Es noticia
Propaganda en catalán
  1. España
  2. Tribuna
Jaime Malet

Tribuna

Por

Propaganda en catalán

Las comunidades catalanoparlante y mixta reciben en catalán, a todas horas, información deformada perfectamente orquestada para crear diferentes variantes de unas pocas ideas

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Cataluña se divide en tres comunidades. La primera es escrupulosamente catalanoparlante, es decir, escucha, lee y visiona exclusivamente en catalán. La segunda es castellanoparlante: escucha, lee y visiona solo en castellano. Y hay una tercera comunidad, mixta, a la que pertenecemos los que nos nutrimos de información en ambas lenguas. La primera es hegemónica en la Cataluña profunda, la segunda, en el cinturón industrial de Barcelona, y la tercera, en Barcelona.

Las comunidades catalanoparlante y mixta reciben en catalán, a todas horas, información deformada perfectamente orquestada para crear diferentes variantes de unas pocas ideas, a la manera de Goebbels: “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto, sin fisuras ni dudas”. Tras muchos años de bombardeo informativo, la gran mayoría de los catalanoparlantes puros son fervientes independentistas y en el grupo mixto abundan los equidistantes (es decir, no están a favor de la independencia pero le ven sus razones).

Tras años de bombardeo informativo, la mayoría de los catalanoparlantes puros son independentistas y en el grupo mixto abundan los equidistantes

La mayoría de estos medios en catalán fomentan desde hace décadas la supremacía de la cultura catalana y el desprecio hacia España. Gracias a la tutela política (Programa 2000, diseñado en 1990 por Pujol), se han destinado abultados presupuestos que han formado excelentes profesionales, expertos en la creación de marcos mentales y la manipulación, y cuyo objetivo es radicalizar a personas sensatas adentrándose en sus emociones más profundas. En los últimos cinco años, estos marcos mentales se pueden dividir en dos grupos: el de las razones para separarse y el de las consecuencias de la secesión.

Dentro del grupo de las razones se vende que Cataluña tiene derechos históricos que provienen del comienzo de los tiempos y de 1714, cuando Barcelona era un villorrio de 35.000 habitantes y sus líderes —entre ellos, Rafael Casanova, antepasado del que escribe estas líneas— decidieron encerrar a los barceloneses en las murallas y continuar por su cuenta la ya acabada Guerra de Sucesión. Esta mitología historicista procedente de la tradición nacionalista romántica de finales del siglo XIX (especialmente de Prat de la Riba) se ha inflamado durante los últimos tiempos bajo el paraguas del presupuesto público, hasta el punto de hacer emerger supuestos derechos inalienables. No importa que Cataluña haya pertenecido siempre a España, que 1714 se adelantase décadas a la creación del Estado moderno, que haya 47 diputados catalanes o que la Generalitat maneje más de 35.000 millones. Sencillamente, para muchos catalanes, España es un Estado invasor.

Foto: El portavoz de ERC, Gabriel Rufián. (EFE) Opinión

Esta misma propaganda se extiende a señalar repetidamente que los catalanes somos diferentes al resto de los españoles. La diferencia y rivalidad, que puede tener sus raíces —como en todos los países donde hay dos ciudades poderosas—, difícilmente se aguanta hoy en una comunidad diversa donde los primeros 24 apellidos más comunes son de matriz castellana (García, Martínez…) y el primer apellido catalán (Vilá) es el 25º. Los medios también han deformado de tal manera la realidad que muchos creen a pies juntillas que Cataluña es un oasis de virtuosismo (sic) en una España corrupta y antidemocrática.

Otras de las razones que avalan la separación es el 'España nos roba', el poderoso marco diseñado con la crisis financiera. Dejando de un lado los dislates numéricos repetidos hasta el infinito por algunos líderes políticos, según los cuales una Cataluña independiente tendría el PIB per cápita más alto del mundo, nadie explica a qué se dedicaría ese exceso, en una comunidad que sin haber dado premios Nobel ni grandes patentes, tiene, como el resto de España, una calidad de vida envidiable con educación y sanidad gratuitas, seguridad y, como especialidad, los servidores públicos mejor pagados del sur de Europa.

