Nadia Calviño, la mujer de Bruselas en Madrid

Calviño​ puede obtener la presidencia del Eurogrupo por lo poco que se parece al Gobierno del que forma parte

Foto: La ministra española de Economía, Nadia Calviño, a su llegada a una reunión del Consejo de Asuntos Exteriores de la UE. (EFE)
La ministra española de Economía, Nadia Calviño, a su llegada a una reunión del Consejo de Asuntos Exteriores de la UE. (EFE)
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Nadia Calviño es una 'rara avis' dentro de la variopinta fauna que forma este Consejo de Ministros. Su perfil tecnocrático, su talante moderado, su orientación social-liberal y su trayectoria profesional —mucho más vinculada a la sofisticada burocracia bruselense que a la atmósfera silvestre de la política doméstica— la separan radicalmente de la mayoría de los componentes del Gobierno, empezando por su presidente. Es ese hecho diferencial el que hace que su candidatura a la presidencia del Eurogrupo tenga muchas probabilidades de salir adelante. Calviño puede obtener el puesto por lo poco que se parece al Gobierno del que forma parte.

Si fuera por la orientación ideológica del Gobierno, su candidatura estaría abocada al fracaso. Solo cinco de los 19 países del Eurogrupo tienen gobiernos de centro-izquierda o izquierda. Si quieren, añadan Alemania —cuyo ministro de Economía es socialdemócrata— y al inclasificable Macron. De ellos, el español es, de lejos, el más radical. Ningún otro alberga en su seno un partido populista de extrema izquierda; y, desde luego, ninguno se apoya en fuerzas nacionalistas impugnadoras del orden constitucional. Observando la composición política del Consejo Europeo y del propio Eurogrupo, el Gobierno español es inequívocamente sospechoso.

Si fuera por la gestión de la pandemia o por la situación económica de España, Calviño estaría fuera de la carrera de saque. Es muy difícil imaginar cómo el país que —junto a Italia— ostenta el récord de fracaso epidemiológico en la UE y que ostentará también el récord de recesión económica y destrucción de empleo puede suscitar la confianza de los miembros del suspicaz club para desempeñar, en medio de la tormenta, la función arbitral que se atribuye a la presidencia del Eurogrupo.

¿Cómo es posible que la ministra de Economía del Gobierno más izquierdista de Europa obtenga el apoyo mayoritario de un órgano claramente dominado por la derecha? Y en un clima de confrontación sectaria como el que existe en la política española, ¿cómo es posible que una ministra del Gobierno de Sánchez e Iglesias —el Gobierno socialcomunista, el amigo de los filoetarras, el que pretende implantar una dictadura constitucional— reciba el respaldo incondicional de la oposición conservadora —la que habita en la ultraderecha, la que sabotea el interés nacional, la que conspira para derrocar al Gobierno legítimo—?

¿Cómo es posible que la ministra de Economía del Gobierno más izquierdista obtenga el apoyo mayoritario de un órgano dominado por la derecha?

Pues quizás, aunque parezca paradójico, precisamente por eso. Lo que propulsa a Calviño no es la fiabilidad de este Gobierno ni las condiciones objetivas del país; más bien, lo que la distingue de ellos es su baza principal. Ningún otro miembro de este Gobierno —incluido su presidente— tendría probabilidad alguna de optar a un puesto de esa envergadura.

Para todo aquel que desconfíe de un Gobierno conducido por la dupla Sánchez-Iglesias o que tema una deriva socialpopulista en la economía de la cuarta potencia de la Unión Europea, la ministra de Economía es la única defensa efectiva para garantizar en España una política económica sensata y anclada en la ortodoxia. Cuando los Veintisiete se disponen a meterse en una operación gigantesca de endeudamiento colectivo para reparar los daños de la pandemia y navegar la gran depresión, no se puede correr el riesgo de que un país del volumen de España se entregue al populismo económico: ello podría hacer que naufragara el proyecto entero. Hay que fortalecerlo, especialmente frente a su desaprensivo presidente y su peligroso aliado.

Europa entera sabe que Calviño ha amagado ya dos veces con dimitir para frenar sendos movimientos descabellados urdidos en Moncloa. No debe haber una tercera, que sería la definitiva. La presidencia del Eurogrupo es el blindaje ideado para ella por sus valedores europeos.

Visto desde la oposición: una vez que se asume como un dato de la realidad que Sánchez, con Iglesias o sin él, se va a quedar en la Moncloa hasta el último día de la legislatura, no hay otro camino para reducir el peso de Podemos en las políticas del Gobierno que reforzar la única figura dentro del gabinete que puede ejercer un contrapeso efectivo.

Con Calviño, el Eurogrupo estará sentado en el Consejo de Ministros. Ese será el argumento del PP para convencer a sus correligionarios europeos

El portavoz del PP en el Parlamento Europeo, Esteban González Pons, se lo explicó ayer de forma cristalina a Carlos Alsina: se trata de que España influya más en Bruselas pero, sobre todo, de que Bruselas influya de modo determinante en el Gobierno español. Por si no se le había entendido, completó la idea: con Calviño, el Eurogrupo estará sentado todos los martes en el Consejo de Ministros. Ese será, sin duda, el argumento principal del PP para convencer a sus correligionarios europeos de que vale la pena promover a la ministra española a un puesto para el que, además, está singularmente dotada.

El Eurogrupo no es un órgano formal de la Unión Europea, pero juega un papel clave en la coordinación de las políticas económicas y en la vigilancia de la ortodoxia presupuestaria de sus miembros. Sería inconcebible que el país que lo preside fuera el primero en salirse de ella; ello le haría perder toda autoridad moral. Por eso, la presencia de Calviño al frente es una garantía adicional para prevenir las verosímiles tentaciones de sus veleidosos colegas de Gobierno. La necesidad de hacer honor a su presidencia atará España a la política común, si no quiere incurrir en una contradicción inasumible.

Por su perfil y trayectoria, pero también por su posición objetiva, Calviño será mucho más la mujer de Bruselas en Madrid que la de Madrid en Bruselas. Y quien dice Bruselas dice Berlín. Solo eso explica la fortaleza de su candidatura.

Si finalmente Nadia Calviño accede al cargo, los equilibrios políticos dentro del Gobierno quedarán drásticamente redefinidos en su beneficio y en perjuicio de Podemos. Hasta ahora, el único miembro del Gobierno al que Sánchez no puede cesar sin un enorme coste político es Pablo Iglesias. A partir de la elección de Calviño, ya serían dos los invulnerables: no es lo mismo cesar o preterir a la ministra de Economía que a la presidenta del Eurogrupo. De hecho, si se produjera una situación límite en la que el presidente se viera compelido a elegir, sospecho que saldría cruz para Iglesias. Se comprende que haya arrastrado los pies hasta el último minuto para avalar la candidatura.

Si se produjera una situación límite en la que el presidente se viera compelido a elegir, sospecho que saldría cruz para Iglesias

Un efecto derivado, pero trascendental, sería completar un formidable repóquer de mujeres al frente de la economía europea en su momento más crítico. Angela Merkel en Alemania; Ursula von der Leyen en la Comisión; Christine Lagarde en el Banco Central; Kristalina Georgieva en el FMI, y, ojalá, Nadia Calviño en el Eurogrupo. Como diría el castizo, casi nadie al aparato.

Una Cierta Mirada
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