedad... Un tema que puede permanecer latente durante años y detonar ante un test de estrés, como el que supone un partido en el Mundial entre la patria de origen y la de adopción. En ese campo de juego, el resultado del España-Marruecos es alentador. Las cosas están, por ahora, mucho mejor de lo que cabría esperar.

Como todas las construcciones emocionales, la identidad está condicionada por la experiencia personal. Es relativamente sencillo sentirse desplazado, juzgado, excluido… y construir a la contra, en rebeldía. Volviendo a los deportes, mi experiencia es que un porcentaje significativo de los extranjeros que viven en un país no solo prefieren que la nación de acogida pierda cuando compite contra la nación de origen. A menudo desean que sus anfitriones pierdan, jueguen contra quien jueguen. Que sean derrotados, en general.

Foto: Andrew Selee. (Jason Koerner/Getty)

En 1924, el Congreso de EEUU debatió la primera ley con la que controlar la inmigración. En aquellos años, el peligro existencial éramos nosotros: los europeos por civilizar, italianos, españoles, polacos o rusos, provenientes del sur y el este del Viejo Continente, que amenazaban la pureza anglosajona y noreuropea. El congresista republicano Ira Hersey utilizó en la tribuna argumentos como los que se escuchan hoy. Eran otros tiempos y no hablaba de deporte. Hablaba de guerra. Se preguntaba si el hijo de un italiano o un ruso estaría dispuesto a arriesgar la vida por Estados Unidos. Algo que tuvo ocasión de comprobar unos años después.

La identidad es explosiva y es tan absurdo negar que pueda moldearse como eludir su fragilidad. En la historia reciente, hay infinidad de casos en un sentido y el otro, aunque las anteojeras ideológicas eviten ver el lado que encaja peor con nuestra manera de entender el mundo. Esta macroencuesta del Pew Research Center, publicada en mayo del año pasado, preguntaba por la identidad nacional a ciudadanos de cuatro de los países con más experiencia migratoria: Alemania, Francia, Reino Unido y Estados Unidos.

Foto: Una protesta contra las medidas por el coronavirus en Múnich. (Reuters/Lukas Barth)

Las conclusiones resultan sorprendentes. A pesar de que los votantes llevan varios años pidiendo un control más exhaustivo frente a la inmigración ilegal en todos esos países, parece que se muestran cada vez más flexibles en sus criterios de acogida y aceptación. Así, la religión y el país de nacimiento han dejado de ser percibidos como cuestiones vitales para definir la identidad nacional. Siguen siéndolo el idioma y “compartir ciertos valores y tradiciones”, aunque en menor grado que hace 10 años. Más de la mitad de la población de estos países ni siquiera lo considera fundamental.

A la hora de interpretar los datos, hay que entender que en lugares como California, los blancos (según la definición imperfecta de las estadísticas raciales americanas) no llegan ya al 40% del total de la población. O que en ciudades como Londres, el 60% de los bebés son engendrados por madres nacidas en el extranjero. En las regiones más dinámicas y en las grandes ciudades españolas, no tardaremos en alcanzar cifras similares. Habrá muchos más España-Marruecos y es importante que sigamos saliendo airosos en este juego de la identidad.

Hace ya algunos años, el portavoz de un think tank contra la inmigración me hizo la pregunta a traición, al acabar una entrevista muy tensa en su sede, en Washington.

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