Las verdades de los hechos acompañan a España

Nuestra influencia internacional dependerá de que nos creamos nosotros mismos lo que realmente somos y lo sepamos contar

Foto: Concentración ante la sede de la Delegación del Gobierno en Cataluña, convocada por la plataforma Tsunami Democràtic ante la visita del presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (Reuters)
Concentración ante la sede de la Delegación del Gobierno en Cataluña, convocada por la plataforma Tsunami Democràtic ante la visita del presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (Reuters)

Cuando se libra una batalla política —y la del relato internacional en la crisis catalana es una de primer orden—, resulta crucial identificar con claridad el objetivo que se persigue.

Cuando hace apenas un año comenzamos el trabajo de España Global, nuestro principal cometido —aunque no el único— era contrarrestar el relato del secesionismo en el mundo. Este Gobierno juzgó imprescindible responder a las falsedades y acusaciones que estaban quedando sin respuesta desde mucho tiempo atrás. Para ello, lo primero que establecimos fue el objetivo. He de decirlo con toda claridad: nuestra meta nunca ha sido que la opinión pública mundial aplauda la sentencia del Supremo. Casi por definición, las sentencias judiciales en cualquier país gustan a unos y a otros no. Un Estado de derecho avanzado no se caracteriza por emitir sentencias que complacen a todos, sino por garantizar los derechos y libertades de los acusados, además de ofrecerles posibilidades de recurso.

Tampoco nos propusimos el objetivo de evitar que la secesión ganara apoyos internacionales, aunque esto ocurre de manera natural, entre otras cosas porque la idea de levantar fronteras nuevas entre europeos no resulta muy popular. Más allá de nuestro continente, tampoco encuentra mucho predicamento, salvo entre quienes quieren desestabilizar la Unión Europea y para ello están dispuestos a servirse de cualquier conflicto como caballo de Troya.

Hay que recordar cuál era la estrategia internacional del independentismo después del 1-O. Necesitaban, en primer lugar, parecer algo distinto a lo que son: el clásico nacionalismo egoísta de una región rica, liderada históricamente por un partido podrido de corrupción, y con una elite política que al llegar la crisis económica corrió a ocultar las heridas sociales de los recortes bajo la bandera de la independencia. En segundo lugar, y una vez comprobado que carecían de apoyo social en Cataluña para lograr la independencia, su baza pasaba por convencer al mundo de que España era una democracia fallida. Y no por el placer de hablar mal de nuestro país —aun no siendo este desdeñable— sino porque, una vez persuadido el mundo de nuestra condición de dictadura cruel e inhumana, se produciría una intervención internacional.

Pusieron en marcha toda la retahíla de patrañas conocidas, desde la inmortalidad de Franco hasta los 'presos políticos y exiliados', pasando por erigirse en minoría oprimida y privada del derecho a votar. Hubo momentos en que parecieron creíbles a algunos, pues nuestra imagen internacional vivió horas bajas como consecuencia de todas las imágenes de violencia policial difundidas el 1-O, las verdaderas y las falsas.

Sin embargo, no han conseguido que triunfe su intensa campaña de desinformación. Vamos comprobando que los bulos y las manipulaciones son poderosos pero no omnipotentes: un alivio. Queda así frustrada su intención de forzar esa intervención internacional. No perdamos la calma pensando que cuando tengamos un relato sólido no recibiremos crítica o enmienda alguna en ningún país. Solo faltaría, yo quiero seguir escuchando voces constructivas que nos ayuden a mejorar, porque tenemos reformas pendientes.

Nos queda trabajo por hacer, pero hemos dado a conocer nuestro valioso sistema democrático, a menudo mejor que los de aquellos países modélicos para nosotros hace 40 años. Según el índice V-Dem (Universidad de Goteburgo), superamos a naciones como EEUU, Austria o Japón, en tanto que el índice de libertad de Freedom House nos sitúa por delante de Francia, Reino Unido, EEUU e Italia, entre otros. Lo hemos explicado desde el empirismo más radical: sirviéndonos de datos e indicadores internacionales de organismos independientes. Hay que combatir la superstición política, y el único antídoto lo constituyen las que Hannah Arendt llamaba “las verdades de los hechos”. Cuando se está del lado de la verdad, es más fácil persuadir que cuando se difunden bulos y desinformación.

La alta calidad de nuestra democracia, y su resiliencia ante esta dura prueba, ha quedado demostrada. Hoy se puede decir que la estrategia internacional del secesionismo ha fracasado, más aún ahora que emerge su deriva violenta. Esto no significa que no sigan haciendo daño, por absurdo que parezca dañar deliberadamente al país en que uno vive. Sabemos que la lógica no es su fuerte. Y sabemos que van a seguir, porque la desinformación encuentra hoy en día muchos resquicios por los que colarse, por ejemplo, los foros multilaterales.

Para evitar frustraciones, no perdamos de vista el objetivo: defender nuestra condición de potencia democrática, líder en políticas de igualdad de género, las que más repercuten en la democracia tangible. No se trata de un ejercicio de narcisismo: la forma en que nos narremos como país resulta crucial no solo en la gestión del secesionismo post-sentencia, sino también en nuestra política exterior. En pleno siglo XXI, la diplomacia pública resulta indispensable para cualquier país, y especialmente útil para una gran potencia cultural como España. Nuestra influencia internacional dependerá de que nos creamos nosotros mismos lo que realmente somos y lo sepamos contar. Y no será positivo solo para nosotros: el mundo necesita que un país como el nuestro participe en todas las conversaciones globales que nos apremian.

*Irene Lozano es escritora y secretaria de Estado de la España Global.

Tribuna
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