El 'trilema' político español, o cómo el PP puede recuperar la hegemonía política

El error se produce cuando se intenta ubicar a los candidatos en el imaginario eje derecha-izquierda para que el afiliado o compromisario pueda orientarse y decantarse por uno u otro

Foto: Los escaños del Partido Popular aplauden al expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)
Los escaños del Partido Popular aplauden al expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)

Tras la primera ronda de primarias del Partido Popular abundan los esfuerzos en diferenciar los perfiles de los dos candidatos. Lo más común es referirse a su experiencia. Por un lado, Soraya Sáenz de Santamaría, abogada del estado y con cuatro carteras ministeriales y una vicepresidencia en su haber, personifica la solvencia tecnocrática y la estabilidad administrativa como valores de gobierno. Por el otro, Pablo Casado es un profesional de la política y experimentado comunicador que desde su juventud revindica el ideario clásico del PP. Hasta aquí todo bien. El error se produce cuando se intenta ubicar a los candidatos en el imaginario eje derecha-izquierda para que el afiliado o compromisario pueda orientarse y decantarse por uno u otro: ¿Quién es más de derechas? ¿Quién se acerca más al centro? Aplicar esa clásica dicotomía a las primarias del PP (y a la política española en general) es tan habitual como engañoso, al simplificar sobremanera una realidad mucho más compleja.

¿Cuáles son entonces las coordenadas que describen la política española? A nuestro juicio, en lugar de una gradación entre extremos opuestos, el modelo más adecuado es el "trilema", un concepto habitual y socorrido en economía política internacional. La noción es, en el fondo, sencilla y se recurre a un triángulo equilátero para visualizarla: habiendo tres objetivos deseables, cada uno localizados en un vértice, al ubicarse en el contorno triángulo es imposible cumplir con los tres simultáneamente y hay que renunciar a uno de ellos.

Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias. (EFE)
Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias. (EFE)

En la política española, los vértices del triángulo son las tres concepciones de nuestro país: "nación"; "estado" (en el sentido de aparato administrativo); y "sociedad/pueblo". Para aquellos que conciben al país exclusivamente como "estado", su noción de buen gobierno se reduce a la diligencia administrativa o la tecnocracia. Si un partido se centra exclusivamente en la defensa de la nación, su discurso se focalizará en el esencialismo y la identidad nacional. Si la obsesión es la interpretación la voluntad del "pueblo" y su protección incondicional e irreflexiva, estaremos ante el populismo. Pero no todo es vicio, también hay virtud en cada concepción. Saber administrar el estado con eficacia, preservar la nación como principio aglutinador, y atender las demandas sociales son las cualidades de un buen gobernante.

El trilema es útil para diagnosticar el sistema político español. Lo habitual en los partidos es contar con una o máxime dos de las virtudes señaladas. Por ejemplo, al PSOE se le suele reprochar que, si bien sabe controlar los resortes del estado y muestra sensibilidad social, demuestra una aversión a la nación española como valor político. Del PP se espera talento en la administración meticulosa del estado y una defensa celosa de la nación, pero se le acusa de falta de empatía social que en buena parte explica sus problemas de comunicación. Por su parte, Podemos se enroca puramente en lo social abrazando el populismo más ramplón. Finalmente, Ciudadanos aún no parece haber encontrado su sitio: por su evidente falta de experiencia de gobierno no acaba de ser creíble como administrador y tampoco convence como héroe social. Sí, en cambio, puntúa alto en su defensa de la nación frente al secesionismo nacionalista catalán.

Pero la mayor virtud del trilema es que ayuda a identificar las estrategias de los partidos para el éxito electoral. Históricamente, la fórmula para ganar elecciones con rotundidad ha sido la de dominar dos vértices e intentar bascular hacia el tercero. Esa fue la fórmula de las victorias del PP en el 2000 con José María Aznar y en el 2011 con Mariano Rajoy, en ambos casos partiendo del lateral estado-nación. También fue el caso de las victorias del PSOE con Felipe González conseguidas desde el lateral estado-pueblo y basculando hacia vértice de la nación.

¿Cuál es entonces nuestra recomendación para el PP de cara a su congreso extraordinario? (1) En primer lugar, recuperar el equilibrio entre sus dos personalidades dominantes, la tecnocrática y la patriótica, y así dominar el lateral estado-nación. Es, al final y al cabo, el trampolín desde el cual siempre ha ganado las elecciones. (2) En segundo lugar, el PP debería desarrollar la capacidad para bascular tácticamente al tercer vértice. El nuevo líder del PP, si quiere optar a volver a ser un partido hegemónico capaz de lograr mayorías absolutas, deberá plantearse abrir espacios para una política con una genuina vocación social. Ello requeriría traducir la buena gestión macroeconómica y administrativa en un relato genuino de bienestar social sostenible y coherente con la flexibilidad económica liberal. En suma, equivaldría a resolver el trilema haciendo posible esas mayorías sólidas que permiten dejar un legado perdurable en la historia de un país.

Esa estrategia no está carente de riesgos: no son desconocidas las críticas de votantes conservadores que acusan a sus partidos tradicionales de haberse convertido en "socialdemócratas". Pero más grave es el error estratégico de abandonar un vértice al rival. Así ha sido con el nuevo equipo de gobierno de Pedro Sánchez, que parece cuidadosamente diseñado para que el PSOE pueda maniobrar desde cada vértice. Es una declaración de intenciones: los socialistas aspiran a ocupar el espacio político de Podemos y Ciudadanos. De conseguirlo, un PSOE hegemónico desde la centroizquierda se enfrentaría cómodamente a un espacio de centroderecha fragmentando entre el PP y Ciudadanos en un sistema electoral que precisamente penaliza la fragmentación. Por tanto, para el PP ya no está en juego solo la disyuntiva entre bipartidismo y multipartidismo, sino también la posibilidad de un escenario monopartidista liderado desde la izquierda. El ejemplo andaluz, donde durante más de 30 años el PSOE ha mantenido la hegemonía autonómica al moverse con habilidad entre los tres vértices, demuestra que la amenaza es real.

En resumen, la política española no puede reducirse al eje clásico izquierda-derecha, sino que debe entenderse conforme a las coordenadas de las tres nociones de país: estado, nación y sociedad. En nuestro anterior artículo de la semana pasada sugeríamos que el PP contase con un think-tank y construyera una épica nacional con dimensión internacional. Aquí instamos a que su próximo presidente reagrupe las dos personalidades del partido y ponga en marcha una estrategia audaz para resolver el trilema y abrir las puertas de la reconquista de la hegemonía política.

*Toni Timoner es economista de riesgo global en una institución financiera y máster por la SAIS-Johns Hopkins en Washington, DC.

*Luis Quiroga es director de un fondo de inversión y máster por la Universidad de Georgetown en Washington, DC. Ambos son residentes en Londres y militantes del Partido Popular. El contenido de este artículo refleja opiniones exclusivamente personales de los autores.

Tribuna

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