El viaje prodigioso de Pedro Sánchez: de Frankenstein al 'con Casado, sí'

Como surfista de la política, el líder socialista no tiene igual. Ha acreditado una capacidad extraordinaria de situarse de modo que la ola, sin importar la dirección, le impulse

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Casado, en un encuentro en Moncloa. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Casado, en un encuentro en Moncloa. (EFE)

Como surfista de la política, Pedro Sánchez no admite parangón. Ha acreditado una capacidad extraordinaria para situarse de modo que la ola, cualquiera que sea su dirección, lo impulse hacia su objetivo. Cierto que ha de desmentirse y reinventarse con frecuencia y velocidad supersónicas, pero lo hace con soltura de cuerpo avalada por el éxito. A ello le ayudan la implantación cuartelera del silencio de los corderos en su partido y la memoria de pez que padece nuestro organismo social.

Se diría que es imposible tomar el poder con la colaboración necesaria de la izquierda radical-populista y de las fuerzas secesionistas, sostenerse durante un año con esos mismos apoyos, haber estado hace solo tres meses a punto de formar un Gobierno de coalición del modelo Frankenstein y disponerse ahora a disputar las elecciones abominando de sus más recientes costaleros y enarbolando las banderas de la moderación política, la estabilidad institucional y la unidad de España, como si este discurso fuera una emanación natural del anterior.

Se diría también que quien paseó a Quim Torra por el jardín de Guiomar en la Moncloa, se hizo la foto ignominiosa de Pedralbes e intercambió requiebros y lisonjas con Rufián y cortesías con Otegi por el precio de una abstención no puede mostrarse impunemente, un instante después, como látigo de independentistas y Cid Campeador de la integridad territorial de España. Me pregunto cómo habría sido el manejo de Sánchez si la célula presuntamente terrorista de Sabadell hubiera sido apresada en plena negociación para la investidura con Iglesias y Junqueras.

Habrá quienes babeen ante este frenético travestismo como si fuera una obra maestra de planificación estratégica, porque en España somos muy de confundir la picardía con el genio. Pero la realidad es más prosaica. Cuando las segundas elecciones se hicieron corpóreas, comenzó a verse que Sánchez se ha metido en un verdadero lío y que la criatura del 10-N viene de culo para el PSOE. Como mínimo, este parto va a ser doloroso.

Algunos números elementales muestran que:

a) El previsible aumento de la abstención es una amenaza real para la izquierda en general y para el PSOE en particular. El empate de abril entre los bloques puede romperse a favor de la derecha en cuanto la participación en la noche electoral baje del 70%.

Teodoro García Egea y Pablo Casado, en una reunión del PP. (EFE)
Teodoro García Egea y Pablo Casado, en una reunión del PP. (EFE)

b) La subida del PP pone en peligro el liderazgo socialista en un buen puñado de provincias pequeñas y medianas de abrumadora mayoría conservadora. En abril, el PSOE recolectó el 66% de los votos de la izquierda y el PP solo el 39% de los de la derecha. Ello permitió a los socialistas ser la primera fuerza, con porcentajes modestos, en 43 de las 52 circunscripciones. Pero aunque el PSOE mantenga su fuerza, si Casado logra hacerse con algo más del 50% de los votos de su bloque y sobrepasa el 20% (una hipótesis más que verosímil), la distancia entre ellos se recortará drásticamente, con efectos igualmente drásticos sobre los escaños. Ello obligaría al PSOE a acaparar el 75% de los votos de la izquierda, con el problema añadido de que ahora estos se repartirán en tres porciones. Y ello no para avanzar, simplemente para mantenerse.

c) Si analizamos el mapa de las circunscripciones, es fácil comprobar que, salvo un gigantesco salto electoral, el PSOE tendrá una gran dificultad para obtener escaños adicionales. En las provincias pequeñas ya recibió la prima del ganador y no hay más que rascar. Y en las grandes, bastante trabajo tendrá para que la cuota de Errejón no reduzca su parte del pastel.

d) En abril, los dirigentes territoriales del PSOE tenían el poderoso incentivo de unas inmediatas elecciones municipales y autonómicas en las que se jugarían su propio rancho. Necesitaban que a Sánchez le fuera bien, y se dejaron la piel en ello. Ahora, muchos están estrenando gobiernos de coalición con Podemos, y se les pide que dediquen los dos próximos meses a matarse con sus aliados. Solo quien desconozca la compleja ingeniería de una campaña electoral puede depreciar la importancia decisiva de la maquinaria orgánica —especialmente para los grandes partidos— y la dificultad de que arranque cuando no lo desea.

e) Por poco que consiga la confederación de partidos regionales liderada por Íñigo Errejón, es impensable que ello no opere, en buena parte, en detrimento del PSOE. En abril, más de un millón y medio de votantes de UP se pasaron al PSOE. Eran los que más querían asegurar un Gobierno de izquierdas, y cabe presumir que ahora están entre los más frustrados por el estropicio. La idea central de la campaña de Errejón (“si quieres que pase algo diferente, vota diferente”) apunta directamente a ese colectivo.

Íñigo Errejón, en un acto de Más Madrid. (EFE)
Íñigo Errejón, en un acto de Más Madrid. (EFE)

Puestas así las cosas, Sánchez ha constatado que no le basta con culpar a los demás de su fracaso en la investidura. Necesita un potente elemento reactivo que establezca un nuevo marco para esta elección y catalice el voto al poder. La coyuntura se lo ha puesto en bandeja: ganar las elecciones cabalgando sobre un nuevo incendio político en Cataluña.

En abril, Sánchez anestesió la presencia del conflicto catalán en la campaña para sustituirla por la confrontación entre bloques. El elemento reactivo fue entonces el tripartito andaluz y la plaza de Colón. Ahora se trata de efectuar la maniobra inversa: elevar en todo lo posible la temperatura en Cataluña y centrar allí el foco para difuminar el malestar de la izquierda por el fiasco de la investidura y la inquietud social ante las negras perspectivas económicas. Torra está llamado a jugar en esta función, a favor del oficialismo, el papel que en abril desempeñó Vox.

A poco que la reacción de los independentistas tras la sentencia adquiera ribetes insurreccionales, veremos a Sánchez envolverse en la rojigualda, enarbolar la espada del Estado y convertir la amenaza a la unidad de España en el monotema de las elecciones. No les extrañe que, en su nueva caracterización, el presidente convoque a Casado y Ribera para requerir su apoyo a alguna medida de emergencia.

¿Y después del 10-N, qué? Con Ciudadanos desfallecido, al PSOE, presumible ganador, solo le quedarán dos vías: o una dudosa mayoría absoluta con Iglesias y Errejón —sin contar ya con los nacionalistas—, o un entendimiento con Pablo Casado para fijar la foto del bipartidismo renacido. Una abstención patriótica del PP, un acuerdo de básicos (Cataluña, Bruselas, financiación autonómica) y el ansiado Gobierno monocolor estará servido.

Varias encuestas recientes muestran un Parlamento en el que la única combinación que suma es PSOE-PP. Sospecho que ambos, Casado y Sánchez, se mueren de ganas de que ese sea el resultado. Lo difícil será adiestrar a los militantes para que esa noche, en la calle Ferraz, se coree '¡Con Casado, sí!'.

Una Cierta Mirada
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