El 'procés': cuatro enredos y un funeral

El 'procés 'ha conmocionado el mapa político catalán de tal modo que ha desfigurado los partidos, descabezado a sus líderes y ha dividido y desesperanzado a la sociedad

Foto: Un hombre coloca un lazo amarillo durante la manifestación independentista convocada con motivo de la Diada. (EFE)
Un hombre coloca un lazo amarillo durante la manifestación independentista convocada con motivo de la Diada. (EFE)

I. Del origen

La pertenencia de Cataluña a España es una pacífica constante histórica apenas interrumpida por breves periodos soberanistas sin entidad suficiente para ser recordados. Sin embargo, es conocida la tendencia de las personas a sobrevalorar la excepción sobre el progreso gradual. Tenemos una actitud innata para destacar lo dramático frente a lo cotidiano, los actos de rebeldía frente la evolución del orden natural de las cosas.

El origen histórico de la reivindicación independentista se reduce a episodios que no alcanzaron el umbral mínimo que exige la memoria escrita. Los lapsos de tiempo que Cataluña no ha respondido ante España se han producido aprovechando debilidades del Estado, y con el apoyo de fuerzas extranjeras en contextos de disputas entre diferentes países. Desde Els Usatges de Ramón Berenguer hasta la DUI del 27 de octubre de 2017 se recuerdan los acontecimientos de la Guerra dels Segadors, la Diada Nacional de Cataluña, la guerra de la Independencia y las intentonas durante la II República.

El nacionalismo ha pretendido rescribir la historia para revestir estos hechos de un valor simbólico en los que fundar la mitología emocional catalana

Estos esporádicos y efímeros lances -apenas 30 años de escaramuzas independentistas en más de un milenio de vida en común- de secesión en Cataluña han resultado adversos para la integridad de ese territorio y solo han procurado dolor a sus moradores. Empero, el nacionalismo siempre ha pretendido rescribir la historia para revestir estos hechos de un valor simbólico (Señera, Himno, Fiesta Nacionales) en los que fundar la mitología emocional catalana sobre la que en buena medida se sostiene el 'procés'.​

II. De los Estados…

Los llamados Estados-Nación europeos apenas se ha alterado desde la Paz de Westfalia (1648), a excepción hecha de las guerras mundiales, la caída de la URSS y la contienda de la antigua Yugoeslavia. La cruenta historia de estas modificaciones de fronteras y soberanías explica la secular refractariedad de la comunidad internacional, y particularmente la europea, al reconocimiento de las declaraciones de independencias unilaterales. Máxime cuando conlleva la pretensión de redibujar el mapa de Europa. Ni el caso de Eslovenia, y mucho menos el de Kosovo, pueden tomarse de ejemplo para invocar la independencia en países con democracias avanzadas y consolidadas como la española. No solo por la abismal diferencia en cuanto al origen de la legitimidad histórica en cada caso para efectuar tal reivindicación, sino por las dramáticas y caóticas consecuencias de los conflictos bélicos inherentes a las mismas.

Por otro lado, detengámonos apenas un momento a comentar la pretensión independentista de que se reconozca el derecho de autodeterminación para Cataluña. Más allá de ser un derecho internacional previsto para los pueblos coloniales, es un mantra que repiten los separatistas basado en tres falsedades. No es un derecho de los territorios sino de las personas del pueblo de Cataluña: y este no está compuesto solo por los independentistas, y estos, además, hoy por hoy, son minoría. La autodeterminación implica un acto propio, unitario, soberano, y, en este caso, la soberanía nacional reside en el pueblo español, la CE dixit. Y, por último, como se ha visto en el punto I de este artículo, no existen derechos históricos en los que fundar la independencia y, mucho menos, los elementos necesarios para la constitución formal de un pueblo, que es la condición necesaria, aunque no suficiente, para que tenga sentido la autodeterminación del mismo.

III. Del diálogo…

Cataluña ha alcanzado las mayores cotas de autonomía y, con ello, de esplendor económico y social cuando ha sido capaz de establecer acuerdos con España sobre su estatus jurídico y competencial. Un buen antecedente fue la Mancomunidad de Cataluña lograda por La Liga Regionalista a principios del Siglo XX. En la mesa de negociación con el Gobierno del Estado se consiguió que las cuatro diputaciones catalanas se constituyesen en Asamblea con un cierto poder legislativo y una autonomía de gestión considerable.

