Cumbre del Clima COP21: mucho ruido y pocas nueces

La acción por el modelo energético sostenible requiere compromiso y mercado. Discriminar a las energías por su carga contaminante no puede convertirse en un impuesto al ciudadano

Foto: Protestas contra el cambio climático en Suiza. (EFE)
Protestas contra el cambio climático en Suiza. (EFE)

La cumbre de Paris sobre el cambio climático probablemente terminará siendo lo que todas, un montón de sonrisas y muchas palabras bonitas… Pero, sobre todo, la idea errónea de que la intervención va a solucionar los problemas.

Partamos de una base. Nadie, dude o no del efecto humano en el cambio climático, pone en cuestión la bondad de incentivar la eficiencia y el uso de tecnologías más limpias y sostenibles. Es de sentido común. Pensar que el objetivo verde es superior a la competitividad de las economías y la importancia de que la energía sea barata es un error que ya nos ha costado decenas de miles de millones de euros en Europa por deslocalizaciones de empresas y pobreza energética. Y en muchas de las discusiones se comete el error de ignorar la importancia de que la energía sea abundante, asequible y a la vez sostenible.

La Unión Europea supone solo un 13% del consumo mundial de carbón y un 16% de gas natural, alrededor del 12% de las emisiones de CO2, mientras que soporta un 100% del coste de CO2. Por tanto, el efecto de sus medidas se amplifica por la pérdida de competitividad europea a nivel global, en un grupo de países tremendamente endeudados. El carbón, a pesar de todo, se mantiene con un nivel de consumo similar desde 2005.

Una marcha en Berlín un día antes de la celebración de la Conferencia del Clima en París. (EFE)
Una marcha en Berlín un día antes de la celebración de la Conferencia del Clima en París. (EFE)

Mientras tanto, el uso de carbón en el 'mix' energético estadounidense ha caído del 50% al 36%, una reducción anual del 7%. La descarbonización de EEUU no solo ha venido de la sana competencia, sino que se ha llevado a cabo una transición más barata para el consumidor.

Los datos de EEUU comparados con la Unión Europea dejan a Europa bastante mal.

EEUU ha reducido más sus emisiones desde 2007 (-12%), sin intervencionismo, que la Unión Europea (-8%) con subvenciones y reglas intervencionistas.

EEUU ha conseguido esa reducción bajando los precios del gas y de la electricidad a sus ciudadanos, mientras en la UE se han disparado por las subvenciones. En Europa, los costes de la electricidad son de media un 50% más altos que en EEUU, y el gas industrial, casi un 75%. Entre 2005 y 2012, gracias a la revolución del 'fracking', los precios del gas en EEUU caían un 66%, mientras en Europa subían un 35%. A su vez, en EEUU la electricidad bajaba un 4% y en Europa se disparaba un 38%.

Debemos al menos reconocer el error y la realidad del esfuerzo económico realizado vía facturas eléctricas al consumidor para subsidiar a algunas tecnologías y sostener, a la vez, con subvenciones también, al carbón.

La electricidad cara no solo baja el consumo sino que lleva a los ciudadanos a la pobreza energética y hace efecto llamada a los que viven de buscar subvención

Ya comentábamos aquí que en Alemania el desastre de política energética ha duplicado la factura del consumidor.

La electricidad cara no solo baja el consumo, sino que lleva a cientos de miles de ciudadanos a la pobreza energética, hace efecto llamada a los que viven de buscar la siguiente subvención, pretendiendo eludir el coste del sistema eléctrico que les permite existir, y agrava las situaciones de clientes vulnerables.

Esta situación está matando la nueva era renovable. En Reino Unido ya se ha detenido. España casi quiebra con el déficit tarifario, y también ha ralentizado el proceso de sustitución. Alemania, con su errado modelo energético, ya ha cargado de costes a sus ciudadanos y derrumbado a sus empresas eléctricas, y parece que pretendemos llevar Europa a un precipicio.

¿Cuál es la solución? La acción por el modelo energético sostenible requiere compromiso y mercado. Discriminar a las energías por su carga contaminante no puede convertirse en un impuesto al ciudadano, ni un subsidio encubierto (en muchos países, ese coste de CO2 a las empresas carboneras ha sido un espaldarazo, ya que pagan menos de lo que se traslada al consumidor en el precio de la totalidad de energía que venden).

El precio del CO2 -dióxido de carbono- no sirve. Ha sido y va a ser un fracaso, por ser un mercado de excepciones, y no alcanza un precio representativo. El ejemplo europeo es evidente, los EUA (derechos de emisión) cotizan a mínimos históricos porque los países defienden a sus campeones nacionales y solo se ha creado el mecanismo de precios del CO2 como un impuesto más.

(EFE)
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Es mejor resolver dentro del sector energético con regulación a la carta. Francia acaba de lanzar en el proyecto de ley de presupuesto la idea de que sean las energías fósiles las que paguen el esfuerzo en tecnologías limpias. Siempre y cuando no se convierta en un cheque en blanco para que los eficientes paguen por los subvencionados, tiene lógica que, en vez de que el consumidor pague las subvenciones renovables, el precio del CO2 y todos los costes fijos, sean las tecnologías de alto contenido en CO2, como el carbón, las que cubran el coste extra renovable. ¿Llevará Francia a cabo una medida que claramente puede afectar a dos megaconglomerados estatales? Veremos.

En cualquier caso, el coste de la transición energética no puede recaer en el consumidor siempre.

Pero tenemos que poner los pies en la tierra y reconocer que esas medidas no van a cambiar el problema de coste. Necesitamos 'shale' gas barato, que abarata el gas natural licuado (GNL) y que abarata el gas por tubo en Europa. Si queremos más renovables en Europa, es necesario que sean baratas y competitivas ya. No en 2020.

Esto conlleva riqueza e inversión. Unos al desarrollarse y otros al mejorar sus procesos para emitir menos.

Lleno de Energía
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