(Re) construir un proyecto compartido

Todavía hoy hay alternativa a la democracia liberal y todavía hoy hay alternativa a la globalización. El autoritarismo y el repliegue nacional son una amenaza global

Foto: Sesión de control del Congreso de los Diputados. (EFE)
Sesión de control del Congreso de los Diputados. (EFE)

El pacto constitucional de 1978 fue posible, entre otras cosas, porque había que elegir entre dos alternativas claras: o dictadura o democracia. Y fue posible, entre otras cosas, porque cada una de esas alternativas representaban escenarios claramente distintos: o repliegue nacional o integración europea. Más de 40 años después, la disyuntiva sigue siendo la misma: todavía hoy hay alternativa a la democracia liberal y todavía hoy hay alternativa a la globalización. El autoritarismo y el repliegue nacional son una amenaza global que tiene su traducción en la mayoría de los países del mundo. También en España. Algo de lo que no deberíamos dejar de hablar en unas semanas que van a ser cruciales para el futuro del país y del conjunto de Europa.

Muchos de los grandes avances sociales que se han producido a lo largo de la historia no han sido gracias al impulso de los reformistas, sino como respuesta al éxito de proyectos reaccionarios o como medida de contención al avance de procesos revolucionarios. La democracia española fue posible tras 40 años de dictadura y una guerra civil. El proceso de integración en la Unión Europea fue posible tras dos guerras mundiales y un genocidio. Y la consolidación del sistema de bienestar europeo fue posible gracias a que se convirtió en el mejor dique de contención ante la amenaza que suponía la influencia de Stalin en los partidos comunistas del continente. Aquellos sistemas que han garantizado la paz social se han construido tras grandes catástrofes, y cuando la amenaza o la alternativa han sido evidentes. ¿Lo son ahora?

Conviene recordarlo, porque la democracia es una excepción en la historia de España y su perpetuidad no está garantizada. La democracia, de hecho, es una excepción en la historia del mundo. Como lo ha sido el proceso de integración entre Estados que ha representado la Unión Europea. O como lo es, no solo en la historia sino en el mundo, el sistema de bienestar europeo. Nada es para siempre. No descubrimos nada nuevo si advertimos que el orden liberal, el sistema en el que más democracia, libertad, derechos, riqueza y bienestar ha habido en la historia, está amenazado y que tiene a sus enemigos dentro: la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, el triunfo del Brexit, la victoria de Bolsonaro en Brasil, la influencia de los populistas en Italia, el ascenso de la extrema derecha en Alemania o la irrupción de Vox en España son solo algunos síntomas. Conviene entender que contribuir a la destrucción del orden liberal dependerá también de muchas de las decisiones que tomemos los ciudadanos en Occidente en los próximos años.

Y tampoco descubrimos nada nuevo si señalamos que la destrucción de nuestro sistema de derechos y libertades cuenta con buenos aliados en regímenes tan dispares como Rusia, Irán, Arabia Saudí o China. Conviene recordarlo también, porque no es que la historia nos muestre que hay sistemas alternativos al nuestro, sino que hoy y en otros lugares del mundo hay quienes quieren imponer un régimen alternativo al que tenemos.

No es que la historia nos muestre que hay sistemas alternativos al nuestro, sino que hay quienes quieren imponer un régimen alternativo

Es habitual en el debate público en España apelar al pacto constitucional para poner en valor la actitud de quienes desde las diferencias ideológicas supieron construir un régimen democrático sin antecedentes en nuestra historia. Se suelen destacar la valentía de Adolfo Suárez, la altura de miras de Santiago Carrillo o la aportación histórica de Josep Tarradellas: cómo un exfalangista, un comunista o un republicano miembro del partido que se rebeló contra el régimen democrático que antecedió a la dictadura franquista tuvieron la capacidad de construir juntos un sistema de derechos y libertades dejando atrás uno de los capítulos más negros de la historia de España.

El éxito de España y de la Unión Europea ha sido precisamente ese: la construcción de un proyecto compartido entre personas de distintas familias ideológicas, con el objetivo de construir un régimen de derechos y libertades y dejar atrás una historia manchada de sangre. De ahí, seguramente, muchas de las renuncias que hicieron quienes protagonizaron ese pacto constitucional: la convivencia en libertad de las sociedades es un bien máximo a preservar. Una máxima que cuando más se visualiza es precisamente cuando ha dejado de ponerse en práctica.

Como señalábamos, hay síntomas de que nuestro modelo global está agotándose y en riesgo. Y hay síntomas de que el pacto constitucional del 78 también. Hoy, el partido de Miquel Roca no apoyaría la Constitución. Incluso ha impulsado un proyecto rupturista frente a ella. El partido de Solé Tura no apoyaría la Constitución. Y el partido de Peces Barba estaría pidiendo incluir varias enmiendas nuevas al articulado. A todo eso se añade que quienes no quisieron participar en el pacto constitucional eran entonces una clara minoría y hoy podrían incluso condicionar la conformación del futuro Gobierno en distintas direcciones.

