La nueva política y el viejo sectarismo

En este país genéticamente cainita, el sectarismo florece fácilmente: empieza siendo un brote y antes de que dé tiempo a controlarlo ya tenemos una epidemia. Si se riega, la plaga asoma por todos lados

Foto: Pablo Iglesias, Pedro Sánchez y Albert Rivera. (EFE)
Pablo Iglesias, Pedro Sánchez y Albert Rivera. (EFE)

Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

(Antonio Machado)

Dicen que estamos al borde de un nuevo colapso financiero que puede devolvernos a lo más oscuro de la crisis. En Cataluña ha empezado a galope tendido la carrera de la desconexión con España. La montaña de la corrupción se ha hecho ya irremontable para el PP con Rajoy al frente: cada día se necesita más que el primer partido del país cambie de patrón y pase por talleres para una reparación a fondo.

En este contexto difícil, que demanda a gritos un gobierno, ayer se reunieron los líderes de los dos partidos que suman la mitad de los votos de los españoles y el 60% de los diputados. Los dos que reclaman para sí la presidencia del Gobierno.

La reunión no ha servido para dialogar, sino para confirmar que no hay espacio de diálogo entre ellos. No para negociar, sino para dejar constancia de la imposibilidad de cualquier acuerdo. No para pacificar, sino para exhibir su mutua animadversión personal y política. Debieron ahorrarnos esta puesta en escena de la incomunicación y el odio.

Como aperitivo, el líder del PSOE obsequió al PP con una ofensa. Elabora un documento programático para la negociación y se jacta de que se lo ha enviado a todos los partidos excepto al PP, a ERC y a Bildu, ¡como si fueran la misma cosa! El desplante es estúpido porque el 80% de las reformas legislativas que se proponen en ese documento sólo pueden salir adelante si el PP participa en ellas. Pero es evidente que se trata de cerrar puertas y, sobre todo, que se escuche el portazo.

Mariano Rajoy. (EFE)
Mariano Rajoy. (EFE)

En este país genéticamente cainita, el sectarismo florece fácilmente: empieza siendo un brote y antes de que dé tiempo a controlarlo ya tenemos una epidemia. Si además se riega, la plaga asoma por todos los rincones, como ha ocurrido esta semana.

Tenemos al Ministro del Interior escupiendo que cualquier gobierno en el que no esté el PP será una buena noticia para ETA, o que ese gobierno se desvinculará de la coalición internacional contra el terrorismo yihadista. De ahí a señalar a todas las fuerzas políticas del país excepto la suya como cómplices potenciales del terrorismo, hay un paso. Una vileza y una solemne majadería -una más-.

Su colega de Economía va por el mundo alertando a los gobiernos y a los mercados de que si no gobierna el PP España incumplirá sus compromisos económicos y nadie podrá confiar en ella. Un bonito trabajo de sabotaje preventivo contra tu propio país en el peor momento posible, con una crisis financiera llamando a la puerta. De esa madera están hechos algunos patriotas.

Hablando de la crisis financiera, ahora resulta que las bolsas se desploman en toda Europa por el temor a lo que pueda ocurrir con gigantes bancarios como el Deutsche Bank o la Societé Generale, pero en España no: en España la Bolsa se hunde porque viene Podemos.

Tampoco los de Podemos se privan de nada en materia de sectarismo. Si el PSOE pacta con ellos, es cambio; si no, es casta. Errejón repite como un disco rallado que los suyos son “los diputados del cambio”, de donde se deduce que los 281 diputados restantes son los de la reacción (flaco favor a la idea del cambio). Y como el PP sólo tuvo 7 millones de votos, eso permite afirmar sin pudor que hay un “mandato popular” para que ese partido no gobierne. Una necedad que serviría igualmente para sostener que 20 millones de españoles votaron en contra de que gobierne Podemos.

Las bolsas se desploman en toda Europa por el temor a lo que pueda ocurrir con gigantes bancarios pero en España la Bolsa se hunde porque viene Podemos

Han ocurrido más cosas tristes esta semana:

Un títere exhibió un cartel provocador durante una función y los titiriteros han sido encarcelados, lo que ha causado la muy fundada protesta de Amnistía Internacional y la inquietud de cualquier demócrata. Luego se quejan de que se hable de 'ley mordaza'. Está bien pedir el cese del mentecato que contrató ese espectáculo para un público infantil y exigir una disculpa, pero ¿la cárcel?

Como la ciudad de Madrid casi no tiene problemas, su gobierno municipal ha emprendido una caza de brujas sobre el callejero, buscando eliminar franquistas de los rótulos. Y ha circulado una “lista negra” con un puñado de nombres ilustres de la cultura española. Ya quisieran los autores de ese papelucho y los paletos que lo encargaron tener el 1% del talento de Josep Pla, Gerardo Diego, Jardiel Poncela o Salvador Dalí. Por otra parte, la historia de España está llena de hijos de puta con nombre de calle, así que si vamos a ponernos en ese plan yo sugiero dejarnos de líos y numerarlas como en Nueva York.

Lo que más me preocupa es que si los políticos hacen estas cosas es porque consideran que les beneficia. ¿Qué nos está pasando para que el sectarismo haya vuelto a ser políticamente rentable?

El populismo y el nacionalismo han colonizado la política. El populismo necesita que haya enemigos del pueblo y el nacionalismo busca enemigos de la patria

Lo ha señalado Víctor Lapuente: hubo un tiempo en que para ganar las elecciones en España se necesitaba el 40% de los votos. Eso obligaba a los líderes a abrir al máximo su espacio discursivo y tratar de llegar a un público muy amplio y diverso, más allá del recinto de sus votantes fieles. Pero desde que se puede ganar con el 25% o intentar formar gobierno con 90 diputados, la prioridad ha cambiado. Ahora se trata de fidelizar a toda costa a la clientela propia. No gana quien más expande su territorio electoral, sino quien mejor apelmaza a sus parroquianos. Ya no se trata de construir grandes mayorías, sino de compactar minorías de cemento. Y eso exige reforzar lo que nos identifica y subrayar hasta el paroxismo lo que nos separa del competidor. La fragmentación política en España no ha estimulado la cultura del diálogo, sino la de la confrontación.

Llevamos año y medio de campaña electoral. Como dice Daniel Innerarity, la campaña permanente ha borrado la diferencia entre estar en campaña o estar gobernando: ambas tareas se han confundido en perjuicio de la segunda. Está pasando aquí y ahora: todos los partidos tienen un ojo puesto en la negociación y otro en la probable repetición de elecciones, lo que obliga a tratar al interlocutor en la mesa como enemigo electoral y la negociación deviene fatalmente inviable.

Añado una tercera explicación: el populismo y el nacionalismo han colonizado la política y ya nadie escapa a su perniciosa influencia. Pero el populismo necesita que haya enemigos del pueblo y el nacionalismo busca enemigos de la patria: son dos culturas políticas que se nutren de la discordia. Y eso es muy peligroso en un país en el que, como decía el maestro Pla, tendemos a considerar insoportable que el conjunto de hombres y mujeres no comulgue con nuestras ideas.

Se suponía que la nueva política venía a cambiar todo esto, pero ha producido el efecto contrario. Ya no es una de las dos Españas de Machado la que nos hiela el corazón, sino las demás Españas, todas menos la de los nuestros. Y es un desastre.  

Una Cierta Mirada

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