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Sol Cruz-Guzmán

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Haz el cine y no la guerra

El cine tiene la obligación de ser testigo y recuerdo de la barbarie humana, un ejercicio de conocimiento que impida que se vuelva a escribir el mismo guion en la historia

Foto: El presidente de la Academia de Cine Fernando Méndez-Leite pronuncia unas palabras durante la ceremonia de entrega de los Premios Goya en su 40 edición. (EFE/Alberto Estévez)
El presidente de la Academia de Cine Fernando Méndez-Leite pronuncia unas palabras durante la ceremonia de entrega de los Premios Goya en su 40 edición. (EFE/Alberto Estévez)

Cuarenta años de los premios que otorga la Academia de Cine española. Cuarenta años de merecido reconocimiento a los equipos que son capaces, tras años de trabajo, de mostrarnos una obra que pueda emocionarnos, reconciliarnos, replantear nuestras posiciones, hacernos más críticos. Hacernos mejores. Esos grandes equipos a los que les debemos el respeto de esperar a que terminen los créditos antes de desalojar la sala de cine.

Una cifra redonda que nos ha regalado obras redondas. Reivindicativas, como Sorda, intimistas, como Los domingos, innovadoras e impactantes, como Sirat o submarinas e inquietantes, como Tigres. Obras que nos han revuelto sentimientos, hasta hacernos llorar con Mi amiga Eva o reír con La cena. Obras como Tardes de soledad, que descubren para todos los lugares más sagrados de la tauromaquia, y que demuestra que el arte de los toros sigue inspirando a creadores de otras disciplinas. Pero lo verdaderamente importante es que han sido obras que nos han hecho pensar. Un cine que supone una carta de presentación de nuestra cultura y de nuestro talento a través de las pantallas que se podrán disfrutar en cualquier punto del globo terráqueo.

Por supuesto que el cine, y cualquier expresión artística, puede y debe ser altavoz de grandes causas, pero lo que me ha perturbado en este 2026 es esa necesidad de homogeneizar el pensamiento, hacia uno único; totalitario. Cuando precisamente el cine es herramienta de impulso hacia la pluralidad. Por eso es tan importante que convivan el cine comercial con el de autor, los grandes con los pequeños. Los consolidados con los emergentes. No deberían hacer falta chapas ni correos de adoctrinamiento, para que cada obra, cada director decidiera su posición, y alejarnos de una vez por todas de esa búsqueda incansable de una ideología cinéfila, tan perdida como el arca de Indiana. Es un intento frustrante porque el cine, como la cultura, carece de ideología por mucho que algunos lo intenten. Por eso, hay voces valientes dentro del sector que elevan alto y fuerte su voz frente a este dogmatismo. Viva la libertad y la valentía de los valientes.

Si alguna reivindicación debiera haber sido unánime en los discursos que escuchamos en el centro de convenciones barcelonés, deberían haber sido las propias del sector. El impulso a una ley del cine que lleva atascada una década, y que ya ha quedado antigua y obsoleta. Un estatuto del artista olvidado, pisoteando al mayor acuerdo cultural de la historia de España en el Congreso de los Diputados, el enorme reto que supone la inteligencia artificial que ha de acomodarse a nuestra legislación vigente de derechos de autoría, sin los que la creación no tiene sentido o la preocupante baja ejecución de los fondos europeos Next Generation que nos hará devolver cientos de millones de euros a Europa, con sus intereses correspondientes, y que tenían que haber sido invertidos en el sector.

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Olvido para la protección de las salas de cine, verdaderos centros culturales, que, de manera muy especial, se convierte en misión imposible mantenerlas activas en las localidades poco pobladas, mientras que son el único faro cultural que poseen. Y por último, un imperdonable y doloroso olvido, el de las 47 víctimas de los terribles accidentes ferroviarios de hace un mes, que no volverán a pisar una sala de cine, y entre los que se encontraban amantes del cine y de la cultura.

De la gala de Granada, ciudad candidata a Capital Europea de la Cultura, aún resuenan en mi cabeza los aplausos tras las palabras de María Luisa Gutiérrez, al recoger el premio por La infiltrada; "La memoria histórica también está para la historia reciente de este país" apostillaba, haciendo referencia a la expulsión de la lacra de ETA en la ley de memoria histórica, como también se ha censurado el movimiento social más importante de nuestro país en forma de manos blancas del archivo social de Urtasun.

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El cine tiene la obligación de ser testigo y recuerdo de la barbarie humana, un ejercicio de conocimiento que impida que se vuelva a escribir el mismo guion en la historia. Por eso, mi agradecimiento a Fernando Méndez-Leite, que nos recordó el discurso de su antecesor, el presidente de la Academia José Luis Borau, en 1998 cuando se alzó al terminar su discurso para mostrar el rechazo del cine español al terrorismo de ETA tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco unos meses antes.

Y gracias a Miriam Garlo, que con sus manos y las nuestras al aire aplaudimos el mensaje que nos ha dejado Sorda, para tomar conciencia de la importancia de trabajar por una sociedad que no deje a nadie aislado. Ni por cualquier discapacidad ni por aquellas a las que no podrán leer los labios ocultas bajo un burka.

Que el cine, que nuestro cine, que el cine español siga creando y su Academia premiando su talento. Que siga siendo crítico y plural. Que grite por la paz, por todas y en todas partes, por los derechos humanos, y que grite también por la libertad, oposición a la censura del pensamiento crítico que nos merecemos los españoles. Viva el cine.

*Sol Cruz-Guzmán, diputada nacional del PP.

Cuarenta años de los premios que otorga la Academia de Cine española. Cuarenta años de merecido reconocimiento a los equipos que son capaces, tras años de trabajo, de mostrarnos una obra que pueda emocionarnos, reconciliarnos, replantear nuestras posiciones, hacernos más críticos. Hacernos mejores. Esos grandes equipos a los que les debemos el respeto de esperar a que terminen los créditos antes de desalojar la sala de cine.

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