La deslegitimación de los partidos políticos
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La deslegitimación de los partidos políticos

Los partidos políticos han visto cómo su capital de confianza ciudadana desaparecía gradualmente, hasta derrumbarse

placeholder Foto: Vista del hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)
Vista del hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)

“Los partidos forman parte de un triángulo compuesto por el Estado, la sociedad y el propio partido. Ese triángulo se ha roto hoy día. Los partidos ya no están conectados con la sociedad: solo persiste su vínculo con el Estado”.

(Piero Ignazi, ' Partido y democracia', Alianza Editorial, 2021, p. 413-414)

El próximo otoño se presenta caliente en cuanto a convenciones o congresos de partidos políticos respecta, en particular de los mayoritarios. Los medios de comunicación se harán eco, así, de pretendidos mensajes de una siempre aplazada o trucada renovación. Eso sí, habrá mucho fervor, puesta en escena y un arsenal de recursos comunicativos para quienes quieran comprar ilusiones a precio de saldo.

Tal vez a esos organizadores de tales congresos y convenciones les convendría una sosegada lectura del importante libro de Piero Ignazi, editado recientemente en castellano. En efecto, el citado libro es un excelente y documentado viaje por el origen, asentamiento y crisis de los partidos políticos. Pero lo que ahora interesa son los últimos capítulos de la obra, en los que cierra el círculo del gravísimo momento por el que atraviesan los partidos. Tales organizaciones han visto cómo su capital de confianza ciudadana desaparecía gradualmente, hasta derrumbarse. Como señala el autor: “El bajo nivel de confianza en los políticos y los partidos políticos persiste e incluso aumenta”. Y es en los países mediterráneos, en particular en España, donde su presencia se desmorona. El problema es que ese déficit de confianza se ha ido trasladando también a las instituciones (que los partidos parasitan) y, más grave aún, a la propia democracia (“los propios sistemas democráticos están bajo presión”).

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder de la oposición, Pablo Casado. (EFE)

Los partidos han iniciado, así, una suerte de huida hacia adelante que el profesor Piero Ignazi describe certeramente: “Los partidos han firmado una suerte de pacto fáustico; han entregado su alma a cambio de una vida más larga”. Se ha dado una suerte de efecto mimético entre Estado/partidos que ha implicado dar la espalda a la ciudadanía y optar descaradamente por fagocitar los recursos estatales mediante una suerte de parasitismo institucional de donde extraen recursos ingentes y variados a repartir entre sus clientelas y adláteres.

La tesis encuentra su fondo conceptual en el marco que Max Weber diseñó a la hora de analizar los partidos políticos (como organizaciones de captación de cargos públicos y de presupuesto), luego reforzada por el impecable análisis de Peter Mair (de quien el autor se muestra tributario): los partidos “se convirtieron en organizaciones centradas en el Estado”. De ahí que los partidos se hayan ido convirtiendo —cada vez con mayor intensidad— en “organizaciones autorreferenciales, distantes y protooligárquicas desvinculadas de la sociedad y despegadas de las necesidades de las personas”. Su falsa retórica ciudadana ya no convence a nadie.

Así, no cabe extrañarse de que los incentivos para vincularse con un partido sean precisamente los que siempre se ocultan: hacer carrera política o desempeñar cargos públicos (“cuando hay pocos puestos, las personas se desmovilizan”, lo que explica por qué huyen de los partidos en decadencia los espurios militantes, siempre en busca de mejor refugio). La conclusión no puede ser más descorazonadora: “Hoy día las personas consideran el partido como medio de obtener ganancias personales en un sentido puramente económico”. Esto no era así, como bien indica el autor, en la época dorada de los partidos.

Foto: El presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes, durante la celebración este lunes del acto de apertura del año judicial. (EFE)

La idea romántica de la política y de los políticos se ha visto rota en pedazos, ya que los “partidos se han orientado a la conquista tanto del Estado como de la sociedad con el fin de beneficiarse de los recursos necesarios para hacer que su organización funcione: ofrecen ahora puestos de poder, cargos y recompensas personales de diferentes tipos”. Aun así, el poder de los partidos se tambalea. Pero ellos asisten a su constante declive sin prestar la debida atención a lo que realmente sucede alrededor suyo, pues el poder (o el afán de llegar a él) narcotiza sus síntomas de decadencia: “Los partidos permanecen impasibles en el escenario, aunque nadie les aplauda; al contrario, la gente les silba fuerte; pero ellos siguen representando la obra” (o, mejor dicho, la farsa; como si nada pasara a su alrededor, imperturbables).

Sus recursos para subsistir en ese mar de desconfianza y también de desprecio ciudadano están ya muy claros: “La relevancia de la financiación pública en los presupuestos de los partidos y la extensión de las prácticas de patronazgo y clientelismo otorgadas por medio/por parte del aparato del Estado”. La tesis del autor, que cabe compartir, y más aún preocupa por la desmesurada intensidad que alcanza el problema en España (también en sus comunidades autónomas y gobiernos locales), es la siguiente: “El patronazgo y el clientelismo son otras dos herramientas con las que los partidos controlan su entorno, obtienen recursos y atraen o compensan a los afiliados”.

Foto: El presidente del Gobierno y líder del PSOE, Pedro Sánchez (c), durante la ejecutiva socialista de este lunes, flanqueado por Adriana Lastra y Cristina Narbona. (EFE)

La agonía de los partidos políticos parece, así, evidente. Sus remedios, pobres y timoratos (primarias, consultas, etc.), han sido peores que la enfermedad: se ha producido una “mayor personalización de la política, [que] fomenta un enfoque plebiscitario de la [propia] política”. El enorme riesgo, que los partidos no parecen advertir en su endiablada lógica endogámica, es que su arrastre comporte también el de la propia democracia y de su sistema institucional, al que están adosados como tabla de salvación. La personalización de los liderazgos, cada día mayor, “deprime el tono democrático de los partidos políticos”, y estas organizaciones están inmersas en un laberinto del que no parece sepan salir: “Los partidos tienen hoy en día muy mala reputación”. El alejamiento de la ciudadanía y su anémica (casi inexistente) vida interna les conducen a un callejón sin salida (en el que aparentemente están cómodos, mientras haya prebendas a repartir entre los suyos). Solo la comunicación y la omnipresente presencia en los medios parecen darles vida, ante una ciudadanía que asiste al espectáculo de la política como divertimento u ocio, cuando no con desprecio.

Los partidos, por tanto, ya están “en el centro del sistema político y forman parte del Estado”. Se han ido alejando, hasta olvidarse, de la ciudadanía y de sus necesidades. Su funcionamiento está preñado de intereses espurios de subsistencia económica y vital ('modus vivendi') de quienes apostaron por adherirse a sus estructuras o de quienes se acercan a ellos con la mirada puesta en alcanzar la zona de confort que proporciona vivir de los presupuestos públicos o de sus aledaños económico-sociales durante el resto de sus días. El autor no trata este problema, a mi juicio determinante en el deterioro de su imagen: la tremenda mediocridad que presentan buena parte de quienes se incorporan hoy día a hacer política institucional (con vocación de permanecer en ella hasta la jubilación o el máximo tiempo posible que les permita vivir con holgura). El perfil competencial o profesional de quienes hacen política es cada día más paupérrimo, lo que agranda la brecha con la ciudadanía. Si la clase política siempre fue un problema, hoy lo es más. Reenvío a lo escrito hace algún tiempo en sendas entradas.

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Piero Ignazi analiza los partidos, pero no la política ni a los políticos. Lo más serio de este juego de suma cero es que las consecuencias de esta deslegitimación partidista no afectan solo a esas estructuras organizativas autistas de poder crudo, sino al conjunto del sistema político-institucional: “En consecuencia, la democracia está también amenazada por la pérdida brutal de confianza en los partidos, porque el partido y el Estado están cada vez más entretejidos”. Construir sistemas de pesos y contrapesos nunca ha sido el punto fuerte de las instituciones españolas, acostumbradas a ser ocupadas por unos u otros.

De ahí las enormes resistencias de los partidos, por ejemplo, a liberar espacios políticos para que la imparcialidad (CGPJ, Tribunal Constitucional) y la profesionalización (alta Administración pública) de las instituciones y del sector público avancen: cualquier despojo de poder aparente desnuda y anula la única función que hoy en día tienen los partidos políticos, que no es otra que sobrevivir parasitando el Estado y sus propias instituciones. Ceder espacios lo ven como una suerte de muerte prematura. En ello les va la vida. Y a nosotros, que no sea así, la nuestra.

Foto: El presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ, Carlos Lesmes (c). (EFE) Opinión
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De momento, tenemos todas las de perder. No es nuevo. Tampoco el corporativismo es solución democrática alguna, pues teñido está siempre de politización edulcorada. Solo una nueva visión política y una innovación del relato y estructuras de los partidos (hoy día inexistente) reharán su convivencia con las instituciones y con la propia ciudadanía. Ese es el gran desafío que nadie en los partidos quiere ver. La comodidad ciega, el riesgo atenaza y el futuro se procrastina.

Pero el punto de salida es muy malo. Como bien concluye el autor, los partidos “viven en un vacío: nadie se acerca a ellos para darles sangre fresca”. Y de ahí a la muerte hay un paso; por mucha salud de hierro que se diga que tienen. Convendría que en esas próximas convenciones y congresos de los partidos le dieran una vuelta a alguna de estas ideas. Para que no se (auto)engañen, ni pretendan hacerlo con los demás.

*Rafael Jiménez Asensio. Consultor institucional y catedrático de universidad (acreditado).

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