Una Constitución no es solo la primera de entre las leyes en una democracia liberal, sino que también es el pacto del que se dotan las sociedades para convivir. Hoy, ese pacto ya ha dado muchos síntomas de estar agotándose. Y está claramente amenazado. Y dado que existen alternativas históricas y geográficas al modelo que ha permitido la convivencia de la sociedad española durante décadas, convendría tomarse en serio la necesidad de renovarlo. O asumir los riesgos que plantea cualquiera de las alternativas señaladas. Por mucho que llame la atención, España puede dejar de ser España y la democracia española puede dejar de ser una democracia. Son escenarios que hoy están sobre la mesa y que no conviene ignorar, ni menospreciar. Nada es para siempre.

Curiosamente, muchos de quienes reivindican en abstracto el espíritu de la Transición son quienes menos esfuerzos están haciendo por construir un contexto que facilite ese diálogo y esa máxima de las sociedades democráticas que es la convivencia. ¿Qué dirían hoy algunos partidos de la histórica reunión entre Suárez y Tarradellas? ¿O de la primera imagen entre Suárez y la Pasionaria? ¿O de la legalización del Partido Comunista? ¿O de la reinstauración de la Generalitat previa a la Constitución? ¿Qué dirían hoy algunos partidos de la voluntad de seguir construyendo un espacio compartido al que llamamos nación que permita la convivencia entre ciudadanos con distintas sensibilidades?

La respuesta la hemos tenido, en parte, en los últimos meses: alta traición a España, desprecio de la soberanía nacional, felonía, presidencia ilegítima, incapacidad o deslealtad. Esa ha sido la reacción a hablar con quienes no piensan como uno mismo. El lenguaje no es casual, ni es inocuo. Y se parece demasiado, por cierto, al que contribuyó en su momento a la destrucción de la democracia española a principios de siglo. Conviene recordarlo, porque hoy muchos de quienes se dedican a reivindicar la Constitución del 78 no son los que más se parecen a quienes la promovieron, ni están haciendo muchos esfuerzos por mantener el pacto de convivencia.

Hoy, muchos de quienes se dedican a reivindicar la Constitución del 78 no son los que más se parecen a quienes la promovieron

De hecho, la guerra por la hegemonía de la derecha en España entre PP, Ciudadanos y Vox alimenta un sistema de incentivos muy negativo para que cualquiera de los tres partidos esté en disposición de arriesgar e impulsar la renovación de ese consenso. El primero que arriesgue puede perder. La guerra por la hegemonía en el universo independentista entre el mundo exconvergente y ERC hace también muy difícil poder incorporar a una parte importante del nacionalismo periférico (básico en la construcción de la democracia española y de la Constitución de 1978) a un nuevo proyecto compartido. El primero que arriesgue, pierde. Y, por último, en el centro izquierda, el PSOE hoy claramente —a diferencia de hace tan solo tres años— parece consolidar su posición hegemónica frente a Podemos. Algo que lo sitúa en mejor posición para tomar la iniciativa a la hora de renovar un consenso de estas características.

En este sentido, llama la atención que se haya asumido como verdad en buena parte del debate público que el PSOE es un partido que pone en peligro la Constitución. La consolidación de la democracia en España no se entiende sin el triunfo de Felipe González, sin el desarrollo del Estado de las autonomías, sin la consolidación de nuestro sistema de bienestar, sin la capacidad de pactar a izquierda y derecha, con el nacionalismo periférico y con otros partidos de ámbito estatal, que ha desarrollado el socialismo español en estos últimos 40 años. España es hoy como es, en todas sus dimensiones positivas y negativas, por la importantísima aportación de los socialistas. Y los socialistas han gobernado siempre como consecuencia de la movilización de su electorado.

En los próximos meses, se puede iniciar un ciclo político tanto en España como en Europa donde los enemigos del orden liberal y del sistema de bienestar europeo pueden tener la capacidad de condicionar el desarrollo de los acontecimientos. Hay alternativa a la democracia tal y como la conocemos. Hay alternativa al sistema de bienestar europeo que hemos conocido en el último medio siglo. Por lo que el reto que habrá a partir de verano no será solo tener la capacidad de sumar apoyos para la gobernabilidad, sino sobre todo generar a partir de entonces un contexto que pueda propiciar la reconstrucción de un proyecto compartido a nivel nacional y europeo. O asumir la alternativa.

Para avanzar en la construcción de ese consenso, hará falta la implicación de familias ideológicas muy distintas. Como fue necesaria la implicación de eurocomunistas o demócrata cristianos en el desarrollo de nuestro sistema de bienestar europeo. O como hizo falta que el nacionalismo periférico y la derecha reformista hicieran lo propio, a la par que aislaban a quienes vivían mejor en la nostalgia del pasado. Para ello, será necesario tener muy claro que la alternativa al pacto es el caos. Y para ello, será necesario que los partidos y los medios asuman su responsabilidad histórica y contribuyan a generar un contexto en el que se entienda que es contradictorio reivindicar la Transición, o la reconciliación europea, y no tener la capacidad de dialogar, transaccionar, construir un proyecto colectivo que asegure la convivencia en libertad con quien tiene unos planteamientos políticos distintos.

De lo contrario, la historia y la geografía nos demuestran que nada es para siempre y que hay alternativas.

*Nacho Corredor y Javier Alemán son miembros del colectivo +Democracia.

Tribuna

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