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Santiago Satrústegui

Desnudo de certezas

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Dinero, riqueza o fortuna

La idea de un impuesto que penalice la riqueza o la fortuna suena extraña y desincentivadora incluso en una sociedad tan cainita como la nuestra

Foto: Una persona cuenta billetes de euro en un local de cambio de divisas. (EFE/Yander Zamora)
Una persona cuenta billetes de euro en un local de cambio de divisas. (EFE/Yander Zamora)

Hace unos días, la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, anunciaba que el Consejo de Ministros había aprobado la creación de un "impuesto de solidaridad para las grandes fortunas". Más allá de las motivaciones políticas que puedan estar detrás de la iniciativa y de las posibilidades prácticas de que pueda salir adelante sin resultar inconstitucional o recurrible, resulta interesante analizar otros aspectos del anuncio y del debate político que nos enfrentan con el adecuado entendimiento de lo que es verdaderamente la riqueza y de las distintas relaciones que podemos elegir tener con ella.

Sobre la iniciativa, que entiendo totalmente desalineada con los intereses generales, mi opinión es que, de llegar a salir adelante, sería un impuesto injusto y confiscatorio dirigido a penalizar a algunas comunidades autónomas donde, precisamente, las políticas fiscales favorecedoras de la inversión que se tratarían de impedir están ayudando mucho a su desarrollo y, por tanto, a la riqueza de sus ciudadanos.

Foto: Dólares estadounidenses y euros. (Reuters/Dado Ruvic)

Sobre la viabilidad, parece al menos dudoso que la iniciativa pueda salir adelante sin ser recurrida o incluso revertida en el futuro, en el caso de que se produzca a tiempo un cambio político. Un impuesto sintético al de patrimonio como el que se pretende poner en marcha se enfrentaría a innumerables problemas jurídicos y de técnica legislativa.

Lo que me interesa tratar aquí tiene que ver, sobre todo, con la semántica y el relato. Una vez más, nos enfrentamos más a las palabras que a las cosas. Desconozco cuál será el nombre definitivo que se proponga para este hipotético impuesto, pero, de momento, si nos quedamos con la primera forma de llamarlo, "impuesto temporal de solidaridad a las grandes fortunas", se suscitan algunas reflexiones que me parecen interesantes.

Foto: Emiliano García-Page en una imagen de archivo. (EFE/Manuel Podio)

La primera es la idea de que sea solidario, como si todos los demás impuestos no lo fueran. Parece como si se le quisiera dar un punto de voluntariedad, casi como de ESG, ahora que está de moda. Algo contra lo que no estaría bien visto protestar. Como las mafias en Chicago en la época de Al Capone, que llamaban donaciones a las contribuciones nada desinteresadas que imponían a los dueños de los negocios a los que obligaban a dejarse proteger.

Pero todo impuesto es una exacción y una exacción voluntaria es un gran atentado a la lógica, si esta importara para algo o para alguien. Si se busca la voluntariedad, se podría enfocar como un fondo al que se pudiera contribuir, con la posibilidad de velar por la buena gestión y el buen destino de las contribuciones. Ni siquiera haría falta que fuera deducible y podría funcionar mejor, recaudando más y llevando la solidaridad a aquellos que realmente la necesiten.

Dinero, riqueza y fortuna son tres conceptos muy relacionados, pero que probablemente no deberíamos considerar intercambiables

El hecho de que se pretenda que sea temporal, salvo que sea una trampa, como lo fue la temporalidad del impuesto del patrimonio en el año 2011, es un indicio de la falta de consistencia de la medida. Pero es la idea de que se aplique a las 'fortunas' lo que me parece que abre el debate más rico desde el punto de vista conceptual.

Dinero, riqueza y fortuna son tres conceptos muy relacionados, pero que probablemente no deberíamos considerar intercambiables. Tener dinero es una condición necesaria, pero no suficiente, para ser o poder considerar a alguien rico, y la condición de afortunado implícita en la idea de fortuna parecería requerir una exitosa gestión de la riqueza que implicaría otro tipo de métricas.

Foto: Entrevista a Ángel de la Fuente (Fedea). (Fotografías: Ana Beltrán)

La idea de un impuesto que penalice la riqueza o las fortunas suena extraña y desincentivadora incluso en una sociedad tan cainita como la nuestra. Ya veíamos el mes pasado el riesgo que puede tener dejar de reivindicar la abundancia y renunciar al progreso como forma de plantearnos el futuro. Que debemos preferir una sociedad con muchos ricos a una sociedad con muchos pobres es una obviedad que ya, desgraciadamente, conviene repetir de vez en cuando para no perder la referencia.

En el año 1991, un filósofo ahora fallecido, Javier Hernández Pacheco, escribió un libro muy interesante que tituló 'Elogio de la riqueza'. Y lo iniciaba con una confesión muy íntima: "A mí me gustaría ser rico".

Foto: Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, en una foto de archivo. (EFE/Víctor Casado)

Ya advertía entonces de que esta pretensión podía sonar dura, improcedente e incluso indigna de un filósofo, pero, para mí, su tesis sigue totalmente vigente. "Tenemos la obligación de ser ricos", decía, y definía la riqueza como la "superación por parte de la vida del límite negativo que la naturaleza en su penuria representa para ella".

Tiempo tendremos para la reflexión, pero, mientras tanto, conviene tomar nota de las declaraciones que ha hecho el presidente de la Comunidad de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, desmarcándose de esta iniciativa del Gobierno para no quedar atrapado por los frentismos maniqueos que se pretenden suscitar, una vez más, con el debate entre ricos y pobres.

Hace unos días, la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, anunciaba que el Consejo de Ministros había aprobado la creación de un "impuesto de solidaridad para las grandes fortunas". Más allá de las motivaciones políticas que puedan estar detrás de la iniciativa y de las posibilidades prácticas de que pueda salir adelante sin resultar inconstitucional o recurrible, resulta interesante analizar otros aspectos del anuncio y del debate político que nos enfrentan con el adecuado entendimiento de lo que es verdaderamente la riqueza y de las distintas relaciones que podemos elegir tener con ella.

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