Foto: (EC)

Muchos catalanes reconocen sin rubor que se han hecho independentistas por la falta de inversión del Estado en infraestructuras, victimismo que no se aguanta en una comunidad con un estupendo aeropuerto, dos excelentes puertos, una red vial envidiable, impresionante infraestructura social y cuatro capitales de provincia unidas por la alta velocidad. Pero, claro, dentro de este marco están las Cercanías, una de las pocas infraestructuras que todavía están bajo la gestión del Estado y que, sí, funcionan mal… como en el resto de países avanzados.

La poderosa propaganda ha hecho independentistas a muchos pasajeros maltratados por los trenes de corta distancia. Cada retraso se ha reflejado en las redes. Sin embargo, ver al presidente de la Generalitat inaugurar la línea 9 del metro de Barcelona —que ha costado de momento casi 10.000 millones (3.000 millones más que el AVE La Meca-Medina) y encima está infrautilizada— quejándose de la falta de infraestructuras… sin que nadie se queje de su queja, solo puede entenderse por esta falta de contraste.

La otra categoría de argumentos está en las consecuencias. Durante cuatro años, se vendió que el proceso de independencia era imparable por la debilidad del Estado, no supondría el traslado de empresas, no dividiría a la sociedad y sería acogido con alegría por la comunidad internacional. Resulta que el Estado no ha sido tan débil; que han cambiado de domicilio social nada menos que 4.700 empresas (hecho sin precedentes en la historia); que la sociedad está peligrosamente dividida, y que ningún país apoyó a la 'non nata' república saltándose el principio de integridad territorial consagrado en prácticamente todas las constituciones del mundo desde la Paz de Westfalia.

La lista es interminable y se renueva a velocidad de vértigo con nuevos silogismos que aferran a la población a sus íntimas creencias

Pese a ello, el aparato mediático vende fácilmente inverosímiles matices a estas realidades que se materializaron tan inequívocamente hace un año: al Estado todavía se le puede 'atacar' desde la calle y la opinión pública internacional; las empresas se trasladaron por presiones (¿un 'call center' en Moncloa?) y volverán pronto; los países pronto se darán cuenta de lo mala que es España, etcétera. En cuanto a la división de la sociedad, esta proviene de los enemigos de los catalanes, entre los cuales se encuentra un reducido grupo que, pese a que representamos más del 50% de la población, supone para la mayoría de catalanes catalanoparlantes tan solo una minoría molesta y traidora.

La lista es interminable y se renueva a velocidad de vértigo con nuevos silogismos que aferran a la población a sus íntimas creencias (el 'derecho a votar', los lazos amarillos, la lucha contra la Corona o la judicatura, las grandes movilizaciones de consignas únicas al estilo Venezuela…).

Con el dinero de todos los catalanes (cientos de millones) y mucha inteligencia y coordinación política en la televisión pública, radios, periódicos y redes sociales, bajo el control de gente con excelencia profesional, un grupo de comentaristas, articulistas y blogueros se dedica en cuerpo y alma, todos los días, a difundir estas realidades paralelas y a desacreditar agresivamente a los disidentes. Aquellos que se alimentan exclusivamente de estos medios en catalán carecen de todo contraste informativo. Por su parte, una gran parte de la comunidad mixta está parcialmente intoxicada, y duda, y como 'buenos catalanes' consiente, ofrece soluciones imposibles o calla.

Aquellos que se alimentan solo de estos medios en catalán carecen de todo contraste informativo

La propaganda es tan buena que han acabado creyéndosela hasta sus propios autores, algunos de los cuales han pagado, triste e inesperadamente, su irreductible fe con su propia libertad.

Como decía el Gran Manipulador: “La propaganda opera a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y perjuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que arraiguen en actitudes primitivas. Para ello hay que mentir y mentir, cuanto más grande sea la mentira más gente se la creerá”.

Haber utilizado políticamente el idioma catalán para esta monumental campaña hacia lo imposible es otra insensatez, y no la menor, de estos malos catalanes.

*Jaime Malet, presidente de Telam y de AmchamSpain.

Cataluña Nacionalismo