Un Clásico en estado de excepción

"Así es el nazionalismo español, junto al nazismo, la peor de las condiciones humanas. Pero aquí estamos nosotros para hacerles frente, siempre"

Foto: Esteladas y pancartas en favor de los políticos presos en el Camp Nou. (EFE)
Esteladas y pancartas en favor de los políticos presos en el Camp Nou. (EFE)
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"Así es el 'nazionalismo' español, junto al nazismo, la peor de las condiciones humanas. Pero aquí estamos nosotros para hacerles frente, siempre".

Este es uno de los 293 comentarios que acompañan a una noticia, publicada este lunes en un periódico deportivo, según la cual los jugadores del Barcelona y los del Real Madrid se trasladarán juntos al Camp Nou (en autobuses distintos, pero saliendo del mismo hotel a la misma hora) para prevenir agresiones en la ruta. Se supone que la función del autobús del Barça es ejercer de escudo de su rival, protegerlo de bestias como el autor del comentario. En este caso, los deportistas se prestan a realizar parte de la función que ninguna policía sería capaz de cumplimentar.

Si usted fuera independentista y socio del Barcelona, ¿llevaría a su hijo pequeño este miércoles al estadio? No, si le queda un resto de cordura. No solo por su seguridad física, también por su integridad moral. Usted sabe igual que todos que, en el mejor de los casos, lo que se vivirá mañana en ese recinto no es de la clase de cosas que un niño debe ver y escuchar. No digamos si usted es un connotado constitucionalista: en ese caso, aparecer por los alrededores del Camp Nou con un menor sería imprudencia temeraria.

Un Clásico en estado de excepción

Nadie sabe lo que sucederá este miércoles en Barcelona (y no me refiero al resultado del partido). No se sabe porque ninguna autoridad pública está en condiciones de garantizar la normalidad fuera y dentro del estadio. Las fuerzas de seguridad están bien adiestradas para hacer frente a turbas de hinchas violentos empapados en alcohol; pero no para frenar guerrillas urbanas organizadas, amparadas desde el poder, dispuestas a aprovechar la concentración de varias decenas de miles de aficionados y la presencia de televisiones de todo el mundo para que el suceso abra los informativos —y no precisamente en la sección de deportes—.

Asumiendo de entrada que no será un partido de fútbol normal, la gravedad de los disturbios dependerá exclusivamente de la voluntad de los agentes del desorden y de quienes los mueven con mando a distancia. Si no sucede nada incompatible con el juego, será porque las partidas de la porra que en septiembre y octubre se enseñorearon de las calles de Barcelona consideren que esta vez no les conviene pasarse de la raya. Si los alborotos se limitan a los alrededores del campo, será porque alguien habrá dado la orden de que así sea. Si, por el contrario, deciden que el partido no pueda jugarse o llegar al minuto 90, nada ni nadie podrá pararlos.

¿No dijo la siniestra presidenta de la ANC que las imágenes de violencia resultan útiles porque dan visibilidad al conflicto? Pues no existe ocasión de tanta visibilidad como un Barça-Real Madrid. La única esperanza es que el criterio de oportunidad les aconseje contener la revuelta: los dos jefes políticos de la sublevación están a la espera de decisiones judiciales, hay una negociación política en marcha para hacerse con el control del Gobierno de España y en Cataluña huele a convocatoria inminente de elecciones. Pero lo bueno o malo que suceda mañana está exclusivamente en las manos de quienes gradúan a su conveniencia el grifo de los estragos callejeros.

Si todo se salda en relativa paz, al día siguiente no hablaremos de la eficacia policial o de la benéfica previsión del club anfitrión; más bien trataremos de interpretar a qué designio político obedece ese autocontrol.

Esteladas durante el partido Barcelona-Manchester City. (Reuters)
Esteladas durante el partido Barcelona-Manchester City. (Reuters)

Lo grave del caso es constatar que en Cataluña no existe ya una autoridad pública capaz de garantizar el orden y el cumplimiento de la ley. Porque las instituciones encargadas de ello cortaron el cordón umbilical con el principio de legalidad, y eso jamás deja de producir efectos profundos sobre la moral social. Porque la policía y la guardia civil están en trance de ser desterradas de Cataluña a cambio de una abstención. Porque los Mossos d’Esquadra acaban de sufrir el acoso de sus propios jefes políticos por enfrentarse a los cachorros de la revolución. Porque en la mesa tripartita ya se ha aceptado que la Constitución sea sustituida por una vaporosa mención a la “seguridad jurídica”, que es la antesala de la anomia cronificada. Y porque el autodenominado Govern de la Generalitat es más bien un piquete de agitación con un chiflado al frente.

Lo que hoy decimos del clásico futbolero puede predicarse de cualquier otro evento de gran notoriedad. La reciente cumbre del clima no podría haberse celebrado en Barcelona por dos motivos: a) porque nadie garantizaba la seguridad y b) porque, como recuerdan los organizadores de los Juegos Olímpicos del 92, un acto de esa magnitud solo es viable si se da una intensa colaboración entre todas las administraciones, lo que resulta impensable en la actual situación de Cataluña.

Si alguien quiere organizar un gran evento en Barcelona, lo tiene que negociar antes con la ANC, el Òmnium Anticultural, los CDR y el Tsunami Anónimo. Es probable que se le exija el peaje de algún guiño hacia Waterloo y Lledoners: por ejemplo, que pronuncie varias veces, venga o no a cuento, palabras como 'conflicto', 'nación' y 'diálogo'. Y deberá someter la lista de invitados a la supervisión del comisariado político, no vaya a ser que alguna 'persona non grata' se cuele sin recibir el escrache reglamentario.

Cataluña vive en un estado de excepción permanente en el que nada es lo que debería ser. Ni el Gobierno gobierna, ni la oposición se opone, ni en el Parlamento se parlamenta ni se legisla, ni la policía protege, ni el fútbol es solo fútbol. Lo malo es que tanta anomalía se normalice, que sus habitantes se habitúen a ella y se sorprendan de nuestra sorpresa. La historia demuestra que por ahí comienza siempre la ruta del infierno.

Una Cierta Mirada
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