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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Radiografía del 15-M en Castilla y León

El sanchismo dejará como primera herencia una España dominada por la derecha bifronte, y no será precisamente por el mérito de la derecha

Foto: El candidato a la reelección a la Presidencia de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco. (EFE/Mariam A. Montesinos)
El candidato a la reelección a la Presidencia de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco. (EFE/Mariam A. Montesinos)
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Cuando se celebra una elección, las personas normales cometen la vulgaridad de atender a los resultados principales: quién tuvo más votos que los demás y quién gobernará con mayor probabilidad. Como en cualquier competición, tiende a pensarse que gana las elecciones el que queda primero, sobre todo si le sirve para formar gobierno. Son cosas de “la gente”, que no sabe apreciar los matices.

Quienes no se incluyen en el concepto “la gente” son proclives, por ejemplo, a proclamar la frustración del primero y el éxito del tercero, sin duda más relevante, aunque uno doble al otro en votos y en escaños. O a explicar que aquel otro, habituado a ganar en el pasado, “resiste” porque terminó la jornada en la UCI y no en el tanatorio. Es frecuente ver que un partido (no cualquiera, sino uno concreto) cruza la línea de meta con 15 cuerpos de ventaja mientras columnistas y tertulianos se engolosinan con sus errores y glosan bizantinamente sus fracasos.

Los más pintorescos son esos candidatos que, con denominaciones larguísimas y resultados próximos al 5%, se erigen en intérpretes y depositarios del mandato popular (si es que tal cosa existe).

Vista con la óptica vulgar de las personas normales, la elección del próximo 15 de marzo en Castilla y León se parecerá a las de Extremadura, Aragón y, prospectivamente, Andalucía. El voto de la derecha superará ampliamente al de la izquierda, el PP será el partido más votado y el único con probabilidad cierta de gobernar si consigue un acuerdo con Vox, mientras el PSOE carecerá de cualquier posibilidad de aproximarse al Gobierno regional. La única duda que dejará el resultado es en qué condiciones podrá gobernar el PP o si Vox usará su minoría de bloqueo para obligar a que se repita la votación unos meses más tarde.

Foto: elecciones-castilla-leon-pp-psoe-1hms

Un cuadro similar puede pintarse en 15 de las 17 comunidades autónomas y, con gran probabilidad, en las elecciones generales. Exceptuemos Cataluña y el País Vasco y abramos una salvedad para los escasos territorios (Madrid, Andalucía) en los que el PP aún puede soñar con la mayoría absoluta: el cuadro general no cambiará. El sanchismo dejará como herencia una España dominada por la derecha bifronte, y no será precisamente por el mérito de la derecha.

Como suele decir Felipe González, España pasó del bipartidismo imperfecto al bibloquismo perfecto, ese que no admite fisuras ni consensos ni mayorías amplias para las reformas importantes. Ello se sostiene mientras los dos bloques permanecen igualados y sólo en uno de ellos el abanico de los pactos admisibles es infinito. Pero sucede que, en el sanchismo crepuscular, la premisa del empate ventajista ha quebrado, y eso lo cambia todo.

Foto: castilla-leon-comunidad-autonoma-batalla-politica

Salvo cataclismo o crisis constitucional provocada desde el poder (no descarten nada conociendo al personaje), el balance de este ciclo electoral está cantado: hegemonía del bloque de la derecha, victorias en cadena del PP con gobiernos dependientes de Vox, estricta dieta de ayuno de poder para el PSOE, crecida de la extrema derecha, naufragio de la ultraizquierda podemita y oposición de tierra quemada por parte del actual oficialismo. En resumen, una ración de frentismo invertido y una Constitución en vigor, pero cada día menos vigente.

Por lo demás, Castilla y León suele ser electoralmente fiel a sí misma. Salvo en la legislatura de 1983 al rebufo de la marea felipista, el PP gobierna ininterrumpidamente esa región desde hace cuarenta años. Cuando detentó el monopolio del espacio de la derecha, encadenó hasta seis mayorías absolutas. Cuando aparecieron competidores en su espacio (CDS en los años 80, Ciudadanos hasta 2022, ahora Vox) sus porcentajes descendieron. En todo caso, el bloque de la derecha se ha sostenido rocosamente por encima del 50% del voto, mientras el de la izquierda se ha mantenido, con igual tenacidad, por debajo del 40%. Eso es también lo que las encuestas anuncian ahora.

Presumen los sanchistas de que en 2019 superaron al PP en votos, aunque no pudieron gobernar. Sonó la flauta: en esa votación el PSOE tuvo su resultado habitual, un 35%. Sucedió que la derecha se partió en tres (PP, Ciudadanos, Vox) y Casado condujo a su partido al borde de una escisión propia de adolescentes. Aun así, la derecha sumó el 52% como de costumbre, aventajó a la izquierda por más de 12 puntos como de costumbre y gobernó como de costumbre.

Foto: campana-pp-ccastilla-leon

La pauta electoral del PSOE en Castilla y León es subsidiaria de sus subidas y bajadas en España. Cuando llega a la Moncloa, respira un poco. Cuando los gobiernos socialistas entran en fase terminal, se hunde con ellos. Sucedió en 1995 (final del felipismo), en 2011 (hecatombe del zapaterismo) y ya veremos qué sucede en 2026: venderán como un triunfo llegar al 30% y que su desventaja respecto al PP sea menos escandalosa que en Extremadura y Aragón. No sorprendería que Vox rompa la barrera del 20%. Últimamente, al partido de Sánchez sólo le queda el consuelo de jalear los éxitos electorales de la extrema derecha. Hasta que la extrema derecha lo sobrepase.

En esta ocasión tengan precaución con los cálculos de escaños. En Extremadura hay dos provincias y en Aragón una grande y dos pequeñas: proyectar escaños es relativamente sencillo. En Castilla y León hay nueve circunscripciones y en varias el último escaño se decidirá por diferencias ínfimas, indetectables para una encuesta convencional. Se corre el riesgo de hacer estimaciones de votos atinadas y patinar en la adjudicación de escaños (salvo que se abran obscenas horquillas tezanescas, del tipo “entre 2 y 7 escaños”).

En cuanto a los candidatos: a mi parecer, Alfonso Fernández Mañueco resulta ser un gobernante amortizado que nunca logró añadir un voto adicional a los que su marca obtiene inercialmente. Tras el susto de 2022, quizá una cara nueva en esa región le habría venido bien al PP.

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El partido de Sánchez presenta un candidato presentable por una vez y sin que sirva de precedente. Carlos Martínez, alcalde de Soria, es sanchista y sumiso al mando como los demás (de otro modo jamás sería candidato), pero, aparentemente, no pertenece a la facción navajera de la secta. Funcionará bien en su provincia y es digerible en el resto de la región. No llega a constituir en sí mismo una razón de voto, pero, al menos, no opera como una razón de no voto per se como Gallardo y Alegría en Extremadura y Aragón, María Jesús Montero en Andalucía, Óscar López en Madrid y Pedro Sánchez en toda España.

Así pues, lo más verosímil es que Feijóo siga coleccionando victorias de las llamadas amargas y Sánchez dulces derrotas, como viene ocurriendo desde hace cinco años.

Cuando se celebra una elección, las personas normales cometen la vulgaridad de atender a los resultados principales: quién tuvo más votos que los demás y quién gobernará con mayor probabilidad. Como en cualquier competición, tiende a pensarse que gana las elecciones el que queda primero, sobre todo si le sirve para formar gobierno. Son cosas de “la gente”, que no sabe apreciar los matices.

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