La amarga victoria de Sánchez y la dulce derrota de Casado

El espíritu de Borgen se ha instalado definitivamente en la política. Aquí ganar unas elecciones ya no significa tener más votos que los demás, sino construir combinaciones que den mayorías de gobierno

Foto: El líder del PSOE, Pedro Sánchez. (Reuters)
El líder del PSOE, Pedro Sánchez. (Reuters)

Objetivamente, el PSOE arrasó en las elecciones de ayer. En las autonómicas, quedó primero en 10 de las 12 comunidades autónomas que votaron. En las municipales, por primera vez en mucho tiempo superó al PP en votos y en número de concejales electos; en las europeas obtuvo una victoria incontestable, con 4 puntos más que en las generales, aventajando al PP en 13 puntos y convirtiéndose en el primer partido socialdemócrata de Europa.

Sin embargo, en la comparecencia de Pedro Sánchez y su corte había un inconfundible rictus de decepción. Esta vez no se vieron multitudes en la calle, ni banderas rojas ondeando al viento, ni discurso entusiasta desde el balcón de Ferraz. Una sobria declaración para constatar el buen resultado, rostros más bien serios y un preocupado requerimiento a Ciudadanos para que no repita en toda España la jugada andaluza. Cuando el PSOE habla de “las tres derechas” antes de votar, es para meter miedo. Cuando lo hace después, es porque tiene miedo. El discurso de Sánchez no fue muy diferente, ni en tono ni en contenido, al de Susana Díaz en la noche del 2 de diciembre.

El espíritu de Borgen se ha instalado definitivamente en la política española. Aquí ganar unas elecciones ya no significa tener más votos que los demás, sino construir combinaciones que den mayorías de gobierno. Ya nadie depende solo de sí mismo. Las victorias se cuentan en gobiernos tejidos con pactos; por eso se ha convertido en costumbre ganar perdiendo y perder ganando.

En las elecciones equivalentes de 2015, el PP ganó con claridad y el PSOE obtuvo un resultado paupérrimo. Pero coincidió con el momento más apoteósico de Podemos, y el aluvión de votos morados se convirtió en un negocio espléndido para ambos. El PSOE se encontró con un puñado de gobiernos autonómicos que no esperaba y a Podemos le cayeron del cielo las alcaldías de varias de las mayores ciudades de España.

El resultado del PSOE fue excelente en todo el territorio. Vox se desfondó, y ello salvó al PP pese a su mediocre resultado

Ayer el espejo se invirtió. El resultado del PSOE fue excelente en todo el territorio. El del PP, uniformemente calamitoso. Los socialistas aprovecharon a fondo el viento de cola de las generales, y a los populares solo los salvó del siniestro total el cuantioso voto de retorno procedente de Vox. Si el partido de Abascal hubiera conservado la fuerza de hace un mes, se habría vivido la noche de los cuchillos largos en Génova, 13.

Pero el caso es que Vox se desfondó, y ello salvó al PP pese a su mediocre resultado. Y que Podemos entró en barrena, y ello ensombreció el claro triunfo socialista. A la vista de los datos, nadie creería que a las 12 de la noche los socialistas se retiraban a reflexionar, entre perplejos y taciturnos, y los del PP montaban a toda velocidad el balcón de las celebraciones. Daños colaterales con efectos centrales.

La catástrofe de Podemos (me resisto a seguir poniendo lo de “Unidos”, sea en masculino o en femenino) huele a final de trayecto, al menos en lo que se refiere a Pablo Iglesias. Fracasó en todos los planos: de su imperio municipal de 2015 solo queda Kichi en Cádiz, con el que se detesta recíprocamente. De tomar el cielo por asalto ha pasado a modesto subalterno del PSOE, mendigando un ministerio para su persona y, ahora, alguna consejería menor para los suyos en los escasos gobiernos en que tengan que contra con ellos. En la Comunidad de Madrid Errejón lo humilló en 300.000 votos, una especie de Vista Alegre III . Y en el Ayuntamiento es corresponsable de la derrota de Carmena con su vengativa petición de voto a la candidatura inviable de IU: 43.000 votos inútiles que habrían sido preciosos para salvar esa alcaldía para la izquierda.

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

El otro responsable de esa pérdida es Pedro Sánchez por su elección caprichosa de un candidato absurdo. En la ciudad de Madrid, el PSOE ha obtenido en la urna municipal 12 puntos menos que en la autonómica y Pepu ha logrado el difícil objetivo de empeorar el resultado de Carmona en 2015. Posiblemente, Madrid es la única capital de España en que el PSOE ha retrocedido respecto a la elección anterior. No fue una buena idea estratégica que la izquierda aceptara el reto de jugarse el resultado político de las elecciones en Madrid. Quizá deslumbrada por el resultado de las generales y por la luz de sus candidatos, creyó que podría hacerse con las dos joyas de la corona –el ayuntamiento y la Comunidad- y asestar al PP el golpe de gracia en su propia fortaleza. Finalmente, la doble derrota de Carmena y Gabilondo se ha convertido en la noticia de la jornada y en un enorme balón de oxígeno para Pablo Casado. Es lo que sucede cuando se juega imprudentemente con las expectativas.

La catástrofe de Podemos huele a final de trayecto, al menos en lo que se refiere a Iglesias. Fracasó: de su imperio de 2015 solo queda Kichi en Cádiz, con el que se detesta recíprocamente

Ciudadanos también ha quedado claramente por debajo de sus expectativas y ha retrocedido respecto a las generales. Sin embargo, su posición postelectoral es envidiable. En no menos de siete comunidades autónomas y en innumerables ciudades, sus votos serán claves para definir las mayorías de gobierno. Casado está en manos de Rivera: todos los gobiernos a los que puede aspirar dependen del apoyo de ciudadanos. Y el PSOE, muy a su pesar, también tendrá que recurrir a Cs para conservar gobiernos importantes, como el de Aragón, en los que la raquítica 'performance' de Podemos le ha privado de socios efectivos por la izquierda. Un plan inteligente de acuerdos puede proporcionar a Ciudadanos una cuota de poder territorial que, en España, imprescindible si quiere pasar de ser un partido de juguete a una organización que merezca tal nombre.

Quizá el escenario más interesante sea el que se abre en Navarra. El PSOE será allí el árbitro que decida quién gobierna allí: una coalición de la derecha como Suma Navarra (UPN, PP y Ciudadanos), o una coalición abertzale con la presencia necesaria de Bildu. Y no puede eludir la decisión, porque ninguna de las dos suma sin contar con el apoyo socialista. No será la primera vez que la posición de los socialistas navarros sobre su gobierno se decide en la cúpula nacional del PSOE; y esta vez con una investidura presidencial en camino. Me interesa más eso que el final de 'Juego de Tronos'.

En todo caso, los parámetros principales de la política nacional ya están definidos desde el 28-A y no habrían cambiado con cualquier resultado de esta elección. Ahora se entiende mejor por qué Pedro Sánchez decidió que se jugara antes la final que la semifinal.

Una Cierta Mirada
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