El escalofrío: España, en sus manos

Tras esa foto, Sánchez al fin puede hacer lo que siempre deseó. El partido insurreccional se ve legitimado como interlocutor imprescindible y se le hace entrega oficial de la llave del Gobierno

Foto: El secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, junto a la portavoz parlamentaria socialista, Adriana Lastra, y el portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián. (EFE)
El secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, junto a la portavoz parlamentaria socialista, Adriana Lastra, y el portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián. (EFE)

En la primera escena (diciembre de 2015) vemos al comité federal del PSOE prohibiendo taxativamente a Sánchez que “inicie el diálogo” (sic) con cualquier partido que cuestione la Constitución o defienda “la autodeterminación, el separatismo o las consultas que buscan el enfrentamiento”. Este, muy a su pesar (como declaró meses más tarde), niega albergar semejante propósito y acepta la interdicción. El PSOE aún se parecía al PSOE.

La segunda escena nos lleva a octubre de 2016, en el mismo lugar y órgano. Ahora es el secretario general el que lanza un chantaje a su partido: os sometéis a mi designio o vamos todos al precipicio de las terceras elecciones. Se desata una carnicería que termina con el líder por los suelos y el partido fracturado. El PSOE tiene que apuñalarse para intentar seguir siendo el PSOE.

El escalofrío: España, en sus manos

La tercera escena es de junio de 2018, en el Congreso de los Diputados. La insurrección institucional en Cataluña se ha consumado y sus responsables esperan juicio en la cárcel. Pero entretanto, el líder abatido ha derrotado por vía plebiscitaria a quienes quisieron ponerle límites, los ha hecho firmar un acta de rendición y se ha desprendido de todo control a su poder recuperado. La dirección del PSOE ya es unipersonal.

En esa escena vemos a Sánchez convertirse en presidente del Gobierno con el apoyo de Podemos y de los nacionalistas, incluidos los sublevados de octubre del 17. Pero un resto de pudor le hace usar a Iglesias como emisario negociador con los diputados de Puigdemont, Junqueras y Otegi, lo que le permite gobernar durante 10 meses asegurando que no tiene ningún acuerdo con los independentistas y que su apoyo fue gratuito. El PSOE se hace irreconocible.

La cuarta escena es del martes siguiente a las elecciones del 10-N. Sánchez ya está desbocado, sabe que nada ni nadie en su partido intentará frenarlo (los ha sometido a todos) y mete la directa. En 24 horas, negocia y anuncia un Gobierno de coalición con Iglesias, privando de sueño —son sus palabras de una semana antes— al 95% de los españoles. Por supuesto, ha desaparecido aquel comité federal que un día se llamó órgano de dirección.

Llegamos a la quinta y antepenúltima escena, rodada y exhibida en el día de ayer: en ella vemos a los delegados de Sánchez traficando el precio de la investidura con los enviados de un tal Junqueras, que dirige el trato desde un presidio en el que cumple condena por sedición y malversación. El futuro de España, en manos de Lastra y Rufián: les aseguro que no es un episodio de 'Black Mirror'.

Ya no hay disimulos ni intermediarios para camuflar el contubernio. Tras esa foto, Sánchez al fin puede hacer abiertamente y sin pedir permiso a nadie lo que siempre deseó. El partido insurreccional se ve legitimado como interlocutor imprescindible y se le hace entrega oficial de la llave del Gobierno de España. Pase lo que pase en los próximos días, esa foto y lo que implica surtirá efectos duraderos y profundos. De hecho, para ERC el pacto era la foto: ya está conseguida, detrás vendrán más.

El comunicado con el que los socialistas informan de la coyunda contiene todas las claves de la operación:

Para empezar, descubrimos que no fue una reunión entre dos partidos, sino entre tres. “PSOE, PSC y ERC han celebrado hoy la primera reunión…”

Para empezar, descubrimos que no fue una reunión entre dos partidos, sino entre tres. “PSOE, PSC y ERC han celebrado hoy la primera reunión…”. Salvador Illa no se sentó como integrante de una delegación del PSOE, sino como representante de su propia organización en una sesión tripartita. De igual a igual, como diría Pere Aragonès.

Además, resulta que ERC no solo tiene la llave de la investidura de Sánchez: también se le otorga la de la estabilidad política, la agenda de derechos sociales, la de los derechos civiles y laborales, la situación industrial y la orientación de la política económica, porque se le suplica apoyo a los Presupuestos del Estado. Todo ello no referido a Cataluña sino “al conjunto de España”. La síntesis del delirante texto es la siguiente: España está bloqueada y el único que puede desbloquearla se llama Junqueras. Lo que, sin duda, hará guiado por su acreditado amor a España.

Por el camino, se reproducen toda la ritualidad y la terminología del bando insurreccional. El vocabulario (“la reunión se ha desarrollado en un ambiente de diálogo constructivo y con voluntad de entendimiento”) es el propio de una cumbre internacional. Se olvidó aquello del “problema de convivencia”, sustituido por “el conflicto político”, importado directamente del diccionario de Batasuna. Y tan importante es lo que se dice como lo que se omite: no aparecen para nada las palabras ley o Constitución. Ni siquiera aquella vergonzante mención al “ordenamiento jurídico” que se introdujo en Pedralbes. Y eso que es un comunicado del PSOE (perdón, un comunicado conjunto del PSOE y del PSC, aunque quizá sería más adecuado invertir el orden).

Es probable que se dé cumplimiento formal a la exigencia de ERC de una reunión “entre gobiernos”, escenificando un encuentro entre vicepresidentes

Las próximas escenas están cantadas. Es probable que se dé cumplimiento formal a la exigencia de ERC de una reunión “entre gobiernos” previa a la investidura, escenificando un encuentro formal entre vicepresidentes, lo que libra a Sánchez de dar la cara y evita la engorrosa (para ambas partes) presencia de Torra.

Se tratará de cerrar un acuerdo de mínimos, un compromiso genérico de negociación sin limitaciones, dejando lo más problemático para después de la investidura. Uno deja de señalar la Constitución como marco y límite obligatorio del negocio y el otro aparca por el momento las menciones expresas a la autodeterminación y la amnistía.

El escalofrío: España, en sus manos

El objetivo inmediato —compartido— es dejar a Sánchez asentado en la Moncloa cuanto antes. Él es agudamente consciente de que, una vez elegido, nadie lo podrá echar, puesto que ninguna moción de censura puede prosperar en este Parlamento. Y ERC se habrá asegurado en Madrid un Gobierno encadenado a sus socios —o lo que es igual, manos libres para ellos en cuanto se hagan con la presidencia de la Generalitat—. Cada uno obtiene ahora lo que más desea y ya habrá tiempo para traicionarse mutuamente (lo que ambas partes dan por descontado).

Cada uno obtiene ahora lo que más desea y ya habrá tiempo para traicionarse mutuamente (lo que ambas partes dan por descontado)

Sucede que uno empieza a tener la impresión de que este disparate conviene a todos. Abascal debe estar metiendo champán en la nevera. Casado sabe que solo tiene que sentarse a esperar a que el tinglado estalle (que estallará) para que el poder caiga en sus manos en las siguientes elecciones. Iglesias se dispone a vivir su momento estelar. Sánchez, lo dicho: un contrato no rescindible como inquilino de la Moncloa. Esquerra, con la llave de Cataluña en una mano y la de España en la otra. Puigdemont ve la ocasión de triturar a su enemigo por pactar con el enemigo. El PNV pide su turno: ¿negociación de igual a igual, conflicto político, diálogo sin limitaciones? Oiga, yo soy el siguiente. Y Otegi podrá presumir de que ya ha dado tres veces el Gobierno a los socialistas: dos en España y una en Navarra, sin tener que renegar de ETA.

Señoras y señores, estamos en sus manos. ¿A todos conviene? A España, no. Pero eso, ¿a quién le importa?

Una Cierta Mirada
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