Los estatutos de autonomía de los que ha disfrutado Cataluña son pruebas más recientes del positivo efecto de la negociación y el acuerdo. El Estatuto de Nuria definió un marco competencial de corte casi federal en tiempos de la Republica. El de 1979, el más longevo hasta la fecha (casi treinta años), constituyó el marco legal de la mejor época de Cataluña en todos los órdenes y donde brilló con mayor lucimiento la identidad catalana. La creación del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, el despliegue de los Mossos d'Esquadra, la normalización e inmersión lingüística y la puesta en marcha de la radio y televisión catalana, entre otras instituciones autonómicas, son prueba fáctica de ello.

El Estatuto vigente hoy, el de 2006, el más avanzado en autogobierno de cuantos existen en países de estructura articulada, parece estar condenado a muerte por el independentismo. A pesar del abrupto giro hacia la unilateralidad de la estrategia nacionalista ocurrida desde antes incluso de su aprobación se sigue apelando al milagrero diálogo como el único mecanismo para superar el polisémico “conflicto”.

Es sabido que el diálogo es una gran virtud política cuando tiene un propósito, cuando traza un camino hacia un punto donde concurrir con otros para el bien de todos. Si no es así, se convierte en un estéril espantajo en manos de aquel que lo invoca. Cuando se pretende el acuerdo sobre un objetivo categórico binario: Independencia o nada, la sinceridad del diálogo desaparece, porque la finalidad del mismo está señalada de antemano y es inalterable. Exhortar al diálogo para conseguir la independencia es una imposibilidad metafísica para cualquier institución del Estado, porque ninguna de ellas tienen la potestad de concederla. La soberanía nacional y la integridad territorial como conceptos constituyentes e indisponibles de España se contraponen con más referencias históricas, más fuerza política y mejor derecho que la descabellada y retrograda pretensión secesionista.

IV. De la sentencia…

La sociedad catalana ha manifestado su voluntad de pertenencia a España en el apoyo expresado al llamado bloque constitucional: Constitución y Estatuto del 79. El referéndum de la Constitución obtuvo 2.586.070 votos y el Estatuto de Autonomía 2.327.038 votos, resultados nunca alcanzados por ninguna otra llamada a las urnas en Cataluña, incluidas consultas ilegales y las últimas elecciones de diciembre del año pasado. El estatuto de 2006 obtuvo un 20% menos de apoyo que el Estatuto del 79 y un 28% menos que la Constitución.

Ni el recurso al TC del Estatuto de autonomía de 2006 ni la sentencia que recayó sobre mismo fueron los detonantes del secesionismo ni en el 2006 ni en 2010. Esta deriva comienza en 2003 con la revisión nacionalista del PSC para atraer a ERC al gobierno tripartito. La impaciencia de Maragall por llegar al poder desplazó todas las fuerzas políticas catalanas hacia la radicalización independentista. En 2006, con el recurso de inconstitucionalidad presentado, los nacionalistas obtuvieron en las elecciones autonómicas el peor resultado de todas las que vendrían después: 952.111 votos.

La impaciencia de Pasqual Maragall por llegar al poder desplazó todas las fuerzas políticas catalanas hacia la radicalización independentista

Hay que recordar, por otro lado, que para que el Estatuto fuera aprobado en Cataluña, lo que ocurrió sin el apoyo de ERC, hicieron falta altas dosis de talante democrático, inteligencia política y no poca cintura económica (déficit fiscal incluido) del gobierno de España para convencer a CiU para sacarlo adelante. Estas reticencias del nacionalismo al Estatuto provienen de considerar el acuerdo constitucional (Titulo VIII) como un punto de partida en lugar de llegada, como ha recordado recientemente alguno de los llamados padres de la Constitución, con una deslealtad con los consensos básicos del inicio de la Transición.

No era el contenido del Estatuto, sino el propio marco del estatutario, lo que refutaba el neo nacionalismo montaraz: Dr. Jekyll (Pujol) había mutado en Mr. Jay (Mas). En contra de todo lo que se ha dicho sobre la sentencia, el TC hizo una lectura constitucional muy generosa del Estatuto, limitándose a recordar la literalidad de la letra del título preliminar de la CE y aclarar a los estatuyentes conceptos tan básicos como que solo hay una nación en el sentido jurídico-constitucional; que el autogobierno de Cataluña no proviene derechos históricos sino de la Constitución del 78; que el Estado prevalece respecto a la Generalitat; que la enseñanza se debe impartir en las dos lenguas cooficiales y no únicamente en catalán; y que el único órgano de gobierno del Poder Judicial es el Consejo General. Este recordatorio que hace la Sentencia constituye, a la vista de la teoría política y constitucional, el equipamiento institucional mínimo para definir un territorio y una nación como un Estado.

Y de los partidos…

Los partidos que fueron mayoritarios en Cataluña desde la restauración democrática hasta 2003, hoy han desaparecido o se han transformado hasta hacerse irreconocibles incluso para sus propios militantes. Lo ocurrido con los líderes ha corrido la misma suerte, la mayoría ha dejado la política activa, y una parte destacada de los que quedan andan enredados en gravísimos procesos penales, que se empiezan a sustanciar estos días. En consecuencia, el balance del 'procés' para la política representativa en Cataluña ha sido catastrófico, y ha sido aún más incierto para la sociedad civil, que asiste perpleja a las constantes agresiones a la convivencia y con el temor latente a que cualquiera de ellas cristalice en un estallido irreversible.

Los partidos que fueron mayoritarios en Cataluña desde la restauración democrática hasta 2003, hoy han desaparecido o se han vuelto irreconocibles

a. Los partidos referenciales del catalanismo nacionalista han tenido que enmascarase en plataformas político-sociales: los Junts, para mantener el respaldo electoral. Aun así, el agregado de esos partidos (la CUP incluida) sumaron en las últimas elecciones autonómicas 2.079.295 de votos de 5.597.901 electores, tras más de una década de la épica victimista del ”España nos roba” y el falaz “derecho a decidir”. Resulta temerario que se haya puesto en marcha la “hoja de ruta” del 'procés' con apenas un 47,3% de los votantes, un 37,1% del censo y un 27,6 % de los catalanes.

CiU se ha embarcado en una huida hacia un soberanismo excluyente de más de la mitad de los catalanes y de la legalidad en términos absolutos. Este rumbo, unido al 3%, las deudas y el desafecto político, le ha llevado a su desaparición y a reencarnarse después en formulaciones politicas más extravagantes (PDeCAT, la Crida Nacional). En paralelo, ERC ha ido recogiendo el fruto de su política “entrista” del nacionalismo burgués haciendo bascular su centro de gravedad político de la izquierda al republicanismo: del Tripartito al JuntxSi. La aportación de la CUP al 'procés' puede resumirse a agitar la calle (CDR) y a parar en seco la carrera política del gran tartufo del independentismo. No se puede acabar este relato de despropósitos nacionalistas sin mencionar la fugaz osadía del expresidente del Barça Joan Laporta con SI en 2010.

b. A los partidos con terminales en España no les ha ido mejor, a excepción de Cs. Hay que diferenciar entre las formaciones de izquierdas y de derechas en cuanto a su apuesta ideológica y su compresión del fenómeno soberanista. Las primeras, con una posición tan matizada como confusa y, las segundas, tan sencilla como imperturbable.

El Partido Socialista Catalán, desde que decidiera impulsar un nuevo estatuto de autonomía en el Parlament en 2004 hasta ahora ha perdido más de la mitad de su electorado. La política condescendiente con el nacionalismo fue vaciando electoralmente al PSC hasta llegar a mínimos históricos en las elecciones de 2015. Paradójicamente, y con el mismo candidato, consiguió remontar más de 80.000 votos (> 3%) en 2017, tras el entusiasta apoyo de los socialistas en Cataluña y en España a la aplicación del art 155.

Las formaciones electorales provenientes del ámbito comunista (ICV-EUiA, CSQP, CatComu-Podem) han apenas sobrevivido diletantes entre el artificio del derecho a decidir y el descredito de las instituciones democráticas, entre ellas la Jefatura del Estado.

Por su parte, el Partido Popular Catalán ha ido en caída libre hasta rozar el extraparlamentarismo (4,24%). Su trayectoria electoral tiene mucho que ver con el desgaste del gobierno de España (tancredismo, corrupción) y con la aparición de Ciudadanos. La evolución de Cs se contrapone especularmente a la del PPC. En apenas un trienio, con un discurso directo sobre la unidad de España y beligerante con el gobierno de Generalitad, ha crecido y consolidado su importancia electoral hasta convertirse en la primera fuerza política en Cataluña por número de votos y diputados.

Se podría concluir sin exceso que el 'procés 'ha conmocionado el mapa político catalán de tal modo que ha desfigurado los partidos, descabezado a sus líderes y ha dividido y desesperanzado a la sociedad.

*Pedro Pablo Mansilla, médico.

Tribuna
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