Sánchez y la nación de naciones

Propone cambiar la Constitución para reconocer a España como un Estado plurinacional, atribuyendo sólo a Cataluña y País Vasco la condición de naciones singulares dentro de la nación española

Foto: El candidato a la secretaría general del PSOE, Pedro Sánchez, participa en una carrera nocturna en L'Hospitalet de Llobregat. (EFE)
El candidato a la secretaría general del PSOE, Pedro Sánchez, participa en una carrera nocturna en L'Hospitalet de Llobregat. (EFE)

Pedro Sánchez aterrizó el pasado fin de semana en Barcelona, de campaña de primarias. Programó una entrevista en 'La Vanguardia' y en ella clavó el titular que traía enlatado para la ocasión: “Cataluña es una nación y España una nación de naciones”.

Que nadie se entusiasme ni se alarme en demasía. A Pedro I el Derrocado siempre le han sobrado arte y soltura de cuerpo para adaptar sus mensajes a los requerimientos del contexto y del auditorio. De hecho, un somero recorrido por Google y YouTube proporciona un surtido de declaraciones dispares sobre el mismo tema en distintos momentos y lugares. En las materias importantes, Pedro nunca fue excesivamente persistente en sus opiniones.

Sin embargo, el asunto es serio y el momento también, y merecen ser tratados como algo más que un 'sound bite' de campaña electoral. Dejemos pasar (sólo por esta vez) la tosca manipulación del pensamiento de Gregorio Peces-Barba que perpetra Sánchez en la entrevista, y vayamos al tema de fondo.

La cuestión del ser de España puede abordarse desde un punto de vista intelectual en el marco de un debate más o menos académico. ¿Qué es España?, es algo que se han preguntado durante siglos historiadores, literatos, filósofos y estudiosos de la política, sin llegar nunca a ponerse de acuerdo en una doctrina común.

La bibliografía al respecto es abundantísima. Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz mantuvieron durante decenios, desde el exilio, una polémica apasionada sobre la realidad histórica de España, no a base de titulares de prensa, sino de volúmenes de mil páginas.

También Joaquín Costa, Unamuno, Ortega, Azaña, Maeztu, Menéndez Pidal, Marañón, Madariaga, Ramos Oliveira, Laín Entralgo, Vicens Vives, Caro Baroja, Raymond Carr… y más próximamente Santos Juliá, Juan Pablo Fusi, Fernando García de Cortázar y tantos otros que han pensado en serio –y frecuentemente han discrepado- sobre el origen y la naturaleza de España.

En ese terreno de las ideas, me cuesta poco compartir la tesis de que caracterizar a España como una nación de naciones es lo que mejor se ajusta a su formación histórica.

No es historiador ni plantea un debate teórico. Es un político profesional que pone sobre la mesa una propuesta concreta con importantes consecuencias

Pero Pedro Sánchez no es historiador ni plantea un debate teórico. Es un político profesional que, al parecer, pone sobre la mesa una propuesta concreta, una decisión para tomar aquí y ahora, con importantes consecuencias prácticas.

¿Cuál es esa propuesta? Según sus propias palabras, cambiar la Constitución para reconocer expresamente a España como un Estado plurinacional, atribuyendo a Cataluña y al País Vasco – y sólo a ellas- la condición de naciones singulares dentro de la nación española.

Ahora bien: si un dirigente responsable propone algo de esa trascendencia –que afecta a la propia definición constitucional del Estado y tendría repercusiones en cadena en todo el ordenamiento jurídico-, está obligado a continuación a responder a unas cuantas preguntas:

Primera: ¿Qué modificaciones jurídicas en concreto haría para llevar a cabo su propuesta?

Sólo se me ocurren dos caminos legales para dar ese paso: el primero sería reformar el artículo 2 de la Constitución. El segundo, que el Tribunal Constitucional declare que “nacionalidad” y “nación” son la misma cosa, constitucionalmente válidos por igual.

Pero el TC ya sentó su doctrina en la famosa sentencia sobre el Estatuto de Cataluña: “La nación que aquí importa es única y exclusivamente la nación en sentido jurídico-constitucional. Y en ese específico sentido, la Constitución no conoce otra que la Nación española”.

Así que la única forma de hacer lo que Sánchez desea es alterar el artículo 2 de la Constitución para introducir en él la palabra “naciones”. El texto resultante hablaría de la nación española y de “las naciones y regiones que la integran”.

Tras la “reforma Sánchez”, España quedaría como una nación con otras dos naciones dentro; y los demás, amontonados en confuso barullo regional

Lo que nos conduce a la segunda pregunta: A partir de ahí, ¿quién otorgaría a cada territorio la condición de nación o de región? ¿La propia Constitución, o sería un “sírvanse ustedes mismos”? Pedro Sánchez nos da su respuesta: “Ese reconocimiento (el de nación) se tiene que dar en la Constitución tanto al País Vasco como a Cataluña”.

Lo que significa que, tras la “reforma Sánchez”, España quedaría como una nación con otras dos naciones dentro, Cataluña y Euskadi; y todos los demás, amontonados en confuso barullo regional.

La tercera pregunta, inevitable, es qué consecuencias prácticas tendría ese cambio jurídico. Porque supongo que no se pone patas arriba la definición constitucional del Estado con un propósito meramente retórico: una reforma jurídica –y esta no es menor- sólo tiene sentido si transforma la realidad.

¿Se derivarían de ello diferencias entre el autogobierno de los territorios reconocidos como naciones y el de los demás? ¿Afectaría al modelo de financiación? ¿En qué términos se expresaría institucionalmente la plurinacionalidad? ¿Cómo se relacionarían las dos naciones así reconocidas con la nación española y con las que quedaran excluidas de esa condición?

Y por último, ¿con qué mayoría parlamentaria y con qué mayoría electoral se propone Sánchez sacar adelante esa reforma? Les recuerdo el método: mayoría de dos tercios en el Congreso y en el Senado, disolución de las Cortes, elecciones generales, nueva votación en ambas Cámaras repitiendo la mayoría de dos tercios y, finalmente, referéndum. ¿Qué probabilidad vislumbra Pedro Sánchez, con el actual mapa político, de armar un consenso sobre su propuesta capaz de completar todo ese recorrido sin quebrarse?

Quien aspira a gobernar España no debe salir a plantear un asunto de esta envergadura sin haber echado una larga pensada a sus implicaciones

A mi juicio, quien aspira a dirigir un partido y a gobernar España no puede ni debe salir a plantear públicamente un asunto de esta envergadura sin haber echado una larga pensada a todas sus implicaciones y tener respuesta para la multitud de interrogantes que suscita. Eso es lo que distingue a un político responsable de un charlatán.

En todo caso, empezaré a tomar en serio esta idea de Pedro Sánchez cuando, además de explicar con detalle todo lo anterior, la repita en los mismos términos en un mitin en Toledo, en Canal Sur y en 'La Voz de Galicia'.

Pero si sólo se trata de apostar a las primarias y endulzar los oídos de los-compañeros-y-compañeras-del-pesecé, por favor, que juegue con juguetes menos peligrosos. Ya sabe, el blabablá de La Militancia, El Noesnoísmo y el modelo portugués, todo eso que le queda tan mono y que no hace daño a nadie.

Una Cierta Mirada
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