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Sonia Pardo

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Por qué la humildad es el algoritmo del éxito

En un mundo obsesionado con gritar lo buenos que somos, la verdadera revolución es tener la valentía de ser normales

Foto: Carlos Alcaraz con el trofeo del Open de Australia. (Reuters)
Carlos Alcaraz con el trofeo del Open de Australia. (Reuters)

La grandeza suele ser discreta. Melbourne, hace unos días. En las tripas del Rod Laver Arena, lejos de la épica de la pista central, huele a vestuario y a humedad. Carlos Alcaraz camina todavía con la adrenalina del partido en el cuerpo. En un cruce estrecho se topa con un operario. El hombre va cargado con una torre de toallas que le llega a la nariz; hace malabarismos para no perder el equilibrio.

Lo que pasa después dura diez segundos. Alcaraz no espera. No mira al techo. Se adelanta, empuja la puerta y la sujeta para que pase el trabajador.

El vídeo se ha vuelto viral al instante. Y eso nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿Por qué es noticia la educación básica? La respuesta es que estamos hartos. Nos hemos acostumbrado tanto al ídolo intocable, aislado en su burbuja, que ver a un número uno comportarse como una persona normal nos parece una rareza.

Pero quedarse en los "buenos modales" es un error. Lo de ese pasillo no es solo cortesía. Es la misma mentalidad que vimos esta misma semana en la final del torneo. Allí vimos la otra cara.

Nos hemos acostumbrado tanto al ídolo intocable, aislado en su burbuja, que ver a un número uno comportarse como una persona normal nos parece una rareza

Novak Djokovic, el hombre con más Grandes de la historia, acababa de perder contra Alcaraz. En el momento más duro, el serbio no puso excusas. Cogió el micrófono y dio una lección. Señaló a la grada, donde miraba Rafael Nadal, y dijo: "Es un honor tenerte aquí". Luego, miró a su rival y sentenció: "No hay palabras para ti. Lo que haces es legendario".

Fue un perdedor que se hizo gigante. Al aplaudir a Alcaraz y honrar a Nadal, Djokovic no se estaba rebajando. Estaba siendo inteligente.

La trampa del cerebro cuando somos arrogantes

Aquí el deporte choca con la ciencia. Si ser humilde es tan rentable, ¿por qué se nos sube el éxito a la cabeza tan rápido? La respuesta asusta: porque nuestro cerebro nos hace trampas.

Hay un estudio famoso de la Universidad de Cornell sobre esto, el Efecto Dunning-Kruger. Todo empezó con una noticia de 1995: un tipo atracó dos bancos a plena luz del día y sin máscara. Cuando la policía lo pilló, él no se lo creía. "Pero si me puse el zumo", repetía. El hombre estaba convencido de que untarse la cara con zumo de limón lo hacía invisible a las cámaras.

No estaba loco. Estaba equivocado. Pero él se lo creía a muerte. Esto llevó a los psicólogos a descubrir una verdad incómoda: la ignorancia es atrevida. Cuando somos malos en algo —sea jugar al tenis o dirigir un equipo— sufrimos una doble maldición.

Primero, metemos la pata (como atracar un banco con limón en la cara). Segundo, y esto es lo trágico, no tenemos la capacidad para darnos cuenta de que la estamos metiendo.

Piénsalo. Todos conocemos a alguien que canta fatal en el karaoke pero que se baja del escenario convencido de haber dado un concierto en Wembley. Nos reímos, pero a su cerebro le pasa algo serio: si no tienes oído musical, no puedes escuchar tus propios fallos. Estás ciego.

La arrogancia funciona igual. El arrogante vive en un búnker. Al creerse el más listo de la sala, su cerebro desconecta las cámaras de seguridad. Es como un piloto de avión que insiste en que el cielo está despejado mientras se dirige directo contra la montaña.

El éxito coloca (literalmente)

Y hay algo peor. El éxito funciona como una droga. El neurólogo Lord David Owen lo llama "Síndrome de Hubris". Dice que el aplauso constante —el que reciben estrellas como Alcaraz o los grandes directivos— cambia la química del cerebro.

El éxito sin humildad te quita empatía y te hace perder el miedo. Es como si el cerebro decidiera que ya se sabe todas las respuestas y bajara la persiana. Por eso vemos a directivos brillantes hundir empresas o a políticos listísimos cometer errores de novato. No es que se hayan vuelto tontos de repente; es que la arrogancia les ha cortado los cables con la realidad.

Frente a esto, lo de Alcaraz o Djokovic no es una pose bonita. Es un seguro de vida.

Foto: fracasar-sin-miedo-leccion-aprender-ninos Opinión

Para Alcaraz, abrir esa puerta al operario es mirar el altímetro. Es un gesto que le dice a su cerebro: "Oye, sigues en la tierra". Para Djokovic, reconocer que Nadal es una leyenda es recalibrar el GPS. Es admitir que hay otros tan buenos o mejores que tú.

El psicólogo Mark Leary dice que la gente humilde no es insegura. Al contrario: son los que tienen mejor vista. El cerebro arrogante usa filtros: solo deja pasar lo que le da la razón. El cerebro humilde lo escanea todo: busca el fallo, busca el dato que no cuadra, busca mejorar. Al mantener la duda ("¿quizás puedo mejorar este golpe?", "¿quizás el operario tiene que pasar antes?"), estos atletas mantienen la mente flexible. Es la única forma de que no se te oxide el talento.

El poder del "todavía"

Para entenderlo mejor, miremos lo que dice la psicóloga Carol Dweck. Ella descubrió que el mundo se divide en dos tipos de personas.

Los de Mentalidad Fija creen que la inteligencia es como la altura: te toca la que te toca. Para ellos, tener que esforzarse es mala señal: piensan que si sudan, es que no son tan "genios". Por eso, cuando fallan, se hunden. Su ego es de cristal.

Los de Mentalidad de Crecimiento ven el cerebro como un músculo. Y aquí viene la clave: para ellos, el esfuerzo es lo que activa el talento. No se esfuerzan porque sean "menos listos", sino porque saben que es la única forma de volverse mejores.

Dweck habla del poder de la palabra "todavía". Cuando un arrogante falla, piensa: "Soy malo en esto". Fin de la historia. Cuando Alcaraz falla, su mente humilde dice: "No me sale... todavía". Esa simple palabra lo cambia todo. Te permite ser un aprendiz eterno sin que se te caigan los anillos.

La paradoja: El arrogante se hace vago

Por eso, no nos equivoquemos imaginando al humilde como alguien blando. Al contrario. Si miramos dentro de la cabeza de los que ganan de verdad, descubrimos algo curioso: la humildad es la gasolina de la disciplina.

Piénsalo un segundo: ¿Quién se esfuerza más? ¿El pianista que se cree un maestro o el que siente que su canción todavía puede sonar mejor?

Lo veo de cerca en mi propia casa. Mi hija Alba es una apasionada del arte, del diseño y de la creatividad; tiene ese don de ver donde otros no ven. Pero lo que la define no es solo el talento, sino que es perseverante y disciplinada, se obliga constantemente a ir más allá.

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Esa actitud es la que explica que su estudio sea su pasión. Y estoy convencida de que esa humildad para el esfuerzo será lo que determine su capacidad para enfrentarse a este complejo mundo laboral.

Porque la soberbia es vaga por naturaleza. Si te crees perfecto, te relajas. ¿Para qué vas a entrenar más si ya eres el mejor? En cambio, la mente humilde vive en alerta.

Cuando ves a Alcaraz entrenar, no ves "magia". Ves humildad aplicada. Porque solo si sabes que tienes límites, estás dispuesto a madrugar para superarlos. Por eso, cuidarse no es de ser un santo, es de ser listo. Irse a dormir pronto, comer bien o decir que no a esa copa de más es mecánica pura. Es aceptar que, por muy bueno que seas, si le echas mala gasolina al coche, el coche no tira. La humildad consiste, básicamente, en saber que no eres Superman. Estas personas no se machacan para la foto de Instagram; lo hacen porque respetan demasiado su trabajo como para hacerlo a medio gas.

Manual para mantener los pies en el suelo

En un mundo lleno de narcisismo, mantener esta mentalidad cuesta, pero la ciencia nos da pistas para entrenar la humildad:

  1. Busca a quien te lleve la contraria:
  2. Sé torpe otra vez:
  3. Cambia el "soy un fracaso" por el "todavía no":
  4. Pregunta más, sentencia menos:

El gesto de Alcaraz con las toallas no es importante por lo que hizo, sino por lo que significa. Nos recuerda que la grandeza no se mide por cuánta gente te sirve, sino por tu capacidad de ver a los demás. En un mundo obsesionado con gritar lo buenos que somos, la verdadera revolución es tener la valentía de ser normales. Entender que no somos perfectos y que, a veces, abrir una puerta es el acto más inteligente que podemos hacer.

La grandeza suele ser discreta. Melbourne, hace unos días. En las tripas del Rod Laver Arena, lejos de la épica de la pista central, huele a vestuario y a humedad. Carlos Alcaraz camina todavía con la adrenalina del partido en el cuerpo. En un cruce estrecho se topa con un operario. El hombre va cargado con una torre de toallas que le llega a la nariz; hace malabarismos para no perder el equilibrio.

Psicología Novak Djokovic Carlos Alcaraz