La ideología de Pablo Iglesias

Iglesias designará a los 350 candidatos de la lista única, los ordenará a su conveniencia sin especificar por qué provincia irá cada uno y esa lista oficial será proclamada vencedora por incomparecencia

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (Reuters)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (Reuters)

El método que Pablo Iglesias ha ideado para designar a su antojo a los candidatos de Podemos en las elecciones generales tiene cabida en la categoría política de bromas pesadas y tomaduras de pelo.

Como se eligen 350 diputados, el que quiera participar en esas primarias (en este país a cualquier cosa le llaman “primarias”, pero aún no he visto unas que merezcan tal nombre) tiene que presentar una lista completa de 350 candidatos a nivel nacional.

Es decir: si usted aspira a ser diputado de Podemos tiene que buscar a otros 349 voluntarios dispuestos a acompañarle en la aventura (da igual que sean todos de Ponferrada o de Albacete, aquí a nadie se le pide la partida de nacimiento), decidir cuál de ustedes irá como candidato a Presidente del Gobierno (Usted: “¡Oiga, que yo sólo quería ser diputado!” –Iglesias: “¡Ah, se siente!”) y armar una lista para competir contra la que encabezará el Gran Timonel de la nueva política.

Resultado cantado: Iglesias designará a los 350 candidatos de la lista única, los ordenará a su conveniencia sin especificar siquiera por qué provincia irá cada uno de ellos y esa lista oficial será proclamada vencedora por incomparecencia. Lo llaman “voto en plancha”.

Hay que tener la cara de cemento y mucha bula para hacer eso. Incluso Rajoy tendrá que hacer negociaciones más complejas dentro de su propio partido para elaborar las 52 listas provinciales. Y no digamos el PSOE: si a Sánchez se le ocurre proponer un método semejante primero le ponen la plancha por sombrero y luego le señalan el camino de la calle.

Esta es una de las muchas contradicciones que se manifiestan en la construcción de un nuevo partido como Podemos: en este caso, las que se refieren a su organización y a su funcionamiento interno.

Iglesias intenta obtener los resultados uniformadores del centralismo democrático aparentando respetar la pulsión asamblearia que está en el origen de Podemos

Por un lado, todos los pasos que ha dado Iglesias responden a un modelo bien conocido: lo describió Lenin en un texto de 1902 llamado “¿Qué hacer?”, fue bautizado como “centralismo democrático” (tiene mucho más de lo primero que de lo segundo) y ha regido desde entonces en todos los partidos comunistas del mundo.

Pero por otra parte, Podemos no es un partido comunista ni su origen se lo permitiría. Es cierto que muchos de sus dirigentes provienen del PCE, pero nació de un movimiento ciudadano con un germen fortísimamente asambleario y un gran apego a todas las formas de la llamada “democracia directa”.

Iglesias intenta obtener los resultados uniformadores del centralismo democrático aparentando respetar la pulsión asamblearia que está en el origen de Podemos. Una conciliación difícil entre dos culturas organizativas radicalmente opuestas.

Lo cierto es que Pablo Iglesias ofrece, para quien lo siga con atención, indicaciones múltiples y claras sobre sus fundamentos ideológicos. Dos botones de muestra:

En una entrevista publicada en El Mundo el 17 de mayo, Iglesias se define a sí mismo de forma enfática como un socialdemócrata. Eso sí, inmediatamente después precisa: “Socialdemócrata como Marx y Engels, como Vladimir Ilich” (Lenin para quienes no tienen tanta familiaridad con el personaje).

Gracias por la aclaración. No socialdemócrata como Brandt y Palme, sino como Vladimir Ilich. En sus muy remotos orígenes el partido bolchevique (más tarde PCUS) se denominó Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, pero hay que retorcer mucho la historia para identificar hoy como socialdemócratas a Vladimir Ilich y a sus innombrables sucesores.

Más clarificador aún es el artículo que Pablo Iglesias publicó en El País el día 29 de junio, titulado “La izquierda”. Es un texto muy importante al que se ha prestado poca atención. Destaco de él los siguientes elementos:

1. El autor nos ofrece un puñado de datos autobiográficos para que nadie se desoriente respecto a él. Nieto de socialistas, hijo de militantes del PCE, él mismo ingresó en las juventudes comunistas a los 14 años, se sabe de memoria “La Internacional”, siempre leyó a los autores marxistas y nunca dejó de ser un activo militante de la causa. Nada que no se conociera y, por supuesto, nada de lo que avergonzarse: muchos españoles comparten con orgullo una biografía como esa.

2. El autor delimita claramente lo que él considera “la izquierda”. Abrevio: para él la izquierda es ni más ni menos que la que nace de la tradición comunista. Todo lo que está fuera de ese mundo forma parte de lo que él mismo denomina “el adversario, sea el PP o el PSOE”. El propio Lenin decidió allá por 1914 que los socialistas no eran izquierda, sino “socialtraidores”; y a los ojos de gentes como Iglesias, así ha seguido siendo hasta hoy.

3. Definida así la izquierda, el autor no tiene otro remedio que reconocer su fracaso histórico:

“El único punto de partida concebible hoy para una izquierda realista es tomar conciencia de su derrota histórica (…) en España, el fracaso de la izquierda comunista se constató tras la transición democrática (…) “enormes límites a las posibilidades de éxito electoral de esa izquierda” (…) la izquierda sigue social y culturalmente arrinconada”.

4. La conclusión es obvia: si la única izquierda verdadera (la que viene del comunismo) está social y culturalmente arrinconada, históricamente derrotada y tiene enormes límites en sus posibilidades de éxito electoral, el único camino para ganar es sacar el debate político del eje derecha-izquierda:

“En el terreno simbólico derecha-izquierda (…) no tenemos posibilidad de ganar electoralmente”.

No se trata de decretar el fin de las ideologías: no se abandona el eje izquierda-derecha porque haya perdido vigencia, sino simplemente porque no resulta práctico en términos de competitividad electoral:

(…) no significa que nos hayamos moderado o que abandonemos principios, sino que asumimos que el tablero político no lo definimos nosotros (…) no nos situaremos en terrenos alejados de una mayoría popular que no es de izquierdas (como quizá nos gustaría) pero que quiere el cambio.

No es una renuncia ideológica, es una decisión estratégica. Puesto que nuestra identidad política nos conduce a la derrota, planteemos la competición desde otro territorio.

5. ¿Y qué territorio sería ese que devolvería a “la verdadera izquierda” la competitividad electoral que la historia le negó? El autor lo señala el párrafo para mí más importante del artículo:

“La clave del momento excepcional que vivimos está en la frustración de expectativas de los sectores medios ante su empobrecimiento progresivo (…) El 15-M señaló los ingredientes de una posibilidad impugnatoria caracterizada por el rechazo a las élites políticas y económicas dominantes”.

La expectativa electoral de su partido se alimenta de la ira de las clases medias contra el establishment

Lo que quiere decir Iglesias, traducido al román paladino, es que la expectativa electoral de su partido se alimenta de la ira de las clases medias contra el establishment. Y por tanto, hay que intentar que el malestar ciudadano se mantenga a una temperatura tan alta como sea posible, idealmente más allá del punto de ebullición. Cualquier cosa que haga bajar el termómetro de la irritación social conspira contra las posibilidades electorales de Podemos.

El bingo es correcto; el análisis de Iglesias, también. Es muy de agradecer la honestidad intelectual con que lo hace público para quien quiera entenderlo.

En realidad, Podemos es un producto ideológicamente más complejo. En él se entrecruzan al menos tres corrientes:

a) Primera, la que procede directamente de la visión leninista, representada principalmente por el propio Pablo Iglesias;

b) Segunda, la que enlaza con el “populismo de izquierdas” que teorizó Ernesto Laclau en Argentina y que está en la base de fenómenos como el   chavismo o el kirchnerismo. La traducción podemita del “Patria o Buitres” kirchnerista es “Pueblo o Casta”.

c) Y tercera, la que nos remite a la vieja y sabrosa tradición del anarquismo español, que tiene raíces profundas en nuestra sociedad y probablemente es la que mejor explica el fulminante éxito de Podemos en España. Nadie desde la guerra civil había conectado tan bien con ese “hecho diferencial” aparentemente enterrado pero siempre latente en nuestra memoria histórica.

A partir de ahí, todo lo demás está descrito y se puede consultar en los manuales de comunicación política al uso.

Una Cierta Mirada

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