Razones para un Gobierno de gran coalición

Se puede aceptar el resultado del 20-D como el marco al que necesariamente hay que adaptarse y buscar dentro de él la coalición de gobierno más estable y operativa

Foto: Los candidatos a la Presidencia del Gobierno de Ciudadanos, Albert Rivera (i); PSOE, Pedro Sánchez (c), y Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
Los candidatos a la Presidencia del Gobierno de Ciudadanos, Albert Rivera (i); PSOE, Pedro Sánchez (c), y Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Como soy de izquierdas, prefiero un Gobierno progresista a uno conservador. Pero como soy antes demócrata que de izquierdas, exijo que ese Gobierno provenga de una mayoría que no ha existido en estas elecciones. Como soy español, deseo que el Gobierno sirva para arreglar los problemas de mi país y no para satisfacer la ambición de poder de uno o las pulsiones vindicativas de otros. Y como vivo en Europa, miro a mi alrededor y no tengo ningún miedo a los gobiernos de coalición ni creo que sea un drama o una traición que fuerzas políticas que habitualmente rivalizan compartan el poder cuando las circunstancias lo demandan.

No ha habido una mayoría de izquierdas en las urnas ni la hay en el Congreso. Lo que hay son 162 diputados de centro-derecha (PP+Ciudadanos), 134 de izquierdas (PSOE+Podemos+IU) y 53 nacionalistas (la mayoría adscritos a versiones radicales y no moderadas del nacionalismo).

Lo que Sánchez vende como Gobierno de izquierdas, en realidad es una colusión confusa entre la socialdemocracia, la izquierda populista y los nacionalismos radicales (incluidos los secesionistas). Pero a ratos coquetea con otra fórmula: un acuerdo entre el PSOE y Ciudadanos que sobreviva con la benevolente abstención de todos los demás. En ambos casos, omite dos informaciones esenciales: si ello desembocaría en un Gobierno monocolor del PSOE con 90 diputados, o en un Gobierno de coalición. Y qué programa de gobierno presentaría, porque obviamente el proyecto no sería igual para gobernar con C’s que para hacerlo con Podemos y una colección de nacionalistas. Lo cual indica que para el líder del PSOE el proyecto de gobierno es accidental y que le vale cualquier combinación que cumpla dos requisitos: sentarlo a él en La Moncloa y excluir al Partido Popular.

Frente a eso, algunos albergamos una triple convicción.

Primera, que al día siguiente de la investidura hay que ponerse a gobernar con un programa realizable y un sostén parlamentario suficiente. Es absurdo amontonar 12 siglas si eso va a saltar por los aires en cuanto haya que tomar decisiones. Y tampoco sirve ganar una investidura con votos que al día siguiente se convertirán en oposición o se llamarán andana cuando haya que respaldar medidas impopulares.

Para el líder del PSOE el proyecto de gobierno es accidental y le vale cualquier combinación que cumpla dos requisitos: sentarlo en La Moncloa y excluir al PP

Segunda, que no se dan en este Parlamento las condiciones para un Gobierno de izquierdas. El Partido Socialista está en posición de condicionar o de participar en un Gobierno de amplia base parlamentaria, pero no de encabezarlo.

Tercera, que si bien el PP no puede reclamar el derecho a gobernar en solitario ni imponer a Rajoy como presidente, ninguno de los problemas del país mejorará si solo se trata de expulsar al PP del poder a toda costa. Ese sería un Gobierno para la confrontación y no para la concertación, que es lo que más necesita España en este momento.

Se puede asumir desde ahora que las del 20-D han sido unas elecciones fallidas y que no hay otro remedio que repetirlas. Si es así, actúese en consecuencia: comprobado que Rajoy no es investido, empecemos inmediatamente a prepararnos para volver a votar en mayo.

O se puede aceptar el resultado del 20-D como el marco al que necesariamente hay que adaptarse y buscar dentro de él la coalición de gobierno más estable y operativa. Es lo que se hace en Europa -de hecho, es lo que Europa nos pide- y lo más respetuoso con el voto de los ciudadanos.

Hay un puñado de razones para sostener que esta es la mejor solución.

La agenda de España. Hay coincidencia general en la tareas prioritarias que España tiene que emprender: a) una reforma del sistema político, que pasa necesariamente por modificar ciertas partes de la Constitución; b) un plan económico para consumar la recuperación, acompañado de un nuevo pacto social para restañar las peores heridas de la crisis, y c) una solución al problema de Cataluña, que ha de enmarcarse en una revisión del modelo territorial.

Con un gobierno polimorfo e inestable cimentado exclusivamente en la exclusión del PP, olvídense de cualquier consenso. Regresaremos a las trincheras

Pues bien, esas tres tareas tienen en común que solo son realizables si se dispone de un Gobierno sólido, una mayoría parlamentaria transversal e integradora y un amplio espacio para los consensos.

Con un Gobierno polimorfo e inestable, cimentado exclusivamente en la exclusión del PP, olvídense de cualquier consenso. Regresaremos a las trincheras políticas. No será viable la reforma constitucional. No se podrá sentar a los empresarios y a los sindicatos para armar un pacto social. No será posible plantear una solución concertada para Cataluña. Si el desafío soberanista exige medidas de firmeza, ¿podrá tomar esas medidas un Gobierno que depende de los mismos que están atropellando la Constitución?

La economía. Apenas está despegando la recuperación. Teníamos una previsión de crecimiento del 3% en 2016. Si perdemos medio año con un Gobierno en funciones y un Parlamento bloqueado, se ha calculado que en el mejor de los casos nos quedaríamos en el 2%. Por favor, que alguien calcule eso en puestos de trabajo no creados. Por no hablar de la desconfianza, el veneno de la economía.

La cohesión política de España. EL PP, el PSOE y Ciudadanos son tres fuerzas de ámbito nacional que suman 253 escaños. Necesitamos un Gobierno sólido que no esté maniatado por fuerzas centrífugas en su interior. Es obvio que el nuevo marco territorial necesitará diálogo y acuerdos con los nacionalistas, pero eso no se facilita, sino al contrario, sentándolos en el Consejo de Ministros ni poniendo la estabilidad del Gobierno en sus manos.

Si algo nos han enseñado los grandes líderes es que no debe haber contradicción entre el interés del país y el del partido; si la hay, el equivocado es el partido

España en el mundo. Bruselas, ¿recuerdan?, es la capital de Europa. Lo primero que van a exigir al nuevo Gobierno de España es que revise el Presupuesto y aplique un recorte de 9.000 millones de euros para cumplir nuestro compromiso de déficit. ¿Quién va a hacer eso, Errejón como ministro de Hacienda, o repetimos el experimento insumiso de Tsipras? Y si hay que dar pasos que nos comprometan en la lucha contra el terrorismo yihadista, ¿se lo encargamos al ministro de Defensa Monedero o al de Exteriores Beiras?

El cambio. Sí, hay un alto contenido de demanda de cambio en el voto del 20-D. Pero el cambio no es dar la vuelta a la tortilla, eso es lo más ranciamente hispánico que existe. El cambio es romper tabúes históricos y ver cómo la izquierda democrática y la derecha democrática son capaces de concertarse civilizadamente en el poder, aunque sea por un tiempo limitado y con un programa acotado a unos cuantos puntos básicos. Es asumir que si el deseo de cambio es transversal en la sociedad, nadie puede apropiarse de él en la política. Es pactar y compartir los cambios para hacerlos reales y no retóricos. El cambio no es hablar de Dinamarca, sino gobernar como en Dinamarca.

Me encantaría escuchar por la otra parte más argumentos sobre lo que necesita España y menos elucubraciones sobre las conveniencias tácticas de cada partido o dirigente. Si algo nos han enseñado los grandes líderes de la historia, es que no debe haber contradicción entre el interés del país y el interés del partido; y si la hay, el que está equivocado es el partido. 

Una Cierta Mirada
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