Acuerdo sin tregua en Cataluña: la mayoría de Sánchez, en el alero
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Acuerdo sin tregua en Cataluña: la mayoría de Sánchez, en el alero

Si hasta ahora la política española ha estado supeditada a la catalana, es posible que las tornas se hayan invertido y sea la política catalana la que dependa en gran medida de lo que suceda en el escenario nacional

placeholder Foto: El coordinador nacional de ERC y candidato a la investidura, Pere Aragonès, y el secretario general de JxCAT, Jordi Sànchez. (EFE)
El coordinador nacional de ERC y candidato a la investidura, Pere Aragonès, y el secretario general de JxCAT, Jordi Sànchez. (EFE)

En la escandalera semanal del pasado miércoles en el Congreso (eufemísticamente llamada 'sesión de control'), el afamado jabalí parlamentario Gabriel Rufián nos dejó una perla. Dirigiéndose a Sánchez, se lamentaba de que la tribu independentista que rivaliza con la suya lo llama “filosocialista”, baldón infame. Poniendo al propio Sánchez por testigo, remató, dolorido: “¡Y me lo dicen a mí, que he hecho el discurso más salvaje contra ustedes!”.

Por una vez, Rufián dijo dos verdades. Que sus soflamas están entre las más salvajes que se han escuchado últimamente en ese recinto, aunque sea una petulancia histórica atribuirse la medalla de oro del salvajismo parlamentario. Y que en su hábitat político, la brutalidad verbal cuenta como un galardón. Hizo bien el salvaje, ahora fámulo del oficialismo, en exhibir galones de 'feroche'. Pronto tendrá dos presidentes a los que servir, uno en Barcelona y otro en Madrid.

Provocar la repetición de las elecciones catalanas habría sido una salvajada política, un juego de ruleta rusa. Precisamente eso lo hizo verosímil, dada la acreditada vocación autolesiva de los dirigentes independentistas. Finalmente, prevaleció en ambas partes el instinto de conservación, lo que no significa que se hayan enfundado los pistolones en la guerra civil entre las dos facciones del nacionalismo catalán.

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El llamado 'procés', en su primera intención, consistió en aserrar Cataluña del resto de España. Después, en abrir una fractura irreversible entre los catalanes. Y en su fase actual, se ha quedado en una degollina interminable entre bandas secesionistas por el poder doméstico (autonómico, qué se le va a hacer). Mientras esa bronca no se resuelva a favor de una de ellas, Cataluña seguirá sin tener un Gobierno que merezca tal nombre. Visto lo visto, parece que va para largo.

En la elección del 14-F, Puigdemont se quedó a un pelo de triunfar sobre su eterno rival. Solo se lo impidió la escisión del siempre turbio Artur Mas. Desde entonces, la facción de Waterloo ha estado midiendo la temperatura del agua por ver si era posible repetir la jugada y llevarse el botín entero. Finalmente, prefirió firmar el empate, hacerse con una sustanciosa porción del pastel y esperar al siguiente asalto, que comenzará el mismo día de la investidura de Aragonès.

Ni ERC podía renunciar al premio gordo de la presidencia de la Generalitat, ni JxCAT estaba dispuesto a quedar fuera del poder. Una vez que ambas partes lo asumieron, todo fue muy deprisa. Tanto, que dejaron sin resolver las tres grandes cuestiones que, aparentemente, habían atascado toda la negociación: quién dirige la política independentista (que no es lo mismo que la política autonómica), quién y cómo se manejan los tratos con Moncloa, dentro o fuera del Frankenstein, y sobre todo quién controla el gigantesco conglomerado propagandístico en manos de la Generalitat: la televisión y la radio, las subvenciones a la prensa y el reparto patriótico de la publicidad institucional. Todo eso se peleará palmo a palmo entre los dos gobiernos que coexistirán transitoriamente, el inspirado por Junqueras y el patroneado por Puigdemont.

Foto: Pere Aragonès, junto a Jordi Sànchez. (Reuters)

¿Qué vale más, ocupar el palacio de la plaza Sant Jaume o controlar las piezas clave del momento actual, que son las vacunaciones, la pospandemia y la gestión de los fondos europeos, además de la presidencia del Parlament y la red de embajadas de la república malograda? ERC ha alcanzado la corona, que no es poco; pero JxCAT se ha hecho con la caja, que podría ser mucho más.

Lo que sí ha quedado claro es la duración de este acuerdo (que ni siquiera es un armisticio): dos años a partir de la investidura. Dos años es el tiempo fijado por la CUP para revalidar su apoyo en una votación de confianza. Dentro de dos años, habrá elecciones municipales, cruciales para la batalla de poder entre nacionalistas. Y dos años es el tiempo teórico de vida que le queda a la legislatura española. En la óptica de ERC, dos años para consolidar su hegemonía nacionalista. En la de JxCAT, dos años para que se haga manifiesto que no habrá referéndum ni amnistía o para que el PP gobierne en España y la mecha se prenda de nuevo.

Lo que ha conseguido ERC, en suma, es que JxCAT se comprometa a aplazar durante dos años la reactivación de la vía unilateral hacia la secesión. A partir de ahí, se repartirán cartas de nuevo. Incluso ese tiempo podría resultar excesivo para que un tinglado tan frágil se mantenga en pie.

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Si hasta ahora la política española ha estado supeditada a la catalana, es posible que las tornas se hayan invertido y sea la política catalana la que dependa en gran medida de lo que suceda en el escenario nacional, reabierto en todos los frentes tras la convulsión del 4-M en Madrid.

El objetivo monclovita siempre fue pavimentar el acceso de ERC a la presidencia de la Generalitat para blindar su coalición parlamentaria en el Congreso. Aparentemente, la coronación de Aragonès puede considerarse un éxito táctico de Sánchez, que da satisfacción a su socio y se sacude al enojoso Torra o a Borràs, que sería aún más desagradable. Pero, dados los grilletes que le han colocado al nuevo 'president', no está claro que pueda seguir contando establemente con ERC como aliado fiable. Los de Junqueras siempre darán prioridad a lo que exija su batalla doméstica con los de Puigdemont.

Foto: Diseño: Rocío Márquez.

De hecho, Sánchez evitará someterse a votaciones que pongan a prueba la solidez de su mayoría. Lo que significa, por ejemplo, que no habrá Presupuestos para 2022, por mucho que eso irrite en Bruselas. En cualquier momento, a una señal de su amo, el cortesano Rufián podría recuperar su discurso salvaje y su reputación de pirómano.

En la pista lateral en que juegan los demás, se confirma que, en la movida del PSC, Iceta volvió a ser el más listo. Pronto se reabrirá la famosa mesa de negociación. En ella se sentará el ministro Iceta, ejerciendo de muñidor y primer 'consigliere' de Sánchez para asuntos catalanes. Y no estará Salvador Illa, triunfador efímero del 14-F y que ahora hace lo que puede para escapar de la sombra de Arrimadas. Un profesional siempre será un profesional.

En la escandalera semanal del pasado miércoles en el Congreso (eufemísticamente llamada 'sesión de control'), el afamado jabalí parlamentario Gabriel Rufián nos dejó una perla. Dirigiéndose a Sánchez, se lamentaba de que la tribu independentista que rivaliza con la suya lo llama “filosocialista”, baldón infame. Poniendo al propio Sánchez por testigo, remató, dolorido: “¡Y me lo dicen a mí, que he hecho el discurso más salvaje contra ustedes!”.

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