Que pase lo menos peor

La responsabilidad de Sánchez es que ha tenido en su mano las llaves del Gobierno y, llevado por su ambición personal, se las ha entregado a un partido populista

Foto: (Ilustración: Raúl Arias)
(Ilustración: Raúl Arias)

1. La burla de la consulta. Imaginen que una semana antes del Madrid-Barça Florentino Pérez anuncia muy solemnemente que va a hacer una consulta entre los socios del Real Madrid con dos preguntas: ¿Desea que el Barça golee al Real Madrid?; ¿prefiere que sea el Real Madrid quien golee al Barça?”. Obviamente, aclara, si los madridistas votaran que el Barça golee al Madrid, él y su directiva asumirían responsabilidades, “ustedes ya me conocen”.

Suena grotesco, ¿verdad? Ni más ni menos grotesco que la ridícula dupla de preguntas que se ha sacado de la manga Pablo Iglesias para guillotinar el simulacro de negociación con el PSOE y Ciudadanos. ¿Prefieres un Gobierno (odioso) de Rivera y Sánchez o uno (glorioso) con Podemos y sus confluencias? Haría falta un pucherazo para que no salga un 90% de noes a la primera pregunta y un 90% de síes a la segunda.

Esta consulta es tan tramposa como la que se inventó Pedro Sánchez para puentear a sus barones y obtener un cheque en blanco ante la última fase de la negociación. Como dice Xavier Vidal-Folch, el referéndum no es precisamente el instrumento más sublime de la democracia: casi siempre es maniqueo, ventajista y confundidor sobre lo que se vota. Hacen muy mal los socialistas en dejarse llevar por ese camino, porque competir en populismo contra los populistas es como retar a Pau Gasol a un concurso de mates.

Pablo Iglesias e Íñigo Errejón en la comparecencia del viernes. (EFE)
Pablo Iglesias e Íñigo Errejón en la comparecencia del viernes. (EFE)

El viernes Iglesias repitió su rechazo a lo que llamó “un gobierno de Rivera presidido por Sánchez”. Le faltó añadir que su alternativa era un Gobierno de Iglesias presidido por Sánchez. Eso describe con exactitud la dicotomía realmente existente en la reunión del jueves: o un Gobierno de Rivera o uno de Iglesias, ambos con Sánchez como presidente de paja. Y el caso es que Pedro hubiera sido feliz en los dos casos.

2. Al fin, se han convocado las elecciones. Impostaciones aparte, lo mejor que nos ha dejado esta semana es que han caído las máscaras y ya podemos dar por convocadas las elecciones del 26 de junio. Lo malo es que entre la convocatoria material -que se produjo el viernes- y la legal, que saldrá en el BOE el 3 de mayo, aún quedan demasiados días de espera estéril.

Durante estas semanas, todo el esfuerzo que los partidos dediquen a endilgar la culpa a los otros no solo será inútil, sino que puntuará en su contra. Ya hay veredicto social: lo que se oye en la calle es que estos inútiles no han sabido hacer su trabajo, sin distinción. Así que más les vale no hurgar más en un fracaso del que ninguno va a salir exculpado y dedicarse a buscar razones buenas y positivas para votarlos de nuevo -que no está ni medio fácil-.

Impostaciones aparte, lo mejor que nos ha dejado esta semana es que han caído las máscaras y ya podemos dar por convocadas las elecciones del 26 de junio

Por mucho que se empeñen algunos, el voto del 26-J no será un reparto de premios y castigos por la negociación. El partido que comprenda que las elecciones son sobre el futuro y no sobre el pasado y hable más de “ellos” (los votantes) que de “nosotros” (los pretendientes) será el que más posibilidades tenga de ser indultado por este desastre colectivo y de llevarse la parte menor del bofetón electoral que se está incubando.

3. ¿Cómo hemos llegado a esto? A mi juicio, el bloqueo político se ha hecho insoluble por la concurrencia de cuatro circunstancias:

La primera proviene directamente de las urnas del 20-D. PP y Ciudadanos no sumaron mayoría y quedó anulada la solución natural de un Gobierno de centro-derecha. Como la izquierda tampoco sumó lo suficiente, solo quedaron vivas las fórmulas mixtas, que exigen renuncias ideológicas no compatibles con el espectro de unas nuevas elecciones. Contrariamente a lo que se pregonaba, el acuerdo se ha ido alejando a medida que se aproximaba la amenaza electoral.

La segunda fue la negativa cerril de Pedro Sánchez a siquiera dialogar con el PP. La consecuencia fue que en plena fragmentación política las dos fuerzas más numerosas del Parlamento quedaron incomunicadas entre sí, dejando la suerte del país en las manos de dos partidos emergentes pero menores y carentes de experiencia de gobierno.

El líder del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)
El líder del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)

La tercera ha sido el no menos cerril empeño de Mariano Rajoy en mantener su candidatura contra viento y marea, aun sabiendo que su figura al frente del Gobierno es un obstáculo insuperable para todas las demás fuerzas políticas.

Y la cuarta, la presencia de 19 diputados independentistas (9 de ERC, 8 de la antigua Convergencia y 2 de Bildu) que están y votan, pero son inservibles para cualquier mayoría de gobierno.

Si cualquiera de esas cuatro circunstancias se hubiera dado de forma diferente, el campo de la negociación se habría abierto. Todas ellas juntas han creado un tapón impenetrable. Lo irritante es que esos obstáculos ya estaban sobre la mesa pocos días después de las elecciones y nadie ha hecho nada efectivo por removerlos. Se prefirió montar una representación teatral que finalmente ha sido vista por la sociedad como una gran farsa. la frustración y el cabreo del personal están muy justificados.

La responsabilidad de Pedro Sánchez. El PSOE tuvo un resultado electoral catastrófico, pero una carambola aritmética lo situó como partícipe imprescindible de cualquier fórmula de gobierno. Los análisis desde el 20-D han girado alrededor del axioma de que todo dependía del PSOE. Sin embargo, eso dejó de ser cierto muy pronto. Es verdad que inicialmente Sánchez tuvo en sus manos la clave de los acuerdos: podía elegir socios, modelar una u otra coalición e inclinar la mayoría resultante en distintas direcciones. Pero desde el momento en que decidió expulsar al PP de la negociación, perdió ese poder y se lo entregó a Podemos.

Los obstáculos ya estaban sobre la mesa después de las elecciones y nadie ha hecho nada por removerlos. Se prefirió montar una representación teatral

Con el Partido Popular descartado como interlocutor, ya no era posible formar un Gobierno que no contara con la aquiescencia de Pablo Iglesias y sus aliados. La 'fórmula 130' (PSOE+C’s) necesitaba la abstención de Podemos; la 'fórmula 161' (PSOE+Podemos+IU), su voto favorable más la abstención de los independentistas; la 'fórmula 199' que deseaba Sánchez requería la colaboración de PSOE, C´s y Podemos.

En todos los casos, Podemos como ingrediente necesario del acuerdo. La responsabilidad de Pedro Sánchez es que ha tenido en su mano las llaves del Gobierno de España y, llevado por su ambición personal, se las ha entregado a un partido populista cuyo compromiso con los fundamentos del sistema (la Constitución, la economía de mercado, la unidad territorial, la democracia representativa y la Unión Europea) es problemático -por decirlo suavemente-. Y encima, lo han plantado en el altar.

La trayectoria del líder socialista desde el 20-D hasta hoy recuerda el verso de Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero”.

Ahora nos toca a los ciudadanos enmendar tanto desatino. Ya solo queda poner mucho sentido a nuestro voto y esperar que pase lo menos peor.  

Una Cierta Mirada

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