El catalán y la maldición de Babel

No creo que a la política le corresponda decidir el destino de las lenguas, sino legislar en favor de la libertad y de la igualdad de las personas

Foto: Un manifestante enseña una estelada. (Reuters)
Un manifestante enseña una estelada. (Reuters)

Según las Escrituras, Dios ha encontrado formas muy refinadas de castigar a los humanos por exceso de ambición: la primera fue obligarnos a trabajar (y a sudar). En otra ocasión nos hizo hablar lenguas diferentes por haber puesto en marcha un proyecto inmobiliario sin licencia: la Torre de Babel. Con el tiempo, algunos trataron de llevar la contraria al Antiguo Testamento y cantaron las bondades tanto del trabajo como de la multiplicidad de idiomas. En lo primero tuvieron un éxito modesto; en lo segundo, mucho más contundente.

Desde el Romanticismo, vemos las lenguas como un signo de identidad y como un elemento de riqueza. Los vinculamos a formas concretas de ver el mundo, a expresiones culturales, a idiosincrasias nacionales. Es una visión matizable: la ciencia ha demostrado que hay muchos más elementos comunes entre culturas de los que podría parecer si nos quedáramos en lo superficial. En todo caso, el apego a la propia lengua es algo muy extendido, tal vez porque nos aporta seguridad, certidumbre, la impresión de estar en casa.

Tratar de imponer una lengua sobre otra, como ha ocurrido en Cataluña, es un intento de ingeniería social propio del nacionalismo

Como liberal, no creo que a la política le corresponda decidir el destino de las lenguas, sino legislar en favor de la libertad y de la igualdad de las personas. Tratar de imponer una sobre otra, como ha ocurrido en Cataluña, es un intento de ingeniería social propio del nacionalismo, que no ve en el catalán una herramienta de comunicación sino un instrumento de dominación.

La retórica oficial afirmaba que se trataba de integrar a una población diversa, de distintos orígenes. No creo que nadie pueda tomarse esto seriamente a día de hoy, con una Cataluña partida en dos por obra y gracia de los que tanto hablaban de integración. Ha quedado claro que lo que realmente querían era eliminar el pluralismo, controlar lo que la gente dice y lo que piensa, homogeneizar contra la voluntad de, al menos, la mitad de la población.

Y lo hacían con un cinismo casi entrañable. Cuando se les afea que las familias no puedan elegir el castellano como lengua vehicular para la enseñanza de sus hijos, responden que la inmersión no impide que aprendan la lengua común, ya que lo hacen en casa, en la calle o en la televisión. ¿Por qué fingen no entender el problema? Naturalmente que los niños aprenderán castellano, pero no se trata de eso, sino de que sean competentes en esta lengua, con adecuado dominio y comprensión lectora, algo que será imprescindible para su desarrollo como ciudadanos y como profesionales. Si bastara con lo que se aprende en el patio del colegio, ¿para qué nos hemos tomado todos tantas molestias en aprobar la asignatura de Lengua?

Naturalmente que los niños aprenderán castellano, pero no se trata de eso, sino de que sean competentes en esta lengua

El verdadero valor de una sociedad reside en la convivencia de los diferentes. Esto puede exigir cierto grado de integración si por ello entendemos la aceptación de un marco legal basado en valores democráticos, pero ya hemos visto lo que le importaban al nacionalismo el marco legal y la democracia. Nunca ha habido un deseo de integrar, sino de moldear a la sociedad para que se pareciera al siniestro ideal de 'un solo pueblo'. Se ha querido convertir la bella lengua catalana en el cemento para la transformación del charnego en un hombre nuevo, cuyo ejemplo más acabado sería, ay, Gabriel Rufián. ¿A quién puede extrañar que, visto lo visto, la sociedad civil se esté movilizando ya en Baleares al percibir que la Administración ha emprendido el mismo camino que ya ha andado Cataluña?

De lo que se trata ahora es de establecer un sistema que haga compatible el bilingüismo con la libertad de las familias para elegir la lengua vehicular, un sistema que no trate de imponer una lengua sobre otra y que, respetando el valor que sin duda tiene el catalán, no margine a la lengua común de España, aquella que nos permite superar la maldición de Babel y que todos los ciudadanos tenemos el derecho y el deber de conocer.

* Beatriz Becerra es vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos en el Parlamento Europeo y eurodiputada del Grupo de la Alianza de Liberales y Demócratas por Europa (ALDE).

Tribuna
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