Cataluña: un acuerdo imperfecto para un futuro mejor
Se trata de alcanzar un pacto provisional presidido por el realismo, la moderación y el pragmatismo para que no signifique la capitulación definitiva de ninguno de los contendientes
Manifestación convocada por la ANC con motivo de la Diada. (EFE)
En Cataluña, vivimos un conflicto político interno de una gran complejidad y de muy difícil resolución definitiva. Se da en su seno la colisión de dos posiciones legítimas que en democracia tienen derecho a ser defendidas por la vía pacífica y, por supuesto, siempre dentro de la legalidad. Estas dos grandes propuestas coinciden en su amor por Cataluña y en desear para ella lo mejor. Pero están enfrentadas y se presentan como antagónicas en una cuestión crucial: miles de catalanes ya no conciben vivir su catalanidad dentro de España y piensan que se encontrarían mejor fuera de ella, mientras que otros miles de catalanes no conciben vivir su catalanidad sin su pertenencia a España y piensan que Cataluña estaría peor fuera de ella.
Ante este panorama sentimental y político, una realidad aparece como evidente. Ninguna de las dos grandes opciones va a desaparecer en Cataluña por arte de magia, sino que forman parte de su historia reciente y van a seguir estando arraigadas en la razón política y en la sentimentalidad identitaria de millones de ciudadanos. Cada mañana abriremos los ojos y esa existencia bipolar seguirá estando ahí. Y cada vez se puede ir haciendo menos soportable y más dañina para el porvenir de la ciudadanía. Por eso, cualquier Gobierno catalán que se precie debe entender que esa es la suprema e inexorable realidad que debe gestionar con urgencia para cumplir con su ineludible obligación de buscar vías de diálogo y compromiso entre todos los catalanes, tratando así de no prolongar un eterno y estéril enfrentamiento, enquistado en posiciones numantinas, que el tiempo no disolverá. Si el secesionismo pide que el Gobierno español se siente a hablar, ¿cómo es posible que se niegue a que los catalanes hablemos entre nosotros?
Si aceptamos el anterior argumentario, creo que deberíamos entonces acostumbrarnos a vivir esta antagónica situación como si fuera una novela con final abierto, que está claro que no se solventará con la 'fórmula mágica' de la mitad más uno en un referéndum por la independencia que, convertido en un fetiche político, no resolverá la situación binaria de la sociedad catalana y que resulta siempre dependiente del estado de ánimo coyuntural de una parte muy minoritaria de la opinión pública. Un conflicto con el que debemos convivir sin dejar por ello de buscar una solución que no implica renunciar a las ideas y a los programas políticos de máximos, sino que busca no vivir eternamente con las heridas abiertas acudiendo al agravio, al victimismo o a la ofensa por falta de lealtad. Las heridas políticas que no cicatrizan tienen el peligro de infectarse y gangrenar todo el cuerpo social.
Nada hay menos recomendable en este grave asunto que divide a los catalanes que la combinación de retórica vacua e inmovilismo. Por eso hay que esforzarse por encontrar la forma de ir conviviendo en conciliación y en concordia, buscando la cohesión social mediante un acuerdo imperfecto que, pese a su carácter abierto y modificable, se confirme como estable durante un largo tiempo generacional. Un acuerdo que precisa del clima de normalidad institucional que la economía y la sociedad catalanas necesitan de manera perentoria para recuperar la senda del progreso tras la grave crisis de 2008, las consecuencias negativas del proceso y el vendaval de la pandemia. Es la hora urgente de volver a ocuparse también de las cosas de comer, de recuperar la neutralidad de las instituciones y de no estar siempre con las armas en la mano dispuestas para un combate interminable al estilo del cuadro de Goya 'Duelo a garrotazos'. Es la hora urgente de acabar con una pugna esterilizante que está mermando de manera notable el futuro de los catalanes.
Así pues, se trata de alcanzar un pacto provisional presidido por el realismo, la moderación y el pragmatismo para que no signifique la capitulación definitiva de ninguno de los contendientes. Un acuerdo a partir del cual nadie tenga la sensación de triunfador absoluto ni tampoco suponga la humillación para nadie, puesto que las diversas posturas merecen respeto, son legítimas y tienen el derecho inalienable a ser defendidas en el marco de nuestra Constitución. Un acuerdo en el que Cataluña sea sentida por una inmensa mayoría de ciudadanos como una sociedad en la que ninguno quiere imponer su hegemonía, ni ser el representante único de la misma, ni ser tratado como un 'mal catalán'. Un acuerdo para el que será necesaria mucha valentía política para no mantenerse en posturas intransigentes y cortoplacistas y para no buscar réditos electorales inmediatos a costa del bien común. Se precisará mucho coraje político y cívico para vadear las actitudes radicales revestidas de un idealismo que puede acabar en quimera primero y en frustración después.
Siendo probablemente insatisfactorio para bastantes catalanes, hablo de un acuerdo que sin embargo sea suficiente para una gran mayoría de ellos. Un acuerdo que, como casi todos los pactos, exige renuncias: unos, a que todo cambie de inmediato y, si es preciso, fuera de la ley; otros, a que jamás nada cambie, aunque sea dentro de la ley. Debemos rechazar por igual las posturas catastrofistas de quienes piensan que a Cataluña le va tan mal que solo cabe salir de España porque es la única causante de nuestros problemas, y también las posiciones de quienes creen que cualquier cambio por moderado que sea puede acabar con la unidad de España.
Se trata, en definitiva, de buscar un convenio mejorable que sea capaz de concitar el consenso de los moderados frente al eterno disenso de los radicales sectarizados. Moderados que, en mi opinión, son una gran multitud en Cataluña. Un convenio al que cualquier otra comunidad autónoma pueda también aspirar para mantener el principio político de sumar unidad e igualdad con diversidad. Un convenio en el que se perciba que ciertas concesiones del secesionismo no van en contra del interés de Cataluña y que ciertas concesiones de los constitucionalistas no rompen ni perjudican la unidad de España.
A mi juicio, es un error querer combatir un sentimiento nacionalista mediante la fuerza de otro sentimiento nacionalista. Ambos son legítimos, pero acaban siendo mutuamente excluyentes. Por eso, pienso que si adoptamos la perspectiva política del catalanismo clásico y del federalismo, todo puede ser más fácil porque ambos parten de la premisa de que hay que velar por la identidad cultural y el progreso material de Cataluña en el marco de la unidad del Estado-nación español. Y todo ello, sin menoscabo de ninguna de las otras Españas y con la igualdad en derechos y obligaciones de todos los ciudadanos del Estado.
Acordar no constituye falta de integridad moral ni de convencimiento en las propias ideas. Acordar no es una acción deshonesta que se vive como una capitulación. Alcanzar un acuerdo imperfecto, provisional y mejorable es propio de la convivencia en sociedades complejas y democráticas. Solo la obstinación fanatizada habla de claudicación y nos impide vivir en concordia con los que piensan lo contrario y están en el mismo suelo patrio. La agresividad entre compatriotas no soluciona nada y todo lo emponzoña. Los compromisos suelen ser incompletos, son dolorosos y no siempre producen felicidad. Pero son necesarios para convivir en sociedades abiertas y plurales. En tiempos de grandes dificultades, la mejor medicina política y social es perseguir el pacto mediante el reformismo, la moderación y la centralidad.
Los catalanes ocupamos una misma vivienda de tamaño más bien reducido. Nadie quiere ni debe irse de ella. Habrá entonces que ponerse de acuerdo en cómo la compartimos y cómo la habitamos en buena vecindad, porque no podemos divorciarnos, ni podemos votar quién se va, ni tenemos por qué dividirnos en dos patrias-naciones antagónicas. Por eso es tan necesario que recordemos siempre el siguiente lema: 'Cataluña será de toda la ciudadanía o no será'.
*Roberto Fernández. Catedrático de Historia Moderna de la Universitat de Lleida. Rector de la Universitat de Lleida (2011-2019). Presidente de rectores españoles CRUE (2017-2019).
En Cataluña, vivimos un conflicto político interno de una gran complejidad y de muy difícil resolución definitiva. Se da en su seno la colisión de dos posiciones legítimas que en democracia tienen derecho a ser defendidas por la vía pacífica y, por supuesto, siempre dentro de la legalidad. Estas dos grandes propuestas coinciden en su amor por Cataluña y en desear para ella lo mejor. Pero están enfrentadas y se presentan como antagónicas en una cuestión crucial: miles de catalanes ya no conciben vivir su catalanidad dentro de España y piensan que se encontrarían mejor fuera de ella, mientras que otros miles de catalanes no conciben vivir su catalanidad sin su pertenencia a España y piensan que Cataluña estaría peor fuera de